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Viendo que aquí no hay mucho que rascar, paso el Palacio de la Canónica y llego a la sacristía de San Pedro. La sacristía está flanqueada a su derecha por la basílica y, a su izquierda, conecta con el Albergue de Santa Marta, una moderna residencia concebida en su origen para albergar a los cardenales y prelados del cónclave.

Tras la llegada del nuevo papa, ahora este albergue ha sido reformulado en el primer hotel del amor, donde viven las monjas, las trabajadoras del Kalifornia’s Dreaming y sus hijos.

Cardenal Piero Passoli le ha pedido la ejecución de este proyecto a esta orden por su compromiso histórico con los pobres, compromiso levantado por su fundador, cuyo lema reza aún a la entrada de cada uno de sus conventos: Los pobres son nuestros amos y señores.

Por estas dependencias, es por donde se encuentra el papa caminando con un poco de prisa. Va vestido con unas alpargatas, unos vaqueros y una camiseta desgastada con agujerillos en la que, si uno se fija bien (no creo que el papa lo haya hecho), pone muy borroso Iron Maiden. En la cabeza, lleva una gorra del FBI que ha encontrado entre las muchas bolsas de basura de ropa donada que llegan a los conventos.

Afuera del edificio, una monja enseña una canción a niños pequeños situados en un corro y el papa se para unos minutos a observar con amor la escena.

Un pitido de móvil rompe la magia del momento y, un poco fastidiado, el papa contesta al mensaje: ahora no puedo, diles que se tomen algo, que visiten libremente el vaticano mientras llego.

Este es quizá el cambio más llamativo, por el momento, que ha ocurrido en la Iglesia tras la llegada del nuevo papa. El vaticano es ahora una ciudad abierta a toda la gente, en todas las dependencias.

Pedro el Romano ha usado el software inteligente del 17R, el Livuk, para crear en muy poco tiempo una red social que funciona sin dinero, llena de fieles que voluntariamente velan por la seguridad y conservación del patrimonio artístico las veinticuatro horas al día. El nuevo vaticano es ahora un sitio completamente público lleno de gente por todas partes y de todas clases, que circulan por toda la ciudad con un quehacer concreto.

También están abiertas las puertas de las casas donde viven las monjitas, puertas que son ahora atravesadas por Piero Passoli.

Aunque parezca un poco extraño, nadie se ha percatado de la presencia del papa en el convento. Hay mucha gente de todos lados yendo y viniendo, curas, monjas, cristianos voluntarios, ONG’s, empresas sociales creadas a partir del 17R, y, sobre todo, gente del submundo como migrantes ilegales, prostitutas, enfermos, drogadictos, vagabundos y mafiosos, que acuden allí a satisfacer sus necesidades a veces sin mucha filosofía cristiana.

Por ejemplo, en el hall, una prostituta está gritando a una joven monja, que no para de decirle cómo debe dirigir su vida; echo un vistazo a mi alrededor y hay situaciones de conflicto en más de un punto del edificio; es obvio que el modelo de convivencia entre todas estas comunidades está aún por llegar.

—Quiero que dejes de usar contra la iglesia ese tono ofensivo; al ofenderla, me estás ofendiendo a mí. Además, creo que es tu ignorancia la que te hace decir esas cosas tan desagradables. Eres una desagradecida.

—Mira, monjita, que yo sea puta no significa… Además, no sé ni para qué me molesto en hablar contigo, ¿tú qué sabes sobre lo que sé yo y lo que no? Además, no hay que saber mucho para darse cuenta de que los curas son todos unos hijos de la gran puta. Sí, sí, no hagas así con la cara, y de la más grande, niña, que estás empavá, que tienen todos una mala follaaaá… contri más sotana, pior

—Pero, ¿cómo puedes? Los sacerdotes aman a Dios sobre todas las cosas y practican las enseñanzas de nuestro señor Jesucristo. ¿Cómo puedes? ¿Precisamente tú que…?

—¿Precisamente tú que qué? ¿Qué follas? ¿Precisamente tú que eres una puta pecadora?

—No quería decir eso.

—Sé muy bien qué tenías en la mollera, niñata monjil, que no soy digna. Mira, tú estás ahí por casualidad y yo aquí también. A ti te tocó la familia pija. A mí no, mala suerte. Déjate de sermones y de lo buena que es la iglesia conmigo; le pones la cabeza así a otra tonta. ¿Por qué has elegido esta orden? ¿Para sentirte buena, digna y con las llaves del paraíso en la mano con la caridad? Pues para ti el cuento chino de la caridad. Si quieres, nos ayudas, si no ahí tienes el día del Domut.

—Yo… Yo estoy aquí por amor al prójimo, para enseñarles cosas buenas a tus hijos. Yo, el padre Gonzalo y todas las que ayudamos a que vuestros hijos vayan por el sendero…

—Al padre Gonzalo, ni me lo miente, ese sería bueno en el infierno. A ver si aprendes algo de él, hija.

—Haya paz, haya paz, hijas mías. Qué te pasa con la joven novicia, Malena, que se te escuchan los gritos desde el recibidor.

—Esta, que es más ramera que yo —le contesta la prostituta al padre Gonzalo.

La joven feligresa se gira para evitar que vean sus lágrimas.

—¿Lo ves, Malena? De esta manera, no vamos a poder ayudarla —reprende con buen tono el padre a la madura prostituta.

Las manos del padre Gonzalo sostienen un documento recién imprimido: la encíclica papal Del amor a Dios, del amor a la ciencia, una asamblea para el espíritu, que aunque todavía inédita, corre como viento fresco entre las nuevas generaciones de sacerdotes. Al subir las escaleras, mientras distraídamente ojea el nuevo documento, el padre Gonzalo se choca con una figura inesperada:

—¡Madre mía del Santísimo Jesucristo hijo de Dios, de todos los cielos y de la Tierra y del espíritu santo! ¡Santidad! ¡Qué…!

—Calma, calma, padre, no alborote tanto, venga conmigo. Tengo una cita importante con la directora del Kalifornia’s Dreaming. El Kalifornia’s da trabajo en sus hoteles del amor a muchas de las madres que aquí atienden dignamente a sus hijos; a la vez, esto se me ha juntado con una cita en el Palacio del Tribunal con unos hermanos que han venido de fuera, vaya vida de locos, mil cosas por hacer y es tan escaso el tiempo que tenemos… Creo que cogeré la vespa que hay en la parte de atrás para ir al Kalifornia’s.

El padre Gonzalo, admirador de este nuevo Papa, asiente entregado y pronto lo dispone todo para que el deseo de su Santidad se haga efectivo.

Con una vespa de color rosa con el símbolo anarquista pintado a los lados, el papa corre a toda leche a un pequeño local a dos manzanas del vaticano.

En la pequeña habitación de un edificio de estilo neoclásico, Dulcinea le abre la puerta y los dos se funden en un apasionado beso.

A juzgar por los jadeos que se escuchan al otro lado de la puerta, no me cabe ninguna duda del interés del nuevo papa en el proyecto y en los dulces placeres de su directora.

Dentro del nido de amor, en la desbaratada cama, Dulcinea, deslumbrando con su desnudez, para y le interroga.

—¿Estás bien?

—Sí, seguimos si quieres.

—Es suficiente. Ahora soy tu ángel de la guarda, tu salud depende demasiado de mí, debo velar por ti…

—¿Cómo vas con el dinero?

—Guárdate tu dinero, eres generoso, pero más generosa soy aún yo. En los hoteles del amor y en el Kalifornia’s el sexo es gratis, o mejor dicho, libre. Además, no te imaginas de quién soy hija, de cuna más alta no se puede provenir, pero eso no importa; mi padre, allá donde esté, seguirá pensando que soy ¿cómo lo diría él? uNA Inútil aaagoh, goh, goh.

Dulcinea ríe divertida de su propia ocurrencia y de que Pietro no sepa identificar a quién está imitando.

—En los hoteles del amor no se trabaja por dinero, solo se atiende a necesitados, ¿no es esa la filosofía de Miguel Ángel? Ya has hecho bastante con los conventos; lo demás, lo he puesto yo, de mi dinero, pero no te preocupes, dentro de poco, las prostitutas serán las mejores empresarias del mundo, ya estamos creando un ciclo perfecto que funciona sin dinero, o al menos, eso dice Miguel Ángel.

—Certo, ¡ah… Michel Ángelo…! Le daré un lugar en el cielo.

—¿Y a mí?

—Tú ya eres el cielo, chiara.

Dulcinea pasa con facilidad de la quietud a los balances. Con esa despreocupada seguridad que la caracteriza, le comunica al Papa la próxima expansión del Kalifornia’s a las principales ciudades europeas y a las zonas rurales, e insta a su amante, al que ha cogido cariño, que ya es mucho tratándose de Dulcinea, a que realice la misma operación con los Conventos del Amor.

—Ambos, los conventos del amor y los Kalifornia’s deben estar en sincronía, como tú y yo ahora.

—Son los lugares más subdesarrollados del planeta los que me afligen, Dulcinea.

—No lo veo. El Kalifornia no sería viable allí, les falta glamour. Las estructuras de bonanza son las que facilitan el altruismo, Pietro.

—El altruismo es iluminación allá donde están los más necesitados; mi gran pena es haberlo reconocido tarde y nella mia propria pelle, la extrema entrega de mi hermana y su hija… que les llevó hasta la muerte…

—Todos tenemos algún óxido que nos corroe por dentro, no te sientas especial por eso. Sé práctico. Sabes que no tengo por qué molestarme en convencerte. Tengo la seguridad de que Adil me hará más caso a mí que a ti.

—Pero esos niños deben ser atendidos también.

—Siéntete orgulloso de lo que estás haciendo ya. Estás salvando a muchas mujeres de ejercer la prostitución contra su voluntad, le has devuelto la dignidad a aquellas que quieren seguir ejerciendo porque aman su trabajo, y, además, has jubilado a las que ya no podían trabajar. Estas mujeres ya pueden ocuparse de sus niños como conviene, y también son las que cuidan a los niños que estamos rescatando de los peores orfanatos del mundo. ¿Y sabes qué? Son todas unas madres estupendas, unas madrazas. Los que decían que las mujeres que follan mucho y bien no son buenas madres tendrán que poner sus palabras y su culo en el mismo plato.

—Me endulzas los oídos, pero no me los colmas.

—Pues busca a Miguel Ángel, algo se le ocurrirá para paliar tu remordimiento de culpa por lo del sida.

—Eso intento, no sé dónde se halla. Lo reclamé en audiencia, pero no apareció. ¿Debería excomulgarlo?

Ambos sonríen.

—Miguel Ángel sólo comulga con Alexia.

Ríen de nuevo, Dulcinea añade:

—Según tengo entendido, está en la India.

¿En la India? ¡Cazzo! ¿Ma cosa fa lí? La nueva iglesia está en construcción, no es hora de meditar. Señor, paciencia, tengo que irme, me esperan los nuevos héroes de la iglesia.

Al otro lado, en Piazza Santa Marta, suena en el móvil del padre Dongo un mensaje de Pedro El Romano, invitándole a él y a todos los demás a volver al lugar de la cita.

Os espero a todos con los brazos abiertos, perdonen la espera, felizmente, ya he resuelto el asunto que tenía pendiente.

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