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Media hora después, en la cama de un lujoso hotel, suena el móvil del cardenal. Dulcinea, a tientas, le obliga a apagarlo. El cardenal piensa, sinceramente, que al practicar sexo con Dulcinea no le hace daño a nadie y obedece la orden de su amante antes de sumirse en los placeres atávicos.

Horas después, tras un dulce sueño reparador, el cardenal cae en la cuenta de que su móvil estaba apagado; rápidamente consulta la hora y deduce que la homilía, junto con el resto de los actos, ya debe de haber finalizado.

Al encenderse, el móvil le avisa de que tiene seiscientas sesenta y seis llamadas perdidas. Sesenta y siete, con esta que está sonando ahora y que el cardenal decide no coger.

Completamente atacado de los nervios, Passoli sale a la calle y un ensordecedor ruido de ambulancias y coches de la policía confirman sus peores presagios. Sudando como nunca en su vida, se sube al primer taxi que encuentra libre y lee el último de los cientos de mensajes que esperan en su correo; muy consternado, le pide al taxista que lo lleve a la conocida clínica privada Beth.

Una vez ya sentado y en camino, el cardenal se dispone a visualizar los vídeos que los testigos de la desgracia han colgado en Populus. Sin dudarlo, se va al que tiene más visualizaciones y comienza a mirar.

En el vídeo, aparece el Papa dando la homilía ante miles de personas. Una paloma blanca posada en la gran cruz inicia el vuelo y se acomoda en el hombro del pontífice. La multitud aclama eufórica el hecho por la belleza de su simbolismo.

Poco a poco, los aplausos van disminuyendo y la paloma, de un saltito, se posa en el atril, sobre las notas del sermón titulado Resignación en tiempos de crisis.

Un poco desconcertado, el Papa interrumpe su discurso para espantarla, pero la paloma está decidida, y, como si fuera una mosca, va y viene, posándose de nuevo sobre las notas.

Algunos miembros de la organización se han acercado a cogerla, pero la paloma ha ascendido el vuelo defecando en su huida.

Desde la primera fila, se puede ver perfectamente cómo el excremento, víctima de la gravedad, cae a gran velocidad sobre el rostro del Papa, que, desafortunadamente, también se encontraba mirando hacia arriba para asegurarse de que el pájaro no volviera más.

Con gran premura, los organizadores acuden a limpiarle y guían al Sumo Pontífice al otro atril situado en el ala derecha del escenario, lugar de techos bajos, a buen recaudo y junto a los altos cargos de la curia y de la conferencia episcopal.

Para cambiar de ángulo de visión, en apenas unos segundos, la gran marea humana se reorienta inclinándose hacia el extremo derecho del escenario, ejerciendo presión sobre uno de los tensores delanteros a los que está enganchado la gran cruz.

Mientras el Papa desliza sus palabras por la letra escrita, poco a poco, el tensor se va aflojando hasta llegar, finalmente, a soltarse por completo. La gran cruz comienza casi imperceptiblemente a inclinarse milímetro a milímetro hacia delante.

En los minutos siguientes, la homilía continúa sin mayor sobresaltos. El episodio de la paloma ha quedado completamente atrás y es algo de lo que ya nadie se acuerda. Sin embargo, de pronto, la cruz da un pequeño giro y sepulta de un golpe rápido, duro, seco y atronador la gran carpa bajo la que se resguardaba del sol la gran curia y su majestad el Papa.

Solamente un silencio ensordecedor se escucha en todo el recinto. Poco después, el público grita y llora de horror constatando la gran tragedia.

Las jaulas de las palomas, previstas para el final del acontecimiento, se han abierto y decenas de ellas ascienden con cierta ansiedad hacia el cielo. Una paloma solitaria se une a ellas, en dirección al característico cielo azul celeste de las tardes soleadas de Madrid.

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