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—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Para Alexia también está todo muy oscuro. Anda que te anda, lleva ya casi cinco minutos así y sigue sin ver nada, sin pasar nada, sólo escucha un murmullo de voces que parecen salir de su cabeza, de ningún sitio más, y que le hace sospechar que se está volviendo loca. Se tapa los oídos y las voces son más fuertes, como si las escuchara en sueños.

—Qué cosa más rara —dice Alexia tapando y destapándose los oídos una y otra vez.

De pronto, se da de narices contra una puerta de madera.

—¡Auuuu!

Se toca la nariz y los dientes. Un hilillo de sangre sin importancia le cae por encima de los dientes.

Alexia palpa la puerta hasta encontrar un pomo. Empuja para fuera, y la puerta parece cerrarse aún más. Empuja para sí, para dentro, y la puerta se abre.

—Ay, dios, ¿esto qué es?

Como Alicia entrando al País de las Mil Maravillas, la premio Nobel entra en una sala extrañísima. Parece una biblioteca, pero en el suelo está dibujado el juego de la oca, y la sala tiene forma de número Fi que cae hacia un fondo infinito, y hay estanterías de libros bordeando uno de los lados del pasillo.

La primera casilla es una sala con un despacho.

—¿No sabes llamar?

Alexia se queda más cortada que un ocho.

—Venga, venga, no hay mucho tiempo. Soy el director de la biblioteca nacional de los Estados Unidos de América, la biblioteca del Congreso.

—Sé perfectamente quién es.

—Entonces, no perdamos más tiempo, le conduciré al libro que busca.

—No sabía que buscara un libro.

—Hay tantas cosas que desconoce, querida…

La pareja recorre las casillas del hueco tirando dados una y otra vez, bajando cada vez más, adentrándose en el origen de la espiral. Cuando llegan casi al final, caen en la cárcel y tienen que volver otra vez a la mitad del tablero.

—¿No es un poco largo para acceder a un simple libro?

—Son protocolos de seguridad, créame que merece la pena. Hay un problemilla con su ADN, no es cien por cien puro, y por eso tenemos que dar un rodeo.

Por fin consiguen llegar a la meta. Una enorme vitrina de cristal protege un ejemplar del Quijote.

—¿El Quijote? ¿En serio? ¿Me está usted vacilando?

La vitrina se abre y Alexia mira más a fondo el libro:

—¡Es un palimpsesto! Ay, dios, qué pasada, ¿de qué está hecho este material? ¡Y qué símbolos más extraños hay debajo! Son los de la fórmula de Alejo, es el lenguaje del amor. ¿De dónde lo habéis sacado?

—Estamos en la biblioteca secreta de Arias Montano, en el Monasterio del Escorial, no lo hemos sacado de ningún sitio, lo hemos encontrado aquí, y no sabemos nada de este libro, sólo que tiene los mismos símbolos que la fórmula del amor. Pensamos que tú, su inventora, podrías ayudarnos a traducirlo.

—¿Yo?

—Shhhhh —manda a callar a Alexia el bibliotecario poniéndose un dedo en los labios.

Alexia se calla y de fondo, ambos escuchan al Hacedor anunciando el discurso sobre El poder del poder horizontal.

—Debemos irnos, now.

De pronto, todo se evapora y una fuerza centrífuga expulsa a Alexia de la red y aparece como si fuera una Eva sin Adán, al otro lado del mismísimo paraíso.

Ya en la realidad real, se siente como desnuda, todo el mundo mirándola y preguntándole qué ha visto. Afortunadamente, ve a Roger, que fiel como un cachorrillo está esperándola.

—Vamos, vamos, es peligroso quedarse parado mucho tiempo en un mismo sitio, nos pueden detectar con el software de reconocimiento de caras. Venga, vamos a escuchar a Miguel Ángel.

—¡Esperadme!

Sale también Adil de la pantalla.

—Me han robado.

—Pero ¿qué dices?

—Sí, tenía un billete súper valioso en mi poder y ahora ya no está. Estoy de los nervios.

—Anda, no digas tonterías, por favor. Pero qué billete ni qué bicoca.

—Este ha sido Miguel Ángel, ya verás.

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