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Se dice que la motivación de un crimen no es un elemento jurídicamente obligatorio para demostrar la culpabilidad de un sospechoso, es como una prueba que no cuenta, quizás porque al ser de naturaleza psicológica, es inmaterial, subjetiva, y por tanto, difícil de demostrar de forma empírica.

No obstante, nadie puede negar que es un elemento clave para convertir un crimen en una historia susceptible de ser narrada, porque la historia ordena los hechos de forma lineal, y en torno a causas y consecuencias, de tal forma que la motivación es aquello que nos hace comprender los hechos, el móvil es la causa y el crimen, su consecuencia.

Y la causa tiene, en este caso, unas palabras muy gruesas: odio e ira o ira y odio.

Sí, mucho odio y mucha ira, porque, aunque ya hemos tratado este asunto en el post llamado tres grados de separación, un tercer grado, es decir, la hipótesis del sicario preocupado por ‘la ocasión’, elegiría otra alternativa diferente al de ponerse hasta arriba de sangre, porque ¿a qué complicarse?

Es la motivación la que busca el medio y se funden simbólicamente, como en ‘la llama doble’ de Octavio Paz, móvil y medio, medio y móvil son las dos caras de una misma moneda.

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