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Estamos en Aquimqum, en un pueblecito cercano a Budapest rodeado por montañas. En lo alto de una de ellas, hay un antiguo castillo de piedra construido por los celtas que todavía conserva un gran foso a su alrededor.

Por la rampa que conduce al interior de la muralla, discurre una media docena de carruajes de caballos. Apenas unos minutos más tarde, descienden de ellos seis hombres cubiertos por negras túnicas sacerdotales con capucha.

Paulatinamente, los invitados que van llegando son conducidos al gran salón principal, donde toman asiento en torno a una mesa ovalada hecha de madera de roble. En el centro, hay dibujado una pirámide truncada con el ojo de Horus en su interior.

—El anfitrión se hace esperar —dice, ofendido, Mac Cain, que como faraón quiere ya sentar distancia respecto de Adil.

El resto de invitados le miran con mucha desconfianza. Luego, un semifaraón llama a su seguridad personal y le ordena que rastree el sitio en busca de posibles cámaras o micrófonos.

—Lo pasado en Barcelona no puede volver a suceder —dice en alto.

—Los malditos Populus están por todas partes, como las cucarachas.

—La organización está perdiendo parte de su secretismo, —siguen comentando.

—Limpio —dice en alto el jefe de seguridad.

—Gracias, ya puedes salir.

Todos aguardan en silencio hasta que uno de los más viejos toma la palabra:

—La única opción es, como siempre, la guerra. Cien millones de campesinos, según nuestros asesores, conseguimos eliminar en la segunda guerra mundial y ahora necesitamos hacer un nuevo reseteo. Despoblar, despoblar y despoblar. Esa es nuestra meta. Hay muchas hormigas aquí, demasiadas, y tarde o temprano querrán quitarnos lo que es nuestro. Que me cuelguen si Malthus se equivocaba. El crecimiento de la población es exponencial, dentro de poco, no habrá recursos para todos, y, como digo, vendrán a por lo nuestro.

Todos se quedan mirando a Mac Cain, ellos saben que es el Señor de los señores de la guerra, y que no hay conflicto armado que se organice sin su consentimiento.

—Para volver a construir, hay que destruir —dice Mac Cain tratando de cumplir expectativas.

—Sí, pero ya no es lo mismo que antes. La gente ya no está dispuesta a ir a la guerra así como así. Qué tiempos aquellos en los que los campesinos rusos costeaban las guerras de los zares…

—La vieja Europa ya no va a ir a la guerra.

—Las guerras clásicas ya solo triunfan en los países tercermundistas, y por estos lares ya no nos compran el cuento.

—Hay que ser más inteligentes que ellos. Recordemos a los faraones, ellos consiguieron mantenerse en la cima de la pirámide a lo largo de toda la historia del hombre, desde que se conoce la existencia de civilizaciones.

—Qué nostalgia tan fuerte siento de aquella época, el pasado glorioso, el dominio absoluto sobre las hormigas, a las que mangoneábamos como peones de ajedrez.

—La culpa la tienen los políticos. Ya no hay sádicos como los de antes. Qué fue de aquellos hombres que sacrificaban a su pueblo por la victoria. Bendito emperador Hiro Hito, bombardeamos a su población con bombas napalm, dejando a los japoneses como un puto trozo de carbón de navidad y no se rindió; le tiramos una bomba nuclear y resistió. Si no se llega a rendir con la segunda, hasta yo mismo hubiera dicho: maldito psicópata.

Una caja de puros habanos ha empezado a rular entre los asistentes. Todos aplauden, riendo, esta última intervención; uno de ellos, al carcajear, se ha atragantado con el humo y lo ha puesto todo perdido de saliva.

Con cara de asco, otro toca rápidamente una campanilla y una atractiva criada en minifalda entra en la habitación con un pañuelo de lino blanco y una pequeña bandeja de plata.

Al limpiar las babas del semifaraón, la joven se inclina muy sensualmente sobre la mesa. Las miradas de los faraones se posan instintivamente sobre el culo y las tetas de la sirvienta. Esta, consciente de que nadie la está mirando, libera un diminuto, antigua tecnología del búnquer de Un Mundo Feliz, que rápidamente desaparece mimetizado con el color roble de la mesa.

—Y, para colmo, ahora esa maldita fiesta.

—Aniversario.

—Lo que cojones sea.

—Yo diría que ha sido más que una celebración. Los campesinos están creando sus tradiciones, su propia memoria histórica. No debería quedar en los Anales de la Historia ningún rastro de estos pensamientos.

—Esto del 17R ya se está convirtiendo en una religión, con sus ritos y tradiciones propias.

—No seáis tan pesimistas. La guerra química está dando muy buenos resultados. El ataque al sistema reproductivo de los campesinos fue una idea de los faraones, está en internet, en las bases de datos de sus cerebros.

—Ya han sacado documentales que lo denuncian.

—¿Y qué? Los gobiernos están de nuestra parte. Escucha este concepto: productividad competitiva a bajo coste y con un margen de riesgo amplio. Nadie cuestiona nuestras metáforas, nuestros conceptos más importantes; los están repitiendo con la suficiente frecuencia como para que, al final, todos acaben pensando que es cierto.

—Cada vez que oigo la palabra competitividad en la televisión, me corro de gusto.

—Mis asesores están estudiando dónde podría caer la siguiente bomba nuclear.

—Si tiramos una bomba nuclear, nos vamos al carajo.

—Hay que inventar un arma nueva. Algo que deje las estructuras intactas y que mate solo a quien nosotros queremos, una bomba selectiva.

—Sí, pero ya no hay científicos como los de antes. Dispuestos a todo. Engañar al sensiblero de Openheimer fue lo más fácil del mundo, unas cuantas fotos de los centros de concentración y listo, a pensar como un loco. Su afición a la poesía y demás mariconadas jugó a nuestro favor.

—Venga, venga, señores, el anfitrión va a bajar, tenemos que tener una postura unificada.

—Este niñato se piensa que nos la puede dar con queso.

—Hay que escucharle. Era un faraón. No podemos olvidar esto. Durante mucho tiempo fue un dios. Y lo que hizo… Ese es un cabrón con pintas… Me pregunto qué estará tramando ahora.

—Ese zagal es peligroso.

—Ese zagal nos va a chupar la polla a todos, y perdón por…

—En fin. No ha heredado nada. Eso es lo que importa. Que haga lo que haga, depende de nosotros.

—Dicen.

—Se rumorea que quiere fundar un banco.

—Perfecto. Un banco intoxicado al que venderle toda nuestra mierda. Así le hundiremos en la miseria.

—El arma, necesitamos un arma novedosa.

—Yo construiré esa arma —dice Adil atravesando una de las paredes.

—Bienvenidos, señores, perdonen el retraso, estaba concluyendo una operación muy importante.

Todos se quedan muy patidifusos con lo que acaba de suceder, pero aún así, tratan de fingir normalidad, no quieren parecer impresionables, ni reconocer la superioridad de Adil. Uno de ellos reacciona rápidamente y dice:

—El anfitrión debe estar aquí para recibir a sus invitados. Una persona de su exquisita educación debería saberlo.

—Y una persona de su elevada posición debería saber quién puede hacer esperar a quién y quién no. Aún así, me comprometo a compensarles convenientemente, señores, palabra de faraón.

Con estudiada elegancia, Adil toma asiento coronando la gran mesa. Todos los comensales le observan al acecho, tratan de captar cualquier asomo de duda, el más mínimo gesto de inseguridad, un movimiento en falso, por pequeño que sea, que les haga saber si Adil les está engañando.

—Con que concluyendo una operación importante…

—Venga, hombre, ya no queda nada del faraón que había en ti.

—Yo acabo de heredar una gran fortuna.

—Tu herencia, ¿Adil? Por favor, no nos violentes poniéndote en evidencia de esta manera.

Mac Cain saca un informe de la CIA y lo desliza por la mesa hasta llegar a Adil.

—Aquí pone que has quemado todo tu cash en el Amazonas.

—Eres un muerto de hambre.

—Tu padre ha renegado de ti dejándote un simple edificio en un país en bancarrota, quizás lo haya hecho para sacarte de la chabola en la que ahora vives.

—Estamos deseosos de saber qué nos vas a pedir, y créeme, no te pensamos dar nada. Ahora ya eres campesino, puro 99%, no te queda otra que trabajar hasta que seas viejo para conseguir el dinero que nosotros creamos a partir de la deuda.

Adil coge la carpeta que le han lanzado y, sin abrirla, la tira al fuego de la chimenea. Luego, se levanta y con aire de ritual dice:

—Señores, ser pobre no es un estado material, sino mental, así como la condición de faraón. Mis ancestros dominaban la materia con el pensamiento, por eso nos inventamos esto para dominar el mundo. ¡Voilà!

Una pirámide de aristas de luz aparece de la nada y empieza a rotar, flotando, en la posición central de la mesa. Los semifaraones la observan y tratan de disimular su estupefacción:

—¿Y?

—Este sistema piramidal, jerárquico, basado en el valor exponencial de los recursos, no es de vuestra propiedad, sino de los faraones, y, por tanto, mío.

Una lluvia fina comienza a caer en forma de rocío por el aire. A la altura de los invitados, las gotas de agua se quedan suspendidas en el ambiente y comienzan a inflarse solas como pompas de jabón.

—A lo largo de la historia, ayudados de estas bellas burbujas hemos conseguido saquear a la población. En nuestro glorioso pasado, el pueblo no era consciente de su existencia, solo de sus efectos, que resignadamente padecían como cualquier otra enfermedad. Pero, ahora, sin embargo, el 99% las mira, observa y analiza críticamente en muchas universidades del mundo —explica Adil.

—Eso no importa, el miedo a quedarse sin dinero, el miedo a ser pobre, es nuestro aliado más fuerte. Ya pueden criticar, berrear, echar espuma por la boca si quieren, que sin dinero, no puede hacerse nada de nada. Dentro de poco, no se podrá ni respirar si quiera. Deja a una sociedad sin dinero y cundirá en el más sublime de los caos —dice uno de los semifaraones.

—¡Venga, ya, pooor favoooor! Hasta el que me limpia los zapatos me habló el otro día de la teoría del shock. Señores, os han pillado; la situación es más que crítica, y, en esta mesa, las ideas nuevas, creativas e impredecibles brillan por su ausencia. ¿Realmente pensáis que el 17R va a quedarse quieto al ver cómo sus estados van a la quiebra uno tras otro después de que sus ahorros se hayan dedicado a salvar a los bancos?

—Perdona, hijo, ¿por qué piensas que te necesitamos? ¿Olvidas los avances que hemos hecho después de ti? Ahora, hay un único orden global. Múltiples caras, pero un solo gobierno. Somos el jodido cuarto Reich —ríen todos—. Hemos logrado concentrar el 75% de los recursos en apenas un puñado de corporaciones. Ni tú ni los carcamales esos que se dejaron freír el cerebro en una computadora pudisteis hacer esto —finaliza uno de ellos.

—El capitalismo es ahora tan global, tan descentralizado, que nadie sabe en el fondo contra quién revolverse —complementa Mac Cain.

—¿Nuevo orden mundial? Nuevo caos, diréis. El sistema se ha colapsado. Yo lo sé al igual que vosotros. Estáis perdiendo legitimidad.

—¿Legitimidad? Estos son los resultados de las últimas encuestas sociológicas realizadas por una de mis compañías en los cinco continentes. El 85% de los encuestados señaló que un Ferrari tenía más valor que la sonrisa de un niño. Aquí está nuestra legitimidad. Quieren ser como nosotros, nos envidian. No se han salido del círculo. ¿Y es que acaso pueden? Tal y como está la trampa, es imposible vivir sin dinero, y, si no, a la vista están las estadísticas sobre suicidios, están cayendo como chinos, jajajaja —dice justo el semifaraón chino.

—No podréis sostener mucho tiempo la apariencia de que el sistema sigue funcionando. Vosotros no os habéis inventado esta maquinaria, tan solo la azuzáis con carbón para que funcione, y ahora ya no hay más carbón, y hay que crear otro engaño diferente pero igual de efectivo que nos haga permanecer en la cima, e, insisto, una vez más, caballeros, en que la creatividad de las propuestas brilla por su ausencia. Yo, en cambio, sé cómo salir de la situación. Soy discípulo del faraón Moctezuma, él me transmitió sus secretas enseñanzas y, gracias a él, yo sé cómo solucionar esto.

—Venga ya, es un farol.

—¿Pero es que no os dais cuenta? La gente está perdiendo la fe en el dinero. Todo el movimiento 17R funciona ya sin dinero, y su nueva tecnología, el Livuk, tiene un nivel de penetración de mil usuarios por minuto. Dinero, necesitamos que vuelvan a creer en el dinero, que piensen que sigue siendo una herramienta útil y el mejor invento de la humanidad, después de la rueda.

—Y eso, ¿por qué debería ser así? ¿No te lo habrá dicho tu amiga Alexia?

—Yo destruí a los seres más poderosos sobre la tierra. Queda sobradamente demostrado que no tengo amigos, sino facilitadores. No podéis hacer nada contra mí. Si no aceptáis mi soberanía, si no obedecéis la cadena de mando, iréis contra un faraón, y permitidme que os diga que nadie, NADIE, puede ir contra un faraón salvo otro faraón.

—Hay un dicho en español que dice que quien se fue a Sevilla perdió su silla, usted ya me entiende, ya que sabemos que domina a la perfección la lengua de Cervantes, ¿La gitanilla le suena a usted de algo? —dice uno aludiendo a la prometida de Adil.

Ramsés II pega un puñetazo sobre la mesa y todos comienzan a flotar en el aire. Luego, con un gesto, los estampa contra la pared y los deja ahí pegados.

—YO SOY EL ÚLTIMO FARAÓN. YO TENGO LAS RELIQUIAS EN MI PODER. YO PODRÍA MATAROS AHORA SI QUISIERA CON SOLO MI VERBO.

Cuando han escuchado lo de las reliquias, todos los faraones se han asustado muchísimo, temiendo seriamente por su vida, y, al mismo tiempo, han creído comprender por fin toda la operación de Adil en la Gran Hazaña, su posterior desaparición y su megalomanía actual.

—Centrémonos, caballeros, —y al decir esto, todos vuelven flotando desde la pared hasta sus asientos.

En la sala, hay un silencio sepulcral y el cachondeíto parece haberse terminado. Ahora, todos temen a Adil, lo admiran, lo veneran, pero por encima de todo, lo odian, lo odian con todas sus fuerzas, porque como decía Nietszche, al inferior se le desprecia, pero al superior siempre siempre se le odia.

Adil continúa explicando las reglas del juego, como si fuera Lucky Lucciano nombrando a los miembros de la nueva comisión.

—No se puede ir contra un faraón. Las normas de la organización son claras, sólo un faraón puede ir contra otro faraón y solo un faraón puede elegir a otro faraón. Si vais contra estas dos normas, vais contra el sistema, y puedo usar mis armas de poder contra todos vosotros. Y, ahora, decidme, ¿queréis ser faraones?

—Pensaba que los faraones nacen, no se hacen —dice ciego de ira uno de ellos.

—Cuando se nombra a un faraón es porque ha nacido para serlo. Así pues, quien crea que ha nacido para ser faraón, que coja el cetro de oro.

Con gran asombro, un cetro de oro aparece delante de cada uno de ellos.

—Comencemos, pues, con el ritual de coronación, el mismo que me hizo a mí ser faraón.

Adil hace un gesto con los brazos y todos, al unísono, se levantan. Están muy desconcertados. Han llegado sin saberlo al último grado de la jerarquía, están viviendo un momento inigualable para su organización secreta, están muy orgullosos y nerviosos a la vez. No pueden pensar con claridad. Habían escuchado hablar de dicha ceremonia muchas veces, pero hasta el momento había sido tan solo un rumor.

Para añadir más desconcierto a la situación, un enorme buitre rojo acaba de salir de la nada y viene volando en dirección a Adil con un libro en sus garras.

El libro de los secretos, del alto conocimiento, piensan los altos cargos de la francmasonería. El animal suelta el libro encima de la mesa, y, tras esto, se posa en el hombro de Adil.

Como preso por un hechizo de Harry Potter, el libro se abre solo por la mitad, y de él comienza a salir una voz solemne:

—Por el poder innato que los dioses de la pirámide me han conferido, yo os declaro los nuevos faraones del mundo.

Poco a poco, todos van cogiendo el bastón flotante. Al agarrarlo, este se convierte en un cetro de oro de verdad.

Tras finalizar la ceremonia de nombramiento, los invitados van saliendo con el cetro de la sala en dirección al comedor, donde una exquisita cena acompañada de buen vino les espera.

—Señores, ha llegado el momento de aplicar el plan.

—Nosotros ya tenemos un plan.

—No lo comprendéis, ¿verdad? Al parecer, todavía no sois conscientes de que la aldea global está dejando de ser una niña para volverse una mujer. Una mujer que quiere controlar su destino. La Fiesta del 17R ha sido global. Una nueva memoria se está construyendo, y vosotros no habéis hecho más que avivar este fuego.

—El 17R está controlado. Tenemos las bases de datos de todas las redes sociales que componen el movimiento hasta un cuarto grado de relación.

—Dadme esas bases de datos y yo me encargaré de hacerlos desaparecer como si nunca hubieran existido.

Poco a poco, los invitados van entrando en razón, dejándose persuadir, aunque solo temporalmente, por el discurso de Adil. La propuesta de los desaparecidos ha tenido una buena recepción entre los presentes, que piensan en lo beneficioso que resultó para ellos hacer desaparecer la masa crítica en los países latinos en los años 70.

Tras unas cuantas horas, la reunión ha llegado a su fin y, de nuevo, en silencio, todos comienzan a salir del gran comedor atravesando el hall para salir a la nublada noche, donde los carruajes de caballos esperan.

A punto está el último de los invitados de subir a su carromato, cuando uno de sus asesores le interrumpe con un mensaje urgente.

—Es una llamada inaplazable, señor, es Nexo.

Un teléfono móvil de última generación se pierde en el hueco negro de su capucha:

—¿Nexo? ¿Eres tú?

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