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–Toc, toc.

–¿Se te ha olvidado esto?

–Brains and Machines, no es mío. ¿Con quién estabas? Pensaba que no tenías amigos aquí en Nueva York.

–Nada es para siempre.

–Eso me han dicho. Ahora ya en serio, ¿con quién estabas?

–Con un amigo, ya te lo he dicho.

–Pues muy bien, ¿no? Ya veo que, desde que no nos vemos, han cambiado tus prioridades.

–Yo sigo siendo el mismo de siempre.

–Ah, ¿sí? A ver, déjame que lo compruebe. Anda, este chándal es nuevo. Si ahora quisiera chupártela, solo tendría que arrodillarme, deslizar el pantalón y meterme en la boca ese regalito que el señor te ha dado.

–Ya sabes que soy muy católico, no me gusta que se nombre a Dios en contextos sexuales.

–Venga, no te hagas el conservador, que aquí todos sabemos que puedes ser un chico muy pero que muy malo.

–Margaret, tenemos que hablar.

–¿Hablar? ¿Ahora que estoy a punto de enseñarte una nueva técnica oriental de succión?

–Por favor, levántate si no te importa. Prefiero que hablemos vestidos.

–Pero, ¿qué pasa? ¿Por qué estás tan serio? No lo entiendo. Todas las parejas discuten y luego se vuelven a juntar. Olvida lo del otro día, tiempo enfadados, tiempo perdido. ¿Por qué vamos a discutir cuando podemos estar en la cama tan calentitos haciendo cucharita?

– Eso ya no va a pasar nunca más. Margaret, quiero dejarlo.

–¿Dejarlo? ¿El qué?

–La relación. Quiero que nos separemos.

–No seas insolente. Nosotros no tenemos ninguna relación. No puedes dejar lo que nunca te has comprometido a conservar. Un respeto, por favor. Además, ¿tú? ¿Dejarme tú a mí? Mira, a ver si te queda claro, niño de papá contrariado que juega a ser muy hombre y a quitarse el trauma del hijo único, todavía no ha nacido el hombre que me deje a mí. Yo he dejado a todos los hombres que me han amado, yo soy la que siempre me canso, ¿no me digas que ahora te quieres hacer el listo haciendo que me dejas como medida de presión para que te pida perdón?

–Te estás equivocando mucho.

–Está bien. Perdóname. Hala, ya lo has oído. Lo siento, no debería haber herido tu orgullo el otro día. Me porté mal y lo admito. ¿Podemos volver ahora a estar tan felices como siempre?

–Lo siento, Margaret, de verdad. Pero, en esta vida, nada es para siempre. Te lo he dicho antes. Nada dura, por eso los recuerdos son tan importantes.

–Pero, pero, ¿tú qué te has creído? ¿Cómo te atreves a venir aquí a abandonarme con argumentos de filosofía de un dólar la hora?

–Te pido perdón. En una relación también sufre el que deja. Yo te he querido mucho, y espero que te acuerdes de ello, pero no lo bastante como para que no puedas conocer a otra persona. Debes superarlo.

–¿Qué? ¿Que yo te he querido? ¿Superarlo? Tú eres gilipollas. Te advierto: vas a pagar bien cara esta decisión. Si piensas que puedes jugar conmigo estás muy equivocado. Y por cierto, no voy a parar hasta que no sepa quién es ella. De momento, ya sé que trabaja en Un Mundo Feliz.

–Esas son figuraciones tuyas.

–De nuevo piensas que te has caído antes del guindo a pesar de ser un orgulloso yogurcito. Tíos como tú los hay a patadas. Le doy un puntapié a una piedra y salen mil. ¿Adónde piensas llegar sin mí? ¿Crees que es fácil escalar sin padrino en el mundo de la investigación? Nadie lo consigue.

–Yo no soy un prostituto.

–Ya lo creo que sí. Tú te vendes más barato que cualquier prostituta de la décima avenida. Créeme, tú eres un vendido, un trepa, está en tu naturaleza, no vas a cambiar nunca, por mucho que lo intentes. Eres un cínico sin remedio. Te deseo mucha suerte porque a partir de ahora, tanto tú como ella, la vais a necesitar.

–Yo…

–¡BLAM!