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Sudáfrica, Johannesburgo.

Anicka se acaba de despertar. Por la ventana, asoma una calurosa y soleada mañana que anuncia el calor de la próxima estación.

Después del aseo y el desayuno, la niña busca una sombra bajo las parras y arrastra hacia ella una mecedora de cáñamo; allí se sienta, se mece un poco alegremente y abre el portátil que ha puesto sobre su regazo.

Sonriente, cliquea el link que acaba de recibir por correo electrónico del profesor Roger desde Madrid. Al cabo de un rato, la sonrisa se torna en desilusión. Frunciendo el ceño, abre decidida el programa de videoconferencias y llama al parque de atracciones Mystery Park, en Suiza, donde Roger y Alexia están trabajando con Erin.

Al lado de un gigante ecuatoriano de siete metros, Alexia y compañía se enfrentan a una enorme pizarra llena de extraños caracteres.

—Lo siento, Alexia, pero es lo que tenemos de los mayas, tal vez podría volver a la selva y buscar en fuentes orales, ¿o qué tal si probamos con los toltecas?

Mi servicio de referencia me informa de que este tal Erin no está bien considerado por la ciencia oficial, ya que el señor Danicken piensa que la mayoría de las culturas antiguas recibieron la visita de extraterrestres. A pesar de que sus planteamientos puedan resultarme cuestionables, hay que reconocer que está hecho todo un investigador de campo, acostumbrado a estar más tiempo en cualquier rincón del mundo que en un despacho.

Ante la pregunta de Erin, Alexia vuelve a tomar contacto con la realidad circundante.

—¿A los Toltecas? No… Bueno, sí… No sé, Erin, como tú veas… —dice desplomándose desilusionada en el diván—. ¿Por qué siempre la fisicalidad es tan lenta?

—No seas impaciente, Alexia. Debes dormir un poco, estás trabajando mucho. Además, ¿no te alegras de lo del Hacedor? —dice Roger.

—¿Y qué? —contesta desafiante Alexia.

—Alexia, eso sirve para todo. Mira, esta es la lista de háckers más importantes del mundo. Todos amigos míos, muchos de ellos son Populus y trabajan para grandes empresas e instituciones. ¿No se te ha ocurrido pensar que podríamos pasar El Hacedor por las bases de datos secretas de ufología de todos los gobiernos del mundo? Si el conocimiento fuera universal, ya habrías encontrado esto —rebate Roger.

—Si no está en ninguna base de datos, tendríamos que plantearnos la posibilidad de que el código venga de los extraterrestres o del futuro —apunta Erin.

—No lo creo. Aunque Alejo se haya cerrado en banda y no quiera suministrarnos más información, estoy completamente segura de que lo que ha dicho es verdad, y, por tanto, a sus valores de verdad es a lo que nuestra investigación debe suscribirse, esto es, que el código es terrícola, que siempre ha estado y que me lo dio porque no existe una distinción clara entre la causa y la consecuencia.

—Ya, el famoso porque lo vi lo hice o porque lo hice lo vi —dice Erin.

Tiemblo porque tengo miedo o porque tengo miedo es que tiemblo —complementa Roger.

—Como quiera que sea, debemos buscar el código en este mundo; alguna pista tendrá que surgir que nos haga encaminar de forma recta la investigación.

Al levantarse para ir a buscar algo de beber, Alexia atisba que el ordenador de Roger tiene un aviso de videoconferencia.

—Roger te reclaman en el ordenador. ¡Roooooger!

En vista de que Roger no se entera, abre la webcam y se encuentra con Anicka.

—¡Ah! Hola, Anicka, qué gusto verte, ¿qué tal el viaje de vuelta en avión?

—Hola, Alexia, el viaje fue bien, aunque el avión es un poco pesado, pero ya sabes, si quiero viajar con papi, no me queda otra.

—¿Estás contenta?

—Sí, mucho —le dice alegre y entusiasmada— además, desde que llegué, ya no tengo sueños feos; de momento, no tengo que volver a la unidad del sueño y mis padres están muy felices.

—Cómo me alegro, Anicka, espera que llamo a Roger.

Entretanto, Anicka comienza a curiosear por la sala de investigación moviendo la cámara del ordenador de Roger desde su ordenador.

Al ver los pictogramas de la pizarra, la mente de Anicka comienza a convocar información de otros mundos. Alexia, que ha percibido la migración de su amiga, se dispone a grabar el fenómeno para futuras investigaciones.

—Soy un cóndor —cuenta Anicka—. Estoy volando por un cielo nublado, a punto de romper en tormenta. Abajo, el chamán de una aldea me pide ver el cielo a través de mis ojos. Yo le dejo y ahora él ocupa mi alado cuerpo y yo estoy delante de una hoguera en la espesura de la jungla. Al otro lado del fuego, se encuentra la mujer más bella que jamás he visto. Su cuerpo es de color oro y anaranjado, desnudo, de simetría perfecta. Tiene una melena larga y alisada, de un color caoba que le da un aire supremo. Su mirada atraviesa las llamas y se posa en mí. Una voz suena en mi cabeza, mientras ella me sonríe.

—Veo que no es el chamán, sino la niña Anicka quien está ahora presente, ¿tú también quieres ver por los ojos de tu mente?

—Sí quiero, no duele, ¿verdad?

La mujer naranja extiende el brazo y mueve la mano, como si regara el suelo de semillas.

—El chamán encontrará las palabras con las que explicarle a su pueblo lo que ha visto, ¿y tú? Mi niña bonita, ¿encontrarás las metáforas adecuadas para contar lo que te he mostrado?

Roger se ha acercado a la pantalla del monitor y asiste exactamente igual de concentrado y expectante que Alexia y Erin a la narración de Anicka.

—Pero ¿qué es lo que esa mujer te está mostrando, Anicka?

Al oír la voz de Alexia, la niña vuelven en sí y retoma su voz jovial de siempre:

—He visto un arpa.

—¿Un arpa? —insiste Alexia.

—Bueno, en realidad, he visto la música del arpa, era muy bonita, de colores. Lo rellenaban todo al salir de ella.

—¿Un arpa? ¿Es una metáfora o un arpa de verdad? ¿Podrías explicárnoslo mejor?

—¡No hay mejor manera de describirlo que un arpa! Era como cuando estuve con los delfines bajo el agua, pero, en ese sitio, cada gota tiene su color y busca a sus iguales y, cuando se encuentran, se mecen juntas como las olas. Así y de otras maneras.

Anicka hace muchos gestos con las manos que dibujan variadas formas, desde un simple movimiento ondulante hasta un complejo torbellino.

—Yo sabía perfectamente lo que era cada cosa de las que veía. Salían del arpa, iban hasta el otro lado y regresaban corriendo.

Todos se han quedado más o menos igual que al principio. Roger le dice por lo bajo a Alexia que la niña es sinestésica. ¿No me digas? Qué sagaz, le contesta sarcásticamente Alexia. Borde, le replica él. Alexia vuelve a Anicka que, de pronto, ha dicho con excitación:

—Y eso es lo que más se repetía.

Todos mueven la cabeza hacia donde señala Anicka a través del monitor.

—¡Es la fórmula del amor! —dicen los tres a la vez.

—¡Síiii! ¡Y es roja!

Alexia y Roger se miran fijamente a los ojos; sus mentes trabajan rápido recolocando esta nueva información dentro del maremágnum de sus cabezas, pero es Erin el que hace la aportación más importante.

—La mujer anaranjada de largos cabellos que ha visto Anicka en su visión me suena, me suena mucho, creo que es una leyenda o un mito de una tribu indígena del Amazonas, pero ahora no recuerdo exactamente dónde lo escuché o leí, dadme un momento, por favor, que busque entre mis archivos.

Anicka, que ha comenzado a aburrirse, dice:

—Bueno, ¿puedo hablar ya con el señor profe de cosas serias?

—Todo tuyo, Anicka —le contesta Alexia.

—¿Qué te ocurre, preciosa?

—Es el vídeojuego, profesor. He pinchado en la página y no sale nada, sólo el título.

—¿Eh?… ¡Ja, ja! Claro, Anicka, ¿por qué crees que se llama Tabula Rasa?

—No sé qué quiere decir tabula rasa —reconoce Anicka un tanto enojada.

—Pues eso, que no hay nada… todavía. Es software inteligente, el juego se va formando poco a poco. Verás, cuando te registres, aparecerás en la parte del mundo en la que estés ubicada. Pero, esta vez, el mundo será como tú quieras, y como quieran los usuarios futuros, porque cada jugador tiene derecho a proponer dos reglas o normas.

—¿Dos normas? ¿Las que yo quiera?

—De eso se trata.

—¿Y si no les gustan mis normas?

—Para eso está el Hacedor y el comité de sabios ancestrales, ya descubrirás cómo funciona, pero la idea es que estéis todos de acuerdo.

—¡Vaaya, pues sí que es un reto! ¡Gracias, profe!

—Hala, a jugar, si tienes más preguntas, no dudes en llamarme.

Anicka se despide y abre, ilusionada y valiente, el juego. Tras seguir las indicaciones de Roger, aparece un escenario parecido a la noche del principio de todos los tiempos. Anicka comienza a jugar y lo primero que hace es crear la luz, y con ella, separa la noche del día, como en el Génesis. Le gusta. El programa le requiere sus dos primeras normas. Sin pensar mucho, teclea:

  • En mi mundo, no existirá el dinero.
  • Todo lo que yo haga será para mí y para los demás; y todo lo que hagan los demás será para ellos y para mí.

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