Una vez allí, hizo contacto visual con un caballo de un blanco roto y desgastado, delgaducho, de pelaje sin brillo y enredado, y con el pellejo más pegado a sus huesos que el mismo Alonso Quijano.

Como dicen que los animales se parecen a sus amos, y sus amos se parecen a sus animales, caballo y hombre, hombre y caballo, estuvieron mirándose cinco minutos fijamente, y tan solo la voz de la señora de la casa rompió ese mágico momento:

—¡Alonso! Se puede saber qué hace usted allí? Anda, venga a vestirse, que va a coger un catarro, así medio desnudo que está, con tan solo el camisón encima. Pero, ¿se puede saber qué está usted haciendo allí?

—Déjeme tranquilo, que estoy conversando con el caballo.

—Con ese? Pero si le quedan dos telediarios.

—Anda, anda, mujer, pero qué dice usted? Pues no lo ve? qué es un caballo recio, espectacular? Un blanco caballo blanco, regio, un buen ejemplar, un animal noble y gallardo, bien pertrechado y con él voy a arreglar todas las injusticias sociales del mundo.

—Sí, vamos, lo que viene siendo un pura sangre —dice la ama con mucha guasa.

Cuando acabó de ensillarlo, Alonso por fin entró en la casa, y de pronto, se percató de que al subir las escaleras, a la mitad del trayecto, en el rincón por el que se coge el otro tramo, había una armadura decorando el rincón, un regalo de su bisabuelo, que la había comprado en una antigua feria de ganado y a la que nadie, incluso él, le había hecho mucho caso hasta ahora.

Y comenzó el bueno de Alonso a ponerse la armadura y vio que era pesada, que se le clavaba en las costillas y que le quedaba corta de pierna, pero aún así dijo:

—Me queda como un guante.

—Si usted lo dice…

—Yo lo digo, y en el momento en que lo digo, realidad es.

Y sonando a chatarra vieja y desengrasada en movimiento, rechinando estrepitosamente, comenzó a trotar en dirección a patio de la casa, donde estaba el caballo blanco esperando con la cabeza gacha.

Intentó subir al caballo de un salto, como los vaqueros en las películas del oeste, pero falló y se cayó al suelo. La ciencia no sabe exactamente si los perros se ríen o no, pero yo juraría que hasta los perros de Alonso soltaron una carcajada. La ama tuvo que correr a la cocina a reírse sin querer, de lo graciosa que había sido la caída, y reía y reía tapándose la boca, y al mismo tiempo, dibujando una cruz sobre su cara, para que Dios la perdonara por reírse de desgracia ajena.

Al segundo intento, Alonso tuvo más suerte, y subido al caballo, cogió un tenedor enorme de hierro que sirve para pinchar el heno de la siembra, y con el tridente, como si fuera el dios Neptuno, salió pitando de la casa, gritando a todo el que quisiera oírle:

—Abusadores de niños, de mujeres, de personas indefensas, explotadores, esclavistas, torturadores, ladrones de guante blanco, psicópatas con traje, políticos corruptos, ya podéis rezar por vuestras almas porque Yo, Don Quijote de la Mancha, voy al salvar del mal al mundo.

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