cuentos-de-navidad

Era real, muy real. El chico se quitó las gafas y se secó el sudor, miró a su compañera y, al verla con la mirada perdida en el monitor, comprendió que había llegado a los mismos resultados que él. A pesar de estar mal pagados, a pesar de no estar valorados, estos becarios se habían llevado toda la noche haciendo los cálculos por nosotros, por nuestro bien. Y el resultado era tan cierto como que esa misma mañana habían recortado los fondos de su programa de investigación en la universidad. Aquí no había duda, ni el calendario Maya, ni Nostradamus, ni el libro del Apocalipsis, ni las Tribulaciones. Fuera de toda superstición, la bola incandescente se acercaba muy rápido a su punto de impacto, aún sin precisar, en la zona Mediterránea según la opinión de estos cosmólogos. En los medios, la noticia tuvo un escaso eco y fue, en general, tratada con frivolidad, después pasaron a asuntos de verdadero interés como el color del zapato de la cuñada de algún famoso o el resfriado de un idolatrado y caro fichaje.

Lo cierto es que hacía tiempo que nos lo veníamos buscando. Las hambrunas galopaban por los rincones del planeta, las diferencias entre ricos y pobres se disparaban con la crisis, la mujer continuaba siendo considerada de segunda categoría en casi todo el mundo y las epidemias se propagaban por doquier animadas por la imposibilidad de conservar una higiene digna.

Y ahí seguíamos, reverenciando a un trocito de papel con un numerito impreso colocado a su antojo por aquellos mismos que nos imponían carencias y escasez. Ya nos lo decían muchos, desde el Dalai hasta John Lennon, desde la madre Teresa de Calcuta hasta el 15M con su R-evolución, que era imperioso cambiar el modelo por otro mejor, más justo, menos desigual, donde lo mejor de ti fuera para todos, donde lo mejor de todos fuera para ti. Nuevos valores para viejas y nuevas necesidades.

Aun así, se mofaron de todos ellos usando argumentos pueriles, al igual que ahora lo hacían de nuestros cosmólogos. Pero la burla no evitó que la bola incandescente entrara en el planeta surcando uno de sus polos, desatando todas las alertas de un deshielo inminente, y, sin embargo, nada de esto sucedió. La bola continuó su viaje, sobrevoló Japón y se dispararon las alertas de terremotos y tsunamis, pero también fueron infundadas. En su fugaz paso por China, la gran bola de fuego despertó miedos de provocar altas concentraciones de partículas en suspensión, sin que nada de esto finalmente ocurriera. Por último, la esfera en llamas deslumbró a su paso el Mediterráneo y allí mágicamente se paró. Los cosmólogos respiraron aliviados y el mundo con ellos.

Allí estaba inmóvil, fulgurante, plantada en el cielo del Mediterráneo sobre la ciudad de Belén, inaugurando el nacimiento de un nuevo tiempo de amor: la Navidad.

Pero una de las de verdad, de las de Paz, Amor, Felicidad y Prosperidad para las personas de buena voluntad.

Y para las que no…, ya saben, carbón.

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