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—¡Papá! Sabía que eras tú. Yo no quiero pantalones por Reyes—.El niño movió la cabeza y se sentó, disgustado, sobre el sofá familiar que aún guardaba el calor del día.

—Te hacen falta unos pantalones—repuso el padre tras un breve silencio. El niño no paraba de mover la cabeza pensando que merecía algo más que unos pantalones y sin decir nada, produjo un extraño garganteo, que hizo pensar al padre que la respuesta no le había satisfecho y que pretendía de él otra más elaborada, más convincente.

—Papá—por fin, el niño se decidió a formular una queja más intensa.—¡Es que si fueran los Reyes, por lo menos tendría un pase! ¡Pero tratándose de vosotros!

—Anda ven, sé que un pantalón no es un regalo muy seductor. Te contaré una historia…

—¡Otro cuento, no!

—No, no, una historia, esta vez es historia.

Y el padre comenzó a narrarle: hace mucho tiempo el padre del abuelo de tu abuelo, cuando empezaba a dejar de ser niño, en una noche como esta, igual de fría y lluviosa, dice que los vio.

—¿Quién vio a quien?—dijo saliendo de la oscuridad de la habitación y acercándose más a la luz de la lámpara de lectura; lugar en el que estaba situado el padre.

—Pues él le dijo a su padre, el abuelo del abuelo de tu abuelo, que los había visto. A los tres Reyes Magos, camellos y todo. Él decía que, por lo menos, aquella vez, no llevaban pajes. Yo creo que nunca los han llevado.

—¡Venga ya! ¡Papá, estás de broma!¿No?

El padre antes de continuar su historia, hizo una pausa y con verdadera parsimonia encendió el fuego.—¿Hace frío, no?—comentó al ver fulgurar la primera llama.

—¡Veenga! ¡Continua!

Con la atención de su hijo ganada se recostó en el sofá y con la cara muy cerca de la de su hijo prosiguió—: las cosas eran de otra manera en esos tiempos. Este pequeño pueblo había sido invadido por las tropas Napoleónicas…

—¡Napoleón!

—Sí, Napoleón. Y tras la invasión, la situación para sus habitantes era muy difícil. Las tropas se iban aglutinando en la población dispuestas para el asedio de la isla de León y las fortificaciones de Cádiz. Nuevas ideas se estaban fraguando en Cádiz, ideas de sobre cómo debía ser el mundo, un mundo diferente, impensable para la gente de aquella época acostumbrados, de siempre, a aceptar y obedecer lo que el rey dijera. Un mundo donde iban a tener libertad para opinar y decidir sobre su propio destino. Pero era aquí, en este pueblo, donde se encontraba entonces la amenaza más inminente a todo aquello. Tu antepasado era de esas personas que no se resignaba a aceptar la fatalidad, prefería perseguir sus ideales, su deseo de conseguir una vida mejor para él y para su hijo. Tu antepasado era muy hábil en la mar, también era muy observador. Escondía una pequeña patera en los pinares de la algaida, y se hacía a la mar desde el río San Pedro, que como sabes no es un río, sino un brazo de mar.

—Sí, lo he leído en las aventuras de Andrés y Andrea; sigue.

—Bueno, los navíos de guerra de Napoleón mantenían el sitio de la ciudad de Cádiz, vigilando que ningún barco con suministros se acercara a puerto. Si veían alguno, lo cañoneaban. Y desde las fortificaciones de Cádiz intentaban defenderlos, disparando también, para intentar impedir que los navíos de guerra tuvieran a tiro a las embarcaciones con suministros. Unas veces lo conseguían y otras no, pero la presencia de cada vez más embarcaciones francesas hacían que esto fuera cada vez más difícil.

—¿Y qué tenía que ver nuestro antepasado en todo esto? ¡Ayudó a los Reyes Magos a llegar a Cádiz!

—Pues que, él era muy observador, y una pequeña embarcación no era tan fácil de divisar en la noche como un navío. Conocía mareas y vientos, y aquella bahía como la palma de su mano, aunque me parece recordar que perdió una mano en un accidente con un mosquetón, pero eso no importa.

—A él seguro que sí.

—Llevaba a su a su hijo que, como te dije, se estaba haciendo mayor y le ayudaba con la carga. Sigiloso seguía los movimientos de la marina de Napoleón y, como buen marino, escogía caminos dónde su pequeña patera le alejara de la navegación de los grandes buques. Sus precauciones no eran suficientes porque, irremediablemente, tenía que atravesar zonas de gran calado en las cuales un encontronazo con alguna salva de cañones no era raro. Cuando, por fin, se encontraba bajo la protección de los barcos ingleses y los cañones de las murallas de Cádiz, arribaba a puerto y cambiaba su mercancía por otras que les eran necesarias aquí. Pero no sólo hacía eso, como ya te dije era muy observador…

—Sí, ya me lo has dicho, papá, ¡no seas pesado!

—Así que, después, se encaminaba con su hijo hacia una librería cercana al oratorio de San Felipe Neri e informaba de todos los movimientos que había visto de tropas enemigas en el Trocadero.

—¿Eran espías?

—Sí, el trataba de defender lo que allí se construía.

—¿Un arma secreta?

—En cierta medida, sí. Un libro.

—¿Un libro?

—El hijo le preguntó lo mismo al padre. Veía el devenir de gentes en el oratorio y escuchaba discusiones, estaba intrigado. Fue el librero quien le contestó: “Ahí se está fraguando el futuro, jovencito, tu futuro y el futuro de todos. Dentro de muy poco las palabras que se han escrito se dirán ahí, en el oratorio, la promulgarán para que todos las oigan”.

Después de esto, con cuidado, bien envuelto, el librero entregó un paquete al padre, se dirigió a él: “Con tu valor, te has ganado este honor. Llévala al territorio ocupado, que la lean, que la copien, que la impriman, que la conozcan”

—El paquete era el libro, ¿verdad?

—Sí, eso era. El viaje de vuelta no fue tan bien, fueron descubiertos, por mucho que le dieron a los remos. Una salva de una corbeta partió la débil patera en dos. Padre e hijo cayeron en las oscuras aguas de la noche. En medio del oleaje, el hijo encontró al padre, inconsciente. Hizo con sus pantalones jirones y ató al padre a un barril de aceite que flotaba de la carga. Él se agarró al barril como pudo, y se quedó en la solitaria y fría agua largas horas. Milagrosamente llegaron al calor de su casa.

—¿Y ya está? ¿Y el libro? ¿Y los reyes? ¡Qué fue de mis antepasados! ¿Cómo se salvaron?

—Pues eso mismo le preguntó la madre al chico cuando llegaron calados hasta los huesos mientras encendía la lumbre para que se secaran. El padre no recordaba nada, sólo de haber recuperado el sentido en tierra firme. El chico les narró lo que había pasado y la conversación que tuvo: “cuando perdí la cuenta del tiempo que llevábamos en aquel barril los vi. Eran Los Tres Reyes Magos en sus camellos; los camellos cabalgaban sobre las aguas. Todos, reyes y camellos brillaban, como si se hubieran impregnado de rayos de sol. Eran cálidos en la noche, dejé de tener frío.

—No existís—les dije—.Mi padre y yo hemos muerto ¿verdad? Fue Baltasar el que me contestó.

—No, no es así. —Estais vivos y nosotros estamos aquí. Lo que ocurre es que sólo existimos cuando pensáis que eso es cierto. Cuando dejáis de hacerlo, dejamos de visitaros—Baltasar hizo una pausa y me miró como intentando reconocer mi cara, o la cara que tenía unos años atrás. —Ya no visitamos tu casa, ¿verdad? —añadió.

Yo negué con la cabeza.

—Bien, te has portado como un verdadero héroe. Os ayudaremos a regresar a casa y, esta vez, haremos una excepción. Te daremos un regalo. ¿Que quieres? —Era Melchor el que me hablaba.

No se me ocurría nada, así que le pedí una cosa, pero después cambié de idea. Gaspar me dijo—: ¿Estás seguro? Está bien, así sea.”

—¡Qué era! ¡Qué era! ¡Qué les pidió a los Reyes Magos mi antepasado! —Tranquiloo, te sigo contando: el padre escuchaba sorprendido y aturdido el relato de su hijo. Fue entonces cuando cayó en la cuenta. El paquete estaba allí, sobre la mesa, completamente seco. “Es mi regalo de Reyes” dijo el hijo. El padre lo abrió nervioso. Estaba intacto. Contento, le explicó “Sí que es un regalo, es la libertad, hijo. Hoy has luchado por ella. Es tu regalo más preciado. Lucha siempre para que no te la quiten”.Del envoltorio sacó un pesado volumen. Era la Constitución de Cádiz de 1812.También, del envoltorio cayeron unos pantalones nuevos. “¿Y esto?”Le dijo el padre y el hijo, ruborizándose, le contestó “Fue lo primero que le pedí”

—Y así acabó la historia —concluyó el padre, contento, al observar que, durante el transcurso de la narración, su ánimo había cambiado.

—¡Vaya! ¡Sí que consigues que un pantalón parezca importante! Me alegro, porque yo también tengo un regalo de Reyes para ti.

—¿A ver? ¿Qué será? ¿Qué será?… ¡Un pantalón! Gracias, hijo.

—No pongas esa cara. ¿De que te extrañas? Está claro, papá, que es una tradición familiar.

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