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El discurso ha finalizado y el eco de los aplausos acompaña al profeta hasta los confines de la plaza. Los antidisturbios más osados han irrumpido en una gran ovación y no paran de darle palmadas en la espalda mientras este se abre paso entre la gente. Su hija Valeria le mira alejarse sonriendo, sin poder evitar, emocionada, que se le salten las lágrimas. ¿A dónde va? Le pregunta Anicka a Mac Cain. Ni idea, querida, pero esto me huele a siguiente paso del plan.

Subiendo por la calle Montera, Miguel Ángel se encuentra con una ristra de mujeres jóvenes muy ligeras de ropa paradas en la calle, como esperando a algo o a alguien. Apoyada en un árbol de la calle, una de ellas, una chica de 18 años, sostiene un cartel donde pone Necesitamos un espacio para poder trabajar. En su paseo, Miguel Ángel observa sus caras, serias, tristes, sin ningún asomo de esperanza u optimismo. Cueva de mercaderes, dice en voz baja.

No es que Miguel Ángel esté en contra de lo que esas mujeres hacen con su propio cuerpo; lo que disgusta a Miguel Ángel es que su cuerpo tenga un precio, y que ese precio no tenga nada que ver con el valor de lo que esas mujeres están dando. Le desagrada profundamente que el placer, parte de nuestra divina esencia, junto con el sexo, la fórmula para compartir el placer, sean entendidos como una mercancía. Le resulta muy contradictorio que aquellas mujeres den placer, algo que no tiene precio, a cambio de dinero, algo que, en sí mismo, no tiene ningún valor. Un intercambio poco equitativo, piensa, sobre todo, cuando el trueque viene dado por imposición. Sexo y obligación son, para él, dos palabras que no deberían aparecer asociadas en ninguna cultura. El sexo, piensa Miguel Ángel para sus adentros, no debe darse por obligación, sino por generosidad.

Al llegar a la esquina de Montera con Gran Vía, el nuevo profeta posa sus ojos en una mujer muy joven y muy guapa, vestida excesivamente sexy, que está subiéndose a un lujoso deportivo extra. Como ella, piensa Miguel Ángel.

Al marido de Alexia, no se le va del pensamiento la idea de resucitar el Kalifornia’s Dreaming en Madrid, y usar para ello a Fun, la enorme discoteca situada en Ronda de Atocha y a la que se dirige Dulcinea.

Miguel Ángel coge el móvil y le envía un mensaje a Roger.

En la discoteca Fun, en una hora.

Seguro que, piensa divertido, será toda una sorpresa para él…

Inmerso en sus visiones, el nuevo profeta vaga llevado de su intuición por las calles del centro de Madrid. Al llegar a la altura de la plaza Colón, observa los preparativos de la próxima visita del Papa.

En una maniobra política de arriesgada audacia para ganar adeptos, el papa ha decidido participar en la fiesta R con la excusa de los carnavales. Y ha elegido la plaza de Colón de Madrid como el inicio de una gira por toda Europa que terminará, si dios quiere, en Bakú, Azerbayan, la tierra del fuego eterno y el país soberano más grande del Caúcaso.

Un nutrido cordón policial impide el paso a los transeúntes; ignorándolo, Miguel Ángel se acerca más de lo permitido:

—Circule, por favor, no puede permanecer aquí.

—Mi camino me lleva hacia allí, hermano.

—Tendrá que coger por otro lado, ¿hacia dónde se dirige?

—Hacia donde el amor me lleve.

—¡Uff! Lo siento, padre. Documentación, por favor. Tengo que comprobar que está acreditado.

—¡SANTISSIMA MARÍA! ¡ÁNGELO! ¡ÁNGELO!

Desde el otro lado del cordón policial, llaman a Miguel Ángel.

—¡ÁNGELO! Por favor, pase, pase.

El policía le devuelve la documentación y, en vista de la personalidad que lo reclama, le abre paso.

—¡Michel Ángelo! ¡El ángel que sonríe! ¿Come estai? ¿Qué te trae por aquí? Dei vías sunt inscrutabile[los caminos de Dios son inescrutables].

Et eius consilia improviso [y sus designios inesperados] —contesta Miguel Ángel.

—Me alegra mucho verle.

—Es también una alegría para mí, cardenal Pietro.

—En estos días de desasosiego, reconforta encontrar a la persona que ha inspirado a aquellos que no se resignan.

—De la indignación a la acción, cardenal.

—Por favor, conmigo no, Michel Ángelo, tú no. Llámame Pietro, por favor. Mi conciencia no soporta esta condición jerárquica; en la iglesia de Cristo, todos somos iguales.

—Pues por el fausto y la pompa que observo, él no lo ve así.

—Su santidad… es un producto de marketing. ¡Quién ha visto semejante cosa! No estoy de acuerdo con estas escenificaciones. Su santidad siempre me contesta que algún día sabré en primera persona las presiones que contiene el cargo, y que las miles de personas que acudirán aquí, los fieles, creen en él y en su palabra. Están dispuestos a seguir su doctrina. Ningún poder puede más que el poder de la palabra. ¿Crees que a los feligreses les importa, en algún modo, si se sueltan o no estas palomas?

El cardenal Pietro Passoli saca una paloma de color inmaculado de una jaula cercana y la suelta al aire. Esta vuela en dirección al sol hasta posarse en la cima de la gran cruz cristiana que presidirá el evento. Ambos se quedan mirándola con la extraña sensación de haber percibido una señal, sin embargo, continúan con su conversación sin hacer comentario alguno.

El cardenal Pietro Passoli le cuenta a Miguel Ángel que ha decidido focalizar todos sus esfuerzos en la ayuda de los niños sin futuro, en especial, los de África. La conversación fluye en armoniosa sintonía: ambos desean ayudar y ambos quieren empezar por los más desfavorecidos. Miguel Ángel le explica el problema de aquellas prostitutas que dan sexo por obligación, y su deseo de ofrecerles un techo y un lugar donde puedan sentirse dignas; sitios que Miguel Ángel ha bautizado bajo el nombre de #Los Hoteles del Amor.

—La mayoría son madres solteras —comenta— cada una tiene una historia distinta, pero los problemas para atender a sus hijos y a sus padres adecuadamente son comunes en casi todas.

—Solucionar los problemas de las prostitutas nunca fue un objetivo de la iglesia en sí mismo, pero siempre hay un camino para construir un patrón, una cosa que lleva a la otra, y uno con su consciencia, es lo que le busca la relación —dice Passoli.

—Este es el camino.

Miguel Ángel le da una tarjeta al cardenal que él lee con discreción:

Kalifornias Dreaming, sexo real y virtual, atrévete a cumplir tus fantasías más inconfesables.

Los hombres se miran en silencio frente a frente.

—Miguel Ángel, Miguel Ángel, ¿vamos?

Al otro lado del cordón policial, con medio cuerpo sacado por la ventanilla de un taxi, Roger se desgañita para poder hacerse escuchar.

—¿Vamos?

Una fuerza de atracción casi telúrica le hace apartar al cardenal todas sus obligaciones y le hace decir:

—Vamos, pues.

Diez minutos más tarde, los tres se paran delante de Fun, una enorme discoteca de siete plantas de altura en la que Dulcinea ha entrado sola sin esperar la larga cola que hay en la puerta.

Tras bajar del taxi, Miguel Ángel se acerca al guardián de la puerta y le extiende la mano. Sin saber muy bien por qué, este le corresponde, y ambos se funden en un gran apretón. Enseguida, el gorila comienza a sentirse embargado de una paz infinita y sin soltar a Miguel Ángel le conduce personalmente hacia el interior del local ante la atónita mirada de los demás guardias de la entrada, que piensan que su compañero ha sido víctima de hipnosis o de alguna otra suerte de misterioso hechizo o encantamiento.

Una vez en el interior, Miguel Ángel no tarda en divisar a Dulcinea. Copa en mano, la diosa se halla, riéndose, rodeada de guapos y bellos hombres. El nuevo profeta se apoya en la barra y pide una copa sin dejar de mirarla; al cabo de un rato, la chica se despide y pasa a un reservado. Una vez allí, toma asiento y, a modo de saludo, besa a un hombre no tan joven ni tan bello.

Miguel Ángel da instrucciones a Roger y al cardenal de entrar en la sala dentro de unos diez minutos, y, sin ambajes, se desliza por el negro cortinaje interrumpiendo el largo beso entre Dulcinea y el otro caballero:

—Hola, ¿molesto? Seguro que no.

Con gran estilo y elegancia, se desabotona la chaqueta y toma asiento a la izquierda de la bella mujer. Al hacerlo, cruza las piernas y expande los brazos, reposándolos en el regazo del sofá, rozando levemente la nuca de la bella Dulcinea.

—¿Tengo entendido que está usted doctorada en Sexología? —pregunta el nuevo mesías.

—Con honores —le responde ella fríamente con aire indignado.

El hombre que está a su lado hace una mueca que trata de disimular su fastidio. El lugar está poco iluminado, salvo por unos pocos reflejos que vienen de las luces de la pista. El pretendiente de Dulcinea no se ha quitado las gafas, que son negras como su impecable traje. En un intento de alardear, con un gesto rápido, saca las manos y se encoge las mangas, para así dejar a la vista un carísimo reloj de pulsera, que a juzgar por su mirada, cree que le posicionará por encima de Miguel Ángel, provocando su marcha.

Muy divertido, este le observa e inmediatamente, imita su gesto. Ansioso, el hombre mira hacia sus muñecas, pero en seguida se percata de que el intruso no lleva reloj. Con impaciencia, vuelve a sacar la manga para mirar la hora y comprueba que su flamante reloj ha desaparecido. Bastante desconcertado, comienza a buscarlo debajo de la mesa y del sofá. Ignorándolo, Dulcinea se centra en Miguel Ángel.

—¿Qué quieres? —le dice ella—. Conozco a los hombres, tú no estás necesitado y yo estoy muy ocupada. No quiero perder el tiempo.

—El valor del tiempo se mide en calidad, no en premura. Y, conmigo, en lo que a tiempo se refiere, sólo podrás ganarlo.

Ella se queda callada, espera a que Miguel Ángel continúe:

—Dulcinea, eres el sueño de todo hombre. No das sexo por obligación, sino por generosidad.

—Con el sexo, tengo la inmediata certeza de dar placer y de recibirlo. Ese es un don de los dioses y yo soy una diosa.

Dulcinea pone la mano sobre el muslo del acompañante, que acaba de salir de debajo de la mesa, y le susurra algo al oído. Con cara de perdedor, el hombre se levanta y se despide de manera cortés de Miguel Ángel, que con otro truco, vuelve a colocar de nuevo el reloj en su mano.

Ahora ya, por fin, los dos solos, la bella donna tiene pensado seducir a Miguel Ángel, pero la cortina se abre y aparecen Roger y el cardenal Piero Passoli.

El cardenal Pietro Passoli se encuentra incómodo. La discoteca Fun no es el lugar más apropiado para un alto cargo eclesiástico como el suyo; máxime cuando el Papa, a pocos cientos de metros, espera pacientemente a que llegue la hora de oficiar la primera homilía de su visita a Madrid en la plaza de Colón.

Bien sabe el cardenal que su ausencia será excusada; su gran labor durante la preparación del festejo papal ha concluido y la reunión que está a punto de tener lugar le parece más importante.

Por su parte, Roger tiene el rostro resplandeciente y, prácticamente, no puede articular palabra, embobado como está en los encantos de su antigua amante. Solo sale de su ensortamiento para asentir cuando Miguel Ángel le mira buscando su permiso para expandir a nivel global la idea del Kalifornia’s.

Mientras Roger dice que sí a todo como un perrito faldero, Dulcinea, displicente, desdeñosa, obvia a Roger y centra toda su atención en el cardenal Pietro Passoli, que acaba de tomar asiento a su lado.

Muy relajada, la ex de Roger se inclina hacia el cardenal y cruza las piernas rozando con su rodilla el muslo de Passoli. Al rato, levanta el brazo y coloca el codo en el respaldo, tras la cabeza de Pietro, dejando sus senos prácticamente a la altura de su cara.

Entre exageradas risas, que la obligan a contorsionarse, Dulcinea no pierde ocasión para tocarlo. Alberga la certeza de que el cardenal es un hombre necesitado.

A estas alturas, Roger ya está un poco molesto por el estrambótico comportamiento de ex novia. No sabe cómo calificar el evento, ni quién es más ridículo de los tres, si el cardenal, si ella o él. La tensión va en aumento, pero algo pone fin a la dinámica. Alguien ha descorrido la gran cortina negra de tercipelo y se dispone a entrar: es Adil, que nada más poner un pie en el reservado, se ha formado una primera impresión de lo que está pasando.

Con modales refinados, Ramsés abre la reunión desplegando una gran sonrisa. Viene acompañado de su mano derecha, El Pirriaque, el camello-drogadicto que conoció en Cañada Real y que, ahora, ya completamente desintoxicado, se ha convertido en una extremidad más de su cuerpo.

Adil decide sumarse a la interacción pisando fuerte; tras su charla con el tío George, está pleno de confianza; además, para más inri, ya no es sólo uno, sino muchos los mantras que están canalizando todo el oro hacia él. Oro para financiar la compra de más oro, operación donde el dinero es tan solo un estado transitorio.

—Su assiento, prínssipe —le dice el Pirriaque.

Dulcinea repasa a Adil de arriba abajo con recelo; observa, con detenimiento, su pelo negro, engominado, tirante hacia atrás, que acaba en una larga cola de rizos negros. Impecablemente vestido, varios cordones de oro cuelgan del cuello sobre una camisa abierta.

Proveniente como Adil de las altas esferas, Dulcinea es consciente de que esta forma de vestir, propia de la etnia gitana en este país, no le ha hecho perder el puesto número uno en el ránking de los hombres más elegantemente vestidos del siglo XXI, según la revista de moda masculina más prestigiosa del mundo. De hecho, sus modelitos ya están creando tendencia, y sirven de inspiración para los diseñadores que desean renovar los estilos de las clases sociales más adineradas.

Por el hueco del reservado, se puede ver a varias personas colocándose estratégicamente en diversos puntos de la discoteca. Es el último faraón, piensa Dulcinea, el sucesor de mi padre.

Con gran seguridad en sí mismo, Adil toma la palabra y todos escuchan:

—Bien, señores, soy un hombre ocupado y comprenderán que la reunión vaya a ser muy breve. Tengo conocimiento de que el Papa está interesado en que mi banco, que en unos días abrirá sus puertas, financie su campaña de ayuda a los niños más necesitados del mundo. El proyecto viene avalado por Miguel Ángel, con lo que no necesito mucho más, pero sería interesante que, desde sus sucursales suizas, se transfirieran, de forma transitoria, parte de los depósitos de oro de la iglesia al futuro banco Bienaventurado. Ustedes tienen la segunda reserva en oro más importante del planeta, supongo que una transferencia parcial de la misma no supondrá problema alguno. Esta medida no tiene otro objetivo que el de generar confianza en las entidades financieras a las que, próximamente, mi banco solicitará astronómicos préstamos. Tenga por seguro, cardenal, que, si usted accede a cedernos su oro, su proyecto podrá adquirir grandes dimensiones, y nosotros podremos financiarle más y mejor. Además, sus depósitos podrán recortar el interés de la deuda que nos solicita, —finaliza Adil.

El cardenal Pietro, a duras penas, puede concentrarse con los leves, pero efectivos, roces de Dulcinea. Aun así, como buen perro viejo que es, contraataca el discurso de Adil:

—Bajo esas condiciones, es posible que la banca vaticana opte por financiar el proyecto ella misma.

—Con todos mis respetos, cardenal, la banca vaticana se dedica a atesorar, deje los negocios para nosotros, los humildes bancos de financiación. Desde tiempos inmemoriales y de una forma magistral, la iglesia ha puesto en práctica esta fórmula de trabajo con el fin de no verse nunca afectada por los vaivenes del mundo financiero y así, en última instancia, poderle luego reclamar a diablos como yo la justicia de Dios.

—Hasta los diablos como tú son hijos de Dios. Consultaré al Máximo Pontífice, pero él confía más en sus ángeles que en sus demonios.

—Su proyecto está englobado dentro de uno mayor, el de Miguel Ángel, la persona en la que más se puede confiar aquí, ¿no le parece esto una garantía mutua?

Miguel Ángel saca como quien no quiere la cosa el billete de un dólar que le quitó a Adil en la fiesta R y lo pone sobre la mesa. Adil esboza una sonrisa de complicidad mientras escucha decir al cardenal:

—Me lo parece.

—Bien, entonces, caballeros, my lady, dejémoslo aquí. Ha sido un placer conocerle, cardenal.

Adil se levanta, da dos pasos y todos los escoltas se activan al unísono. Antes de partir, como si fuera un hecho consumado, añade: Miguel Ángel, en el consejo de administración.

El cardenal ríe y responde: está usted tratando con la Nueva Iglesia, no hay consejo de administración.

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