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Estando yo escribiendo un libro de cuyo nombre ahora no quiero acordarme, la caja parlante se puso a hablar del caso Asunta, en sus imágenes, una mujer vestida de negro, muy acongojada, lloraba sentada y encogida en la silla de una sala judicial delante de un micrófono. Poco a poco, la voz en off contaba una historia increíble llena de incoherencias, y las palabras de Yong Fang, y su grito de auxilio, se me fueron metiendo en el cuerpo, creando un inmenso misterio en mi corazón.

Acercarse al caso Asunta es asomarse a un abismo oscuro e incomensurable sobre la naturaleza del mal en la condición humana. Un abismo paradógico cubierto de una niebla inmensa, que se vuelve más cerrada a medida que más uno se adentra en él.

En el verano del 2018 acudí a Galicia para comprobar por mí misma las informaciones que había estudiado por televisión y por internet y di por zanjada la investigación. Tenía pensado escribir la primera versión del caso años después, pero tras la pérdida de información y las premuras de la vida externa y sus exigencias, me propuse dejar una primera versión de toda mi obra terminada a finales del 2018 y eso incluía redactar un primer borrador sobre el caso Asunta, ya que había perdido las versiones anteriores.

El problema de este caso es fundamentalmente que nadie ha dado una narración coherente, cohesionada, que dé cuenta o que integre todas las aparentes incoherencias y contradicciones del caso en un solo relato.

El caso asunta se ha metido en la consciencia del pensamiento colectivo. Algo raro hay en él, que la mente colectiva ha captado, aunque no tenga la información suficiente para llegar a la verdad, y me temo que, como en el caso X, nunca la tendrá. Cuando algo hay latente, las mente colectiva se sugestiona y comienza a presionar a las mentes individuales para que se pongan a investigarlo.

Otra razón es la de encontrar una explicación a por qué unos padres de clase media pueden matar a una hija. Se ha roto el tabú de que no se pueda querer a un hijo, y un segundo tabú metido dentro de este, el de que quizás nunca se puede llegar a desarrollar un vínculo emocional hacia un hijo adoptado, y dentro de este, otro más, que es el de que los hijos que no se parecen a los padres son menos queridos, quizás a lo mejor, encontremos una explicación de Asunta por ser una niña diez, y responder a las expectativas de su familia, y así conseguir su beneplácito, dado que ahora sabemos su situación en realidad era muy débil, pendía de un hilo, y tuvo que sentirse en una inseguridad constante, al pensar que quién se iba a ocupar de ella si sus padres adoptivos la rechazaban.

El crimen de Asunta ha levantado este tabú y lo ha puesto delante de las narices de una sociedad que en principio se rige por los valores cívicos de Europa, que trata, como ideal, proteger la infancia lo máximo posible, aspirando a la felicidad de los niños europeos.

La madre de Asunta dijo que lo que le había pasado a ella y a su familia era una cuestión íntima. ¿Acaso puede existir un ejemplo mejor para ilustrar la sociología de la clase burguesa? El individualismo que pretende que los asuntos se resuelvan en privado, negando la dimensión social de las acciones que uno acomete, sin ya hablar de la dimensión cultural o espiritual de dicha afirmación.

Este libro está dedicado a tod@as l@s ciudadan@s que, al igual que yo, se sintieron atrapados por esta historia, y quisieron desentrañar su misterio, y se encontraron con los mismos obstáculos que yo, esto es, mucha información desviada, poca información real y certificada, y un sinfín de capas de interpretación, que hace del caso un enorme puzzle polidimensional.

Nos encomendamos al siglo XXII, y esperemos que los ciudadanos de ese tiempo futuro y utópico que está por llegar, sean capaces de llegar al núcleo oscuro de este asunto, cuando toda la información sea libre, y los ciudadanos tengan el derecho a investigar, resolver y juzgar crímenes a través de una justicia popular y electrónica.

Además, y como un último apunte, la historia de Asunta demuestra que los hijos, en el sistema capitalista y patriarcal y en la estructura del mal, se siguen tratando como si fueran una propiedad privada.

Detective Borg

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