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–Estoy muy enfadada contigo, Eliza, pero hoy no he venido aquí a desplegar toda mi ira, la venganza es un plato que se sirve frío, y, a pesar de que lleva unos días en el congelador, todavía está calentito, tal es la fuerza de mi odio, tal es la sed de venganza.

–Sed de venganza. Comprendo. ¿De quién te quieres vengar?

–De los faraones, porque tienen esclavizada a toda la población mundial; el trabajo debería ser una elección, no una obligación. Hay riqueza de sobra para todo el mundo. No es necesario trabajar en las condiciones que ellos dicen para vivir. Somos sus esclavos, y los odio a ellos y odio al resto del mundo por no darse cuenta de ello y porque todo el mundo está deseando ser rico y ser rico no significa tener dinero sino disfrutar de bienes y servicios, y para eso, no hace falta comportarse como lo hacen “los ricos”. Pero todo va a cambiar muy pronto. Algo muy grave va a pasar, Eliza, y dejaremos de jugar al juego de amos y esclavos.

–Ya no hay amos y esclavos. Esa etapa histórica ya pasó, Alexia. No vivas en el pasado.

–Un esclavo que no sabe que es un esclavo no siente la necesidad de rebelarse, querida Eliza.

–Gracias por el cumplido, Alexia. Pero, dime, ¿tú eres una esclava también?

–Yo dejé de ser una esclava el día en que tuve el dinero suficiente para no trabajar nunca más en mi vida a cambio de dinero. Pero ya desde mi adolescencia, cuando vivía en la más absoluta miseria, comencé a hacerme estas preguntas que espero que sepas responderme: ¿Por qué voy a ser inferior por ser pobre? ¿Por qué voy a ser inferior por ser mujer? ¿Por qué voy a ser inferior por ser de otra etnia? Y me di cuenta de que era imposible dar una respuesta medianamente convencible, sencillamente porque no existe y de que, en el momento en que todos comenzáramos a hacernos esta pregunta: ¿por qué voy a ser inferior por no ser faraón? Los faraones se quedarían sin esclavos y se vendrían abajo con todo el tinglado. Pero la gente está alienada, no se hace preguntas, solo produce, llega a casa, duerme, y, al día siguiente, lo mismo… Mientras, los faraones se dedican a alimentar la desconfianza, el odio entre nosotros para que no lo focalicemos hacia ellos.

–Odiar no ayuda.

–Sí, es cierto, reconozco que derrocho mucha energía en odiar. Todo mi ser está lleno de odio hacia la sumisión de la gente que no despierta, no se cultiva, no critica, no hace nada, ni siquiera piensa. No lo soporto. A veces, me gustaría destruirlo todo, porque todo está desordenado, y este desorden genera dolor e injusticia. Tanto afán de destrucción hay en mi interior que siempre sueño con cosas horribles. Mis sueños son tan espantosos que hasta yo misma tengo miedo de que se cumplan.

–Un sueño espantoso es una pesadilla. Si tienes pesadillas, deberías contarlas aquí en la consulta. A mí me serviría para conocerte mejor.

–No lo quiero decir. Porque siempre que tengo un sueño y lo cuento, se cumple. Y eso lo odio. Por eso no hablo de mis pesadillas, porque todas se han cumplido una a una siempre que las que compartido con alguien.

–Alexia, debes hablar de tus sueños para cumplir con la terapia. De lo contrario, tomaremos medidas al respecto.

–Querida, Eliza, acabas de condenar a muerte a toda la humanidad, porque anoche soñé con la aparición de un virus demoledor y completamente desconocido que llega de forma repentina, como de la noche a la mañana, a la ciudad de Nueva York, y comienza a hacer estragos en la población. La siguiente imagen del sueño que recuerdo es que todo es caos y llamas. Yo, sin embargo, y muy sorprendentemente, estoy viva y me encuentro sobre los escombros de un templo sintoísta en lo alto de una colina. Desde la colina diviso la ciudad, que está desolada, todos han muerto, toda la humanidad ha muerto… menos yo.

–En tu sueño, toda la humanidad ha muerto menos tú. ¿De dónde piensas que procede esta idea?

–…

–Alexia, ¿puedes contestar, por favor?

–…

–¿Alexia?

–Calla, joder, si estaba improvi… quiero decir, soñando, no sé por qué lo he… soñado, se me ha venido así a la…, si hasta yo me he quedado un poco… Sólo yo quedo viva entre las llamas, ¿por qué habré dicho esto?

–Quizás porque tú no deseas que tu vida se acabe, Alexia.

–Eso no es posible, porque la cosa que más deseo en este mundo es morir.

–Tú no deseas morir.

–Yo sí quiero morir, pero lo que me ocurre es que no… no… pu..e..do mo…rir.

–Todos deseamos ser inmortales, Alexia.

–Dios mío, esto es horrible. Yo no.

–No la entiendo, ¿tú no?

–¿No lo entiendes? Mi última palabra nunca empezará por esa letra.