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—¡Hail, Hitler!

El Fhürer realiza un vago gesto como respuesta. El joven teniente de la Waffen SS, que acaba de saludar al Fhürer, ha entrado en su despacho para anunciar la llegada de dos personas: el Mariscal Thiago Fliguer y el señor Israel Kaiser.

—Que pase el señor Kaiser; el mariscal Fliguer que espere fuera. No nos molesten bajo ninguna circunstancia.

Hitler se ha trasladado desde Baviera hasta aquí expresamente para acudir a esta cita con Israel. Ha cogido un gran estudio para impresionarlo; se ha sentado para recibirlo en el extremo de una gran mesa de mármol, junto al globo terráqueo, pero luego, se lo ha pensado mejor y se ha levantado para esperarlo de pie. Al entrar el señor Kaiser en la sala, Hitler le está dando vueltas a la bola del mundo con aparente despreocupación.

—¿Y bien? —ha dicho Hitler.

—¿Y bien? ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir, Adolf?

—No entiendo el motivo de su visita, señor Kaiser.

—¡Aaah! No entiendes el motivo de mi visita… no me extraña.

—No tengo que excusarme ante usted, ya ha visto todo lo que he hecho, mucho más de lo que se me pidió.

—Muy biEN, Adolf, pero ¿QUIÉN te dijo que tenías que hacer muCHO MÁS?

—Las hordas rojas amenazaban la libertad del pueblo alemán, el poder del espíritu nacionalsocialis…

—¡Deja tuS Puta verboRREA para tu FLÚORizada chusma, INÚTIL, IMBÉCIL! ¿Sabes cuánto diNERO ME HAS COSTADO? ¿Quién tE DIjo QUE TENíAS quE VENCER A “TUS HORDAS ROJAS”? ¿QUiÉN?

—Mis generales me comunicaron… El mariscal Fliguer me dijo que usted…

—¿YOOOOOO? ¡PEDAZO DE SUBNORMAAAAL! Ordené que atacaras y te retiraras, ¿quÉ hacías en StaLINgrado? Ahora, Stalin se cree fuerte, y también quiere jugar su partidita, otro imbécil copiándote, ya LE enseñaré yoooo A ese puto paranoico… EL TABLERO de ajedrez LO PONGO YO Y LAS REGLAS SON MIAS, ¿ENTIENDES, NAZI DE MIERDA?

—Sí, señor.

El teniente, al oír los gritos desde fuera, abrumado, irrumpe en la sala y pregunta si todo va bien; el mariscal entra tras él. Hitler se desahoga con el teniente y lo echa fuera casi de un puntapié. El mariscal se queda tenso y estático. El señor Kaiser se relaja. Pasa y cierra la puerta, le dice el señor Israel a Thiago.

—Pronto tendrás una tenaza sobre Berlín. Lloverá fuego sobre la cancillería… —continúa Kaiser.

—Pero, ¿y lo mío? Teníamos un acuerdo.

—He hablado con Stalin, todo seguirá según lo planeado, ellos encontrarán tus cenizas.

—¿Con Stalin? ¿Y si llegan antes los americanos?

—Mi inocente Adolf —le dice dándole dos palmaditas en la cara— sigues sin enterarte de nada. Los americanos se pararán en el Rhin porque eso es lo que yo quiero. La única forma de que gane el… ¿cómo lo llamas tú? Ah, sí, el nacionalsocialismo, es que ganen ahora los soviets y Alemania se rinda… pero qué sabrás tú…

El señor Israel se da media vuelta y, rompiendo la expresión ensimismada del consternado Füher, entona un ¡salud, camarada! a modo de despedida. El Füher, de manera automática, inconsciente, le devuelve el mismo saludo levantando el puño izquierdo cerrado. El mariscal Fliguer ha observado la escena y no puede reprimir un atisbo de risa.

—Este Hitler es un memo —le dice Israel Kaiser al mariscal mientras salen de la caseta— si quisiéramos vencer a los rusos, les habríamos dejado aliarse con los americanos y tendrían ya su bomba atómica. Necesito un equilibrio, un equilibrio de terror. Recoge a tu Fürher en el puerto de Dusseldorf, tal y como está previsto; no hay mal que por bien no venga, gracias a este imbécil, le usurparemos Israel a los ingleses; luego, una vez que lo recojas, déjalo en Uruguay y que no reciba un duro. Yo me ocuparé de bloquearle todo lo que tiene en Suiza. ¡Hail, botarate! ¡Ja, ja, jaaahg, ghó, ghó!

El mariscal Fliguer trabaja para el señor Israel desde los preparativos de El experimento, que es el nombre utilizado para denominar el golpe de estado que sufrió la segunda república española.

El mariscal admira sinceramente a Kaiser desde el primer momento en que se puso a sus órdenes, todavía no lo idolatra, pero sabe que no tardará mucho en hacerlo.

Mientras caminan por el largo pasillo de la cancillería, Kaiser sigue comentándole:

—Esto se acaba, mariscal. La jugada ha salido bien y está a punto de finalizar, pero la partida sigue.

—¿Qué quiere que haga, señor?

—La siguiente jugada, la que viene ahora según mi plan maestro.

—Lo que usted me diga.

—¿Qué tal va la “Operación Bernhard”?

—No puede ir mejor, señor, esos presos son los mejores, hemos inundado el mercado con las libras falsas…

—El dólar, el dóLAR.

—Ese tipo lo ha conseguido, aunque aún no lo hemos sacado al mer…

—¿QuiÉN? ¿El gitano egipcio?

—Sí, señor.

—¡Sácalo de allí y llévatelo! Serás su custodio. De él y de las planchas. Te daré salvoconductos para los tres ejércitos. Irás a Arabia Saudí, tengo negocios allí. El gitano debe ser tratado como si fuera un mismísimo miembro de la familia real. Usad las libras y comprad tierras, las que yo os diga. El gitano tiene que estar oculto bajo un manto de poder y dinero porque esas máquinas no pueden parar de producir billetes. Cuando caiga el patrón oro, que caerá, se refugiarán en los petrodólares. Dinero comprando dinero, papel, ja, ja, ja, ja, ja… Cuando se den cuenta de que hay más papel que petróleo, será tarde y el petróleo lo tendré yo y esa crisis me llevará a la cima de la pirámide, el lugar que solo a unos pocos corresponde y para el que yo he nacido… ¿Entiendes la importancia de lo que te estoy pidiendo?

—Sí, señor —acata el mariscal con entusiasmo.

—Serás de los pocos que conozcan mi rostro y cuando sea faraón me haré llamar Moctezuma, y tú, Thiago Fliguer, de ahora en adelante serás Nexo.

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