Antes de ayer fui a cenar a la luna. El restaurante no estaba mal del todo. Se podría decir que la comida era al menos saludable. Los colores, familiares. El tacto al paladar, interesante. Su sabor, insufrible. En cuanto a la decoración del local, nada de ese mundo. Hasta aquí todo bien. Tampoco tengo que decir nada especialmente interesante con respecto a los que frecuentaba el lugar. Los marcianos son como la gente, iguales en todas partes. Altos, bajos. Ojos rojos, verdes, morados: cuernos, ventosas, dientes en lugar de pestañas…en fin lo de siempre. Aunque, a decir verdad, me gustaban más lo de la televisión: hablaban mi idioma y a pesar de tener un ordenador por memoria, siempre nos hacían pensar que los homo sapiens tenían una forma de inteligencia, llámese sentido común, llámese capacidad lógica, de la que los marcianos inventados por nosotros carecían. En cualquier caso, los de la luna no eran mucho más allá. Bueno, sí, procesaban la información coma mayor rapidez, ¿y qué? Que sus mecanismos inferenciales nunca fallaban y el lenguaje era como instrumento comunicativo- absolutamenete eficaz ¿ y qué? que todo lo hacían mejor y más rápido que nosotros ¿y ¿ Pero, no nos engañemos, ellos no son humanos. NO odian ni aman ni mienten ni se engañan ni se deprimen de la misa formas que nosotros. Ellos están en la luna, y en este lugar no hay psicólogos, ni psiquiatras ni asesores matrimoniales. Estos señores no tienen subconsciente y a mí esto, sinceramente, me parece inmoral. Pero , de todos modos, antes de ayer fui a cenar a la luna. Y lo extraño, como ya digo, no fue ni el restaurante, ni la comida, ni sus comensales. Lo raro, lo realmente inaudito, fue mi acompañante, que era como yo, es decir, una mona. Personalmente, nunca he tenido nada en contra del sexo opuesto. No me interpreten mal. Pero, sin más rodeos, mi cita se comportó durante toda la noche como una mismísima perra. Q el público femenino no se escandalice, ya oigo murmullos en ese sector, repletos seguramente de las más bajas imprecaciones. Y es que el lenguaje… en fin, diré que entiendo por perra a una mujer que, como su propio nombre indica, adopta actitudes , características de esta especie animal déjenme que continúe mi historia, si no es mucha molestia. A los veinte minutos de conversar como dos seres humanos educados socialmente que hablan primero de trivialidades para pasar, poco a poco, a temas más personales que establezcan lazos de unión, la señorita Cadela, que así decía llamarse,- OH dios, cómo es posible que no lo viera en este momento- me confesó que en otra vida ella había sido una famosa perra, o bien una perra famosa si ustedes lo prefieren así. Sí, una tal Laica a la que los yanquis en sus tiempos de gloria mandaron a la luna no sé muy bien con qué propósito. Esta extraña mujer me siguió contando que a los diez años comenzó notar los primeros síntomas perrunos. Sentía necesidades imperiosas de levantar la pata en cualquier parte y de respirar siempre con la lengua fuera sin importarle el charco de saliva que se iba formando a sus pies. Con la llegada de los primerizos encuentros sexuales descubrió que la postura de a cuatro patas era la única que le proporcionaba placer. A los 27 años, cuando comenzó a ejercer la abogacía prepara sus alegatos andado por la habitación de su despacho a cuatro partas y su alarido siempre le decía que la causa de su separación había sido la manera que ella tenía de sino discutir de otra forma que no fuera ladrando. Su vida, tal y como ella me fue contando, se convirtió en un auténtico desastre. Se enamoró de su perro. Le echaron del cuerpo de abogados porque en los juicios cada vez que se enfadaba se tiraba, tal cual, a la pierna del testigo de la defensa. Le echaron catorce veces por desacato al tribunal. Y finalmente perdió su puesto como fiscal del estado Desesperada, la señora cadela, contrató los servicios de un psiquiatra argentino,, el cual tras seis sesiones de puro y duro psicoanálisis decidió hipnotizarla para comprobar que realmente era una perra o, por el contrario, se lo hacía. Y, efectivamente, lo era, claro que lo era. Y bien señores y señoras, yo he venido aquí a exponer, mi caso.

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