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3.

Sala de terapia de Un Mundo Feliz

—Buenos días, señor Mac Cain, ¿se encuentra usted a gusto aquí?

—Sí, muy bien, gracias, doctora, aunque solo de momento, claro.

—Y bien, señor Mac Cain, cuénteme, ¿cuál diría usted que es su problema?

—Ya sabe, eso de… Ay qué ver, me da cierto reparo decírselo a usted, doctora.

—Señor Mac Cain, usted se encuentra en el complejo de estudios psico-siquiátricos de mayor prestigio en el mundo, nuestra profesionalidad es intacha…

—Pues las mujeres, el sexo.

—Continúe, por favor. Le escucho atentamente.

—Pues el caso es que creo que está afectando a la misión, señorita Eliza.

—¿Usted cree que tiene una misión de contenido sexual?

—¡No! No, no, no… Ja, ja, ja… No, doctora, no me entiende. Yo soy un soldado y en activo, que no le engañe mi edad, ¿sabe? Es usted joven, ¿verdad, doctora? Aunque no pueda verla, su voz suena joven.

—Centrémonos en su persona, si no es mucha molestia, señor Mac Cain. Veo en su expediente que es usted un soldado. ¿Dónde diría usted que se sitúa la fuente de su problema?

—En que no soy un soldado normal, sino que… y espero poder confiar en la confidencialidad de este prestigioso laboratorio…

—Puede usted confiar en mí, señor Mac Cain.

—Bien. Soy un espía. Un soldado diseñado para el espionaje. He sido dotado de altos niveles de percepción. Por ejemplo, tengo un campo visual extremadamente competente. ¡No hay nada que se me escape! ¡Ja, ja, ja!

—Prosiga, por favor.

—Pues eso, que esta debilidad entra siempre en conflicto con mis verdaderos objetivos. ¿Aún no me entiende? Verá usted, me han hecho hombre. ¡HOM-BRE! Heterosexual, y, cada vez que veo unas faldas, no entiendo cómo, pero, por muy claro que tenga el objetivo, lo que hay debajo de ellas consigue siempre desviar mi atención. Como a un tonto un lápiz. Por eso estoy aquí, para que usted me ayude a poder completar mi misión.

—Yo estoy aquí para ayudarle. Pero, dígame, ¿cuál es su misión?

—Doctora, eso, por supuesto, no se lo puedo revelar. Comprenda usted que es top secret. Tengo libertad para realizar todo aquello que sirva para mejorar mi rendimiento, pero no me pida que comprometa la misión e, incluso, su seguridad personal. Usted ocúpese de solucionar mis líos con las faldas…

—Estamos aquí para solucionar sus problemas. Continúe hablándome, por favor.

—Nada, pues que no entiendo a qué viene esta obsesión. Es que no hay ninguna que no me guste: las esculturales, las chiquititas y manejables, las de pechos como pelotas, las que los tienen como si fueran dos bomboncitos… Todas. Básica y fundamentalmente, me gustan todas. Altas, bajas, gordas, flacas, rubias, morenas, ¿sabe usted cuántas mujeres hay ahí fuera, por los pasillos, en el ascensor, en la calle, esperando para provocarme?

—La provocación solo está en su mente. Pero, no se preocupe, por eso mismo estoy yo aquí, señor Mac Cain, para que supere ese conflicto de manera natural, tal y como hacen los seres humanos que están en equilibrio.

—Ya, doctora Eliza, pero es que yo no soy un ser humano. Yo soy un cyborg.

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