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Miguel Ángel y Piero llegan al archivo papal y entran en el despacho del padre Francesco.

—Le acabo de mandar un mensaje, estará en la cámara secreta, dice que ahora viene, que tomemos asiento.

Ambos se sientan en un gran despacho lleno de papeles, libros y revistas. Una ráfaga de aire entra por la ventana abierta y tira al suelo una de ellas. Miguel Ángel la coge, y, para entretenerse, comienza a ojearla.

Llegando ya al final, en una sección dedicada a promocionar la propia revista para buscar nuevos suscriptores, ve publicada los caracteres de la fórmula del amor.

—¿Y esto? —pregunta Miguel Ángel.

—Nada, esta es la revista del archivo secreto del vaticano, como puedes ver, se llama La Nueva Iglesia, yo la llevo junto con algunos más, como el padre Francesco, que no sé dónde se habrá metido, virgen santísima, con todo lo que tengo que hacer; en ella publicamos las joyas culturales del vaticano, aquellas que ni siquiera aún están catalogadas, y pedimos que venga gente aquí para ayudarnos a su restauración. Tenemos setenta mil obras de arte y más de ochenta mil objetos sagrados, muchos de ellos tienen para nosotros un origen desconocido, no sabemos cómo vinieron a parar aquí, hay culturas de las que lo desconocemos todo, objetos que ni si quiera sabemos cómo se han hecho ni qué significado tienen, a pesar de que estamos seguros de su elevado valor espiritual.

—Como, por ejemplo, estos caracteres.

—Pues la verdad es que no tenía ni idea de esto, a lo mejor el padre.. cuando venga… puede…

—Buenos días, señores, eminencia…

—En confianza, Francesco, en confianza, ya sabes cuánto detesto los malditos vocativos, que si papa, que si sumo pontífice, que si la madre que… ¡cazzo…!

—No se estrese, se…ño…

—Mira, te presento a Miguel Ángel, uno de mis amigos más queridos, te quiere enseñar algo, a lo mejor tú, con tus conocimientos, le puedes ayudar.

Miguel Ángel saca el billete y lo pone encima de la fórmula del amor impresa en la revista y se la pasa al padre Francesco, que está sentado en la silla.

Con una lupa, muy interesado en este nuevo texto, ausculta el billete de mil formas diferentes.

Tras unos minutos, el padre pone un gesto de seriedad, mira para abajo y, después de un suspiro de resignación, se decide a hablar:

—Conozco este billete porque lo he hecho yo. Solamente hay algo nuevo, añadido, y es eso que hay en la esquina, que yo diría que es un microchip.

—Virgen del amor hermoso —exclama el nuevo Pedro— acabáramos.

Una lágrima se resbala a traición por una de las mejillas del padre, que, de nuevo, ha reunido el valor suficiente para seguir con su confesión personal:

—Este billete es falso, aunque solo los que lo hicieron, entre ellos yo, podemos detectar su anomalía. Yo, como cualquier hombre, tengo un pasado, y, por ser judío, tuve que hacer muchas cosas contra mis principios, de las que ahora me arrepiento profundamente; gracias al cardenal, que me salvó…

—Bueno, bueno, ya, ya, hombre, no nos pongamos tristes, el nazismo ya pasó, algunos de nosotros hicimos lo que pudimos, a pesar de la postura oficial de la iglesia. Señores, mi tiempo es limitado, tengo una agenda de infarto, les dejo, Miguel Ángel, no te vayas sin despedirte.

Piero Passoli sale del despacho. El padre Francesco le devuelve el billete, y, al hacerlo, deja al descubierto la página de la revista sobre la que este reposaba.

Una mirada de soslayo se dirige a Miguel Ángel, que se ha levantado a cerrar la ventana. Cuando este vuelve a su sitio, nota una presencia conocida en la sala. Mirando alrededor, ve colgado de un perchero un sombrero y un cetro de oro.

—Curioso bastón, yo tengo uno igual —dice Miguel Ángel.

El padre Francesco, muy hermético hasta el momento, se ha consternado un poco con este último comentario. Virgen Santísima, ¿será de la orden?, está pensando para sus adentros. Al final, se decide a decir algo:

—No hay sujeto inferencial sin mentor que lo inferencie.

—Mi mentor está aquí, escondido, no sé por qué.

De la sombra, sale el tío George. Con una sonrisa y mucho encanto, hace un paso de baile en dirección al perchero y coge el cetro. Luego, se vuelve hacia su discípulo, y con voz solemne, completamente serio, le dice:

Sé lo que eres y lo que buscas aquí. Quien te puede clarificar qué es esto —dice cogiendo el billete— no es de carne y hueso, es una máquina y su nombre es ENIGMA.

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