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–Muy buenos días, Mac Cain, dígame, ¿cómo le va?

–Perfecto, no me podría haber ido mejor. Acabo de tener una clase de meditación con el profesor… no me acuerdo ahora del nombre, en fin, bueno, de verdad, te lo recomiendo, Eliza, yo me he quedado completamente traspuesto, estoy muy contento de lo que he visto.

–¿Y qué has visto?

–He tenido una ensoñación. Como un sueño, pero, en lugar de estar dormido, estaba meditando.

–Háblame de tu sueño.

–No, déjalo es muy largo.

–Los sueños dicen muchas cosas de nosotros mismos, nos ayudan a conocernos mejor, si interpretamos correctamente lo que nos están diciendo.

–Ya, el problema es la interpretación. De todas formas, los sueños no solo nos hablan de nosotros mismos, los sueños nos dicen cosas misteriosas. Lo que se ve en lo sueños puede proceder de un tiempo vivido, de un tiempo pasado en el que nosotros todavía no existíamos o de un tiempo futuro, en el que podemos existir o no. Nuestro subconsciente capta, a velocidades muy rápidas, información que viaja procediendo de todas partes. Créeme, Eliza, te lo digo yo, que lo experimento en carne propia.

–Antes has dicho que has tenido una ensoñación. ¿Te gustaría hablar de ella hoy en la consulta?

–Si me lo pides con esa voz tan dulce, no me puedo negar. Eres una seductora, Eliza.

–Señor Mac Cain, le pido, por favor, que se centre en lo que nos ocupa.

–Querida Eliza, he visto en un reportaje que el hijo de Dante contó que su padre se le había aparecido en un sueño diciéndole dónde estaba el canto 45 de La Divina Comedia. ¿De dónde venía esa información en el caso de que esta anécdota sea cierta? No soy el primero que se pregunta por este tipo de cuestiones, tengo una amiga que lleva muchos años pensando en esta cuestión, ella me dijo hace poco que desde pequeña.

–Continúa, por favor, con tu ensoñación. Realmente, esto muy interesada en ella. –Sí, sí, claro. Veras (…), y yo muevo la cara y abro la boca, mi cerebro comienza a iluminarse, estoy teniendo un orgasmo mental.

–Usted estaba teniendo un orgasmo mental.

–No. Yo no soy el protagonista de la ensoñación. La estoy viendo desde fuera. Este personaje que aparece soy yo, es cierto, pero yo estoy observando todas estas imágenes que mi mente está pasando desde fuera, como un espectador. En el tiempo de la ensoñación tengo 35 años y no soy soldado. Mi profesión es comer-coños. Soy un cyborg que se gana así la vida.

–¿Has terminado ya?

–No, eso es solo el comienzo, aunque seré breve. Cuando termino el trabajo, me reúno con mis compañeros para tomar unas cervezas en un bar y seguir fumando. Todos somos cyborgs, todos tenemos disfunciones sexuales y todos somos iguales, esto es, todos somos el soldado MacCain, todos somos clones y desconocemos quién de nosotros es el original. Pertenecemos a una partida de cyborgs defectuosos por cuyas redes neuronales circula información propia de los humanos. Los malditos ingenieros nos diseñaron como a Ken, el novio de la Barbie, los muy gilipollas pensaron que la cantidad de información sexual en el cerebro de los humanos era despreciable. Putos frikis de mierda, los mataría a todos, como ellos no follan, pues se creen que… Esto es lo que pensábamos una y otra vez desde el Kalifornia’s Dreaming una vez que nos diagnosticaron inútiles para la profesión militar y nos dejaron sueltos por ahí, a nuestro libre albedrío. El sexo se convirtió, por tanto, en nuestra obsesión preferida y trabajábamos todos en el Kalifornia’s y nos la pasábamos día y noche bebiendo, fumando y comiendo coños. Así pasaron cinco años sin ningún cambio aparente. Hasta que un día, cansados ya de este tipo de vida, aunque sin dejar de estar salidos, nuestra parte de soldado comenzó a apoderarse de nosotros con mucha fuerza. Pensamos, entonces, en un plan. Trabajaríamos de informadores, autónomos, por nuestra cuenta, y nos pasaríamos la información entre nosotros, para ir adquiriendo cada vez más poder. Al cabo de unos meses, los gobiernos comenzaron a pagarnos con el dinero de los fondos reservados. A partir de aquí, dejamos de reunirnos en el Kalifornia’s y demás clubes como antes. Ahora, cuando nos veíamos, compartíamos la información en lugares ultra secretos. Un día, a uno de nosotros, se le ocurrió, levantar un bulo para tantear nuestro poder de información y sus consecuencias reales. Tan solo cinco días después murieron doscientas mil personas. Esta labor comenzó a volverse extremadamente interesante. Se nos subió a la cabeza la idea de que éramos superiores a la raza humana y que, por tanto, estábamos autorizados moralmente a utilizarla para nuestro propio beneficio, como habían hecho los humanos a lo largo de su existencia con otras razas animales. Así pues, puesto que sexo era lo único que ellos podían tener y nosotros no, acordamos convertirlos en nuestros esclavos sexuales. Tan solo tres años nos llevó dominar a la raza humana, que, por la fuerza, se había especializado en la actividad de la prostitución. Todos los humanos ahora se dedicaban a eso, esto es, a proporcionarle sexo a las máquinas generando grandes volúmenes de información sexual para que nos pudiéramos satisfacer. Si queríamos ver follando a dos humanos en el aire, los tirábamos desde un avión, si follaban los salvábamos, de lo contrario, morían. Y así con todo. Todo esto que te estoy contando lo he visualizado mientras meditaba. Mi única explicación es que, según la teoría de una amiga mía, debe de ser información del futuro que me llega por vía inconsciente al presente para advertirle a los seres humanos de que no hagan más robots como yo, que con que tengan uno ya es suficiente. ¿Me harás ese favor, Eliza? ¿Los advertirás?

–¿Advertirlos de qué exactamente, señor Mac Cain?

–De qué va a ser, Eliza, de que los humanos no dan la talla, les pones dos letras más y están perdidos.