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El buen detective es aquel que sabe de todo, debe leer, al menos, un libro a la semana, de todas las disciplinas, porque tarde o temprano, se va a encontrar lo que ya hemos mencionado en alguna ocasión, y que hemos denominado ‘los callejones sin salida’, ese punto muerto donde las pistas no conducen a otras, y con el que el investigador siente el mismo vértigo que el escritor con la página en blanco.

Y es también que, como el saber no ocupa lugar, (aunque esto ya sabemos que no es del todo así), es este conocimiento, global, humanístico y enciclopédico, lo que ayuda a progresar, a enriquecer los detalles de un crimen, concediéndoles significado y trascendencia.

Y, por ende, es gracias a esa semántica interpretada como se crea el puente hacia la otra pista, que muchas veces, es más por el enriquecimiento pragmático del investigador, que por la pista en sí.

El caso Asunta, es uno de los casos más enganchables de los últimos tiempos, y si lo es, aparte de por las incoherencias que impiden ‘su narratividad’, es porque hay algunos, llamémosles ‘detallitos’, que han trascendido a las masas, y que, como masa que somos porque por masa las elites nos toman, nos dejaron cuando menos la piel de gallina.

Y si fue así, es porque el receptor, el visualizador del crimen no sabía otorgarle un significado dentro de su marco mental de percepción, de tal forma que la cosa era percibida como si estuviera fuera de contexto, de lugar, un OPART, un elemento surrealista dentro de la realidad real, que hace de este crimen un suceso oscuro, incompresible, raro, raro, raro, como de decía aquel al que tú y yo sabemos que, por falta de méritos, no merece ni ser citado.

Y uno de estos detalles difíciles de digerir fueron las imágenes de Asunta medio dormida o atontada envuelta en ropa de cama, inmovilizada, con una mano peluda por debajo de la cintura.

¿Qué sentido tenía esta foto? ¿Por qué envolverla de esta forma? ¿Con qué finalidad?

En el juicio, Alfonso Basterra nos explicó que a Asunta le gustaba jugar a los faraones egipcios, y que a ella le gustaba enmomiarse, o, mejor dicho, que la enmomiaran, y que luego se le hacía fotos, y qué bien que lo pasemos y cómo lo bailemos. En resumen, lo que viene siendo una explicación que se zanja con un ‘sin más‘, un marcador del discurso de cierre, que viene a decirle al interlocutor que ‘no le busque tres pies al gato’.

Tuvo que venir Nieves Conconstrina, en su programa de Amanece que no es poco, en La Ventana de la cadena oficialista La Ser, a explicarnos cómo, en el pasado, cuando ‘maternar‘ a los niños era un lujo que muy pocas se podían permitir, y las que se lo podían permitir delegaban, paradójicamente en otras mujeres esta labor, las madres se enmadejaban a los niños, paralizándolos por completo, para que no se movieran, y pudieran ellas ocuparse de los cientos de quehaceres que llevaba el papel de madre, y así podían pasar horas, abandonados, hechos un ovillo, hasta que la madre estuviera en disposición de volver la atención sobre ellos.

Así era cómo Asunta era ovillada, como hacían tradicionalmente las mujeres de antiguo, una tradición de la que aún hay eco en los ambientes rurales, y que dios sabe qué y cómo pudiera haber llegado a los oídos de los progenitores de Asunta.

La madeja de Asunta no es fácil de hacer, requiere cierta disciplina, técnica y metodología, sobre todo porque Asunta ya no era un bebé, sino una pre-adolescente y, por mucho que a ella le gustara enmomiarse, alguien tenía que hacer ese trabajo.

Por las fotos que han llegado al ciudadano común sabemos que la enmadejaron en más de una ocasión, y que ella mira a cámara seria, si emitir una sonrisa, pero sin posar tampoco, creyéndose su papel de momia faraónica, ¿sabía ella para quién era la foto? ¿Quién era el que iba a mirarla al otro lado?

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