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Ni corto ni perezoso, el capitán subió a la montaña más alta del planeta y divisó una cadena de figuras geométricas.

—¡Manos a la obra! —se dijo.

Y sin pensarlo mucho, un poco a lo loco, el capitán curioso comenzó a bordear los cuatro lados de un cuadrado, y, de ahí, resbaló por los tres lados de un triángulo, hasta caer sobre uno de los lados más cortos de uno de los rectángulos.

Una vez allí, se puso de pie y comenzó a escalar los cinco lados de un pentágono hasta que pudo saltar, de vértice en vértice, por un hexágono.

Finalmente, cuando llegó a un gran círculo que allí había, se puso a dar vueltas y más vueltas en torno a él sin encontrar el final.

Agotado, se sentó a pensar apoyando los brazos en las rodillas y la cabeza en las manos.

De pronto, el capitán vio cómo una línea se iba iluminando bajo sus pies, dividiendo el círculo en dos mitades.

Esta línea es el diámetro, se dijo para sí, mientras se subía a ella y recorría el radio del diámetro, que alcanzaba hasta el centro del círculo.

Al llegar allí, se encontró con un enorme compás. El capitán Miguel levantó la cabeza para ver cuán alto era y, en la cúspide, pudo divisar un pequeño árbol.

Sin dudarlo un momento, agarró sus cuerdas y comenzó a escalarlo como si trepara por una palmera.

Cuando alcanzó la cima, observó que del árbol colgaba un minúsculo cartelito. Sacó sus gafas de cerca y leyó: “cerrado por vacaciones”. Sin poder ocultar su decepción, golpeó suavemente al árbol. Una flor se abrió disgustada.

—¡Pero, hombre, pero qué escándalo es este! ¡Qué maneras tan poco delicadas! ¿Es que no sabe usted leer?

El capitán Miguel se excusó obsequiándola con su sonrisa más apuesta:

—Disculpe usted, bella flor, es que soy de fuera y, tal vez, no pueda volver aquí hasta el siguiente milenio; y es una verdadera lástima, porque es tan maravilloso lo que me han contado de sus frutos que sería muy triste no poder llevarle unos cuantos al bajel turístico de los niños del sol. No me quiero ni imaginar sus caras de desilusión cuando me vean llegar sin…

La flor frunció el ceño con sus pétalos sin llegar a creerse demasiado la historia.

Al ver su incredulidad, el capitán decidió rectificar y ser sincero. Al fin y al cabo, pensó, la dignidad era lo que nos hacía ser libres, y, por nada del mundo, iba él a renunciar a su libertad, y, mucho menos, por la receta de “garbanzos con bananas”.

Mientras tanto, la flor del tabuenomubueno atendía pensativa a sus razones.

—Está bien, hay veces en que la verdad requiere valentía, y, además, para qué negarlo, tienes una sonrisa muy apuesta.

Dicho esto, la flor se hizo fruto y calló maduro sobre las manos del capitán.

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