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–Don Miguel Ángel, don Miguel Ángel, ¿tendría usted la cortesía de tener un momento?

–Sí, claro, ¿cómo estás, José?

–Pues tirando, ya sabe, la vida es mucha lucha, cuatro niños a tirar pa’lante, aquí no pagan bien, en fin, la cosa está mu mala. Mi hermano ha perdido su casa y se han tenido que venir su familia y él a vivir conmigo. Si ya lo están diciendo todo el día en la tele, vienen tiempos mu negros para nosotros los pobres.

–Eso dicen ellos.

–Don Miguel, yo quería agradecerle que haya usted saldado mi deuda con el banco.

–La deuda era artificial. No fue muy difícil saldarla, ya que, en realidad, no existía.

–Si no fuera por usted no podría acoger a mi familia ahora en mi casa. De hecho, estoy pensando en usar parte de la casa en un lugar de acogida para la gente de mi comunidad a la que le haya pasado lo mismo. ¿Cómo podré agradecerle lo que ha hecho usted por mí en todos los sentidos?

–¿Tendrías la amabilidad de pasar conmigo a este cuarto?

–¿A dónde va usted, don Miguel? No, don Miguel, por ahí no se meta que se va a buscar un problema y, de paso, me lo va a buscar a mí.

–Acompáñame, ven conmigo, nadie nos va a pillar.

–Bueno, ya estamos aquí. Vámonos ya, que en este despacho no hay nada que ver, y hay diminutos por todas partes. ¡Eh! Oiga, ¿por qué se desnuda?

–Porque desnudos se explica mejor la igualdad. Yo opino que no es necesario usar formas de tratamiento como don, doctor, señor. No hay ninguna diferencia entre tú y yo, los dos somos hijos de la naturaleza. Yo no soy más que tú. Tú y yo somos hombres.

–Le entiendo, don Miguel, pero usted es alguien o tiene pinta de haberlo sido al menos, y yo seré toda mi vida un don nadie. Aunque desnudos tengamos la misma piel, cuando nos vistamos y usted se vuelva a poner ese traje, volveremos a ser diferentes.

–Yo no soy mejor que tú por llevar este traje.

–No, de verdad, don Miguel Ángel, estoy aquí porque me siento en deuda con usted. Me ha salvado de la desgracia que están viviendo ahora miles de personas. De verdad, llevo tiempo pensando en decirle esto, hemos compartido muy buenos ratos, le quiero agradecer, pero no sé cómo.

–Está bien, quiero organizar una fiesta para el cumpleaños de Valeria.

–¿Valeria?¿La chavala que habla sola? No se…

–El próximo viernes 13, un espectáculo de magia.

–Pues claro.

–Será en el Panteón, en el hall.

–¿En el hall? A la señorita Daisy no le va a gustar, pero, por usted, ¡cuente conmigo! Aunque no irá usted a romper nada, ¿verdad?

–No, sólo le voy a prender fuego.

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