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–Buenas noches, Islanovska, gracias por tu puntualidad.

–No es necesario que te levantes, yo me puedo sentar sola, gracias.

–Pensaba que en tu cultura los hombres tienen que expresar su caballerosidad a través de estos detalles.

–Ya, bueno, el profesor Martin me ha dicho que querías hablar conmigo de un asunto laboral.

–Martin, qué perro viejo. Te he traído un regalo.

–¿A mí? ¿Por qué?

–Porque te lo mereces. Además, ¿no es lo que se supone que se hace en las culturas machistas donde el hombre agasaja a la mujer con regalos?

–Lo siento, pero no puedo aceptarlo.

–Ya lo creo que sí puedes. Ábrelo.

–Mira, es que…

–No sabes qué decir. Te sientes desconcertada. Tenías otras expectativas de este encuentro, ¿verdad? No te preocupes, no eres la única a la que las expectativas le decepcionan. Ábrelo, por favor, fumemos la pipa de la paz.

–Está bien. (…) Pero… ¿Esto? ¿Esto qué es?

–Es un kit de la virginidad. Es el último grito entre las mujeres musulmanas. Las ventas en el mundo árabe se han disparado. De hecho, en algunos países ya están pensando en ilegalizarlo. Claro, que en el tuyo no, porque como antiguamente era comunista… He pensado que, si vuelves algún día a tu país, te podría servir para ayudarte a que ningún hombre de tu entorno social te rechace por no ser virgen.

–Tengo que irme.

–¿Dónde vas tan rápido? Ven aquí.

–Suéltame te he dicho.

–¿Acaso te he ofendido? Está bien. Te pido perdón. No fue mi intención herir tus sentimientos. Martin no para de decirme lo buena que eres en la cama. Simplemente quería ayudarte, ya que sé que la virginidad para vosotros es una posesión, un bien preciado que intercambiáis como un trueque en el matrimonio.

–¿Mujeres musulmanas? ¿Martin? ¿Virginidad? Por favor, suéltame debo irme ahora mismo. No puedo estar aquí más tiempo.

–Pero no lloooores, ohhh, pobreciiiita. Cuánto lo siento. Soy un bruto. Ya lo decía mi madre.

–Si no me sueltas gritaré.

–Te suelto con una condición.

–¿Cuál?

–Que no te vayas.

–Pero, ¿qué quieres de mí? Martin me dijo que me ibas a ofrecer un trabajo importante, ¿qué te he hecho yo para que me trates así?

–¿Sabes, Islanovska? Tú y yo somos iguales. Los dos vivíamos equivocados en la percepción del mundo que teníamos. Esperábamos que el mundo fuera como nosotros creíamos que debía ser. Somos esclavos de nuestras expectativas. He pedido una botella de champán. Estás temblando. ¿O es que no bebes alcohol?

–¿A quién más le ha dicho Martin que se acuesta conmigo? Eso es absolutamente falso.

–Eso no lo sé. Pero, lo que es a mí, no para de repetírmelo. Pensaba que los musulmanes no podíais beber alcohol, en tu ambiente tiene que estar muy mal visto una mujer borracha. No bebas tan seguido, Islanovska, te va a sentar mal.

–¿Te quieres callar ya con tus mierdas de estereotipo sobre mi país y mi cultura? Pero tú, tú, TÚ ¿quién te has creído que eres? No eres más que un puto niñato que juega a ser pijo conservador, que va de chulito, de sobrao por la vida, y lo único que te ocurre es que no sabes ya ni qué hacer para llamar la atención de tu padre y buscar su reconocimiento. Tu padre cambió un panorama científico con solo 22 años. Tú tienes 25 y mucho máster y mucho Bushtown pero ya no podrás ser como él. Nunca lo superarás, por eso te has vuelto todo lo contrario a él, para evitar que la gente te compare. Pero lo hacen, ya lo creo que lo hacen, y tú lo sabes, y sabes también lo que piensan. Eres un niñato, un relamido al que la gente utiliza y explota al igual que lo pueden haber hecho conmigo en algún momento. Y si no, dime para qué crees que te quiere Margaret. Créeme, yo soy mujer, sé lo que significa estar sin que nadie te acaricie mucho tiempo, incluso toda la vida, no me puedo imaginar lo que tiene que significar llegar a los cincuenta sola. Con mucho prestigio, pero sola, y con hombres ya viejos, barrigudos, calvos, divorciados y con hijos. Ella lo único que quiere es un hombre que se la folle pero que no le interrumpa su vida de mujer importante. ¿Este es vuestro feminismo? ¿Hacer que las mujeres imiten a los hombres convirtiéndolos en seres humanos de usar y tirar? Y tú, pero qué patético eres, acostándote con una cincuentona, que te dobla literalmente hablando la edad. Venga, por favor, pero, ¿acaso se te ha pasado por la cabeza que la puedes satisfacer? Esas mujeres quieren que les den duro, tú eres un aniñado, que seguro que ni sabe dónde está el punto G ni cómo provocar una eyaculación vaginal. Métete tu kit de la virginidad por el culo, vete a todas las mierdas. Y, ahora, o me sueltas o te juro que cojo el cuchillo y te lo clavo donde primero pille.

–¿A todas las mierdas? Será a la mierda.

–Lo que sea.

–JA JA JA JA Ja Ja ja…gr gua guaa guaaaa… Vete si quieres. Tienes razón, soy un mierda. Debería dejar que me matasen. Vete, por favor, no quiero que me veas llorar.

[…]

–He dicho que te vayas, ¿por qué has vuelto?

–¿Por qué lloras?

–Hoy me he enterado de que me quieren asesinar.

–¿Qué? Pero… ¿qué dices? ¿Por qué? ¿Quién va a querer matarte a ti? ¿Cómo se te ha metido esa idea en la cabeza?

–Uno de los cisnes negros, Miguel Ángel, me lo advirtió, y esta tarde he comprobado que decía la verdad. Lo peor de todo esto es lo que te decía antes, siento un vacío infinito en el cuerpo. Todo el mundo en el que creía se ha esfumado. Todo era mentira. Los buenos ahora son los malos. ¿Y sabes qué es lo que más rabia me da? Que mi padre tenía razón, guag guag gua… Soy un puto niñato guaguaaaa.

–Ven aquí. Dame un abrazo.

–No quiero tu piedad.

–No es mi piedad. Estas muy nervioso y asustado. Una vez leí en un estudio que cuando un hombre está derrotado, refugiarse en el seno de una mujer le crea una sensación de confort, alivio y protección.

–¿Podemos probarlo? Te juro que no es mi intención, pero es que yo me siento muy mal, no sé cómo zafarme de esta emoción tan negra que siento en estos momentos.

–Eeeeh, ¿en mi pecho, dices?

–Solo si tú quieres.

–Bueno, vale.

[…]

–¿Qué tal?

–Si ningún ánimo de nada, tienes un pecho muy blandito, y se está muy calentito aquí.

–¿Los señores saben ya lo que van a pedir?

–La cuenta por favor.

–Está bien, ahora se la traigo.

–Perdona, Islanovska, pero en estos momentos solo quiero ir a casa, hacerme un ovillo y llorar. Yo sé que no es muy masculino, pensarás que soy un débil pero, como comprenderás, a estas alturas, no me importa ya lo que la gente piense de mí.

–No creo que sea una buena idea que estés solo. ¿No tienes aquí amigos?

–Perdí todos mis amigos. Entre Margaret y el doctorado no tenía tiempo para nadie más. Ni siquiera para mi familia. Espera, yo abro la puerta. Ya veo que has cogido el kit.

–Qué tonto eres… jajaja… Bueno, como va de confesiones la noche, quiero decirte que soy virgen, o sea que regálaselo a otra, porque yo no lo necesito.

–Genial. Por favor, vente a mi casa, podemos consolarnos juntos. Ya sabes lo que dice el refrán, mal de muchos… Anda, venga, como dos amigos, con lo que me has dicho, no va a pasar nada, no quiero asumir esa responsabilidad.

–…

–Islanovska, por favor, estaba tan bien abrazado a ti… Me sentía como cuando era niño y mi madre me tenía en sus brazos acariciándome el pelo hasta que me dormía.

–Está bien, voy, pero no te acariciaré el pelo.

–Gracias, gracias. ¡Taxi!

[…]

–¿Esta es tu casa? No me la imaginaba así.

–¿Y cómo te la imaginabas?

–Pija.

–Es solo una imagen para contradecir a mi padre. Cuando llego aquí, me ducho y me pongo un chándal. Tengo muchos. ¿Quieres uno para ti? Me encanta estar en chándal por la casa, es una horterada, pero es como si me refugiara en ellos. Si quieres, nos podemos poner los chándales, pedir comida y ver una peli, ¿vale?

–¿No te importa que me ponga tu ropa?

–Ahora voy a por uno, no te vayas, ¿eh?

(…)

–Qué bien estoy aquí, Islanosvka, tirado en el sofá, en silencio, abrazado a tu pecho, después de una ducha, un chándal, cenar y una película. Me siento como en una burbuja de calor, hacía tiempo que no me sentía tan tranquilo, tan reposado. No me acuerdo de nada. Me gustaría estar aquí siempre. El mundo es feo allá fuera, ¿tú estás bien así? Te incomoda la postura.

–No. Yo estoy muy a gusto también.

–¿Quieres que cambiemos de postura? Ahora te puedo yo proteger a ti, cambio de roles.

–No, no te preocupes.

–Creo que me voy a quedar dormido, estoy muy relajado.

–Duérmete si quieres, yo también tengo sueño.

–Podemos irnos a la cama, allí se está más calentito.

–…

–¿Quieres un pijama? Aunque no tengo, en realidad. Tendría que ser una camiseta. El chándal es muy incómodo para dormir, ya lo he probado. ¿Te importa que yo duerma en gayumbos? Es que ya me he acostumbrado a hacerlo así.

–Yo mejor me duermo en el sofá.

–Pero noooo, aquí cabemos los dos perfectamente, no va a pasar nada, te voy a respetar, ya te he dicho que no quiero asumir esa responsabilidad.

–Está bien. Pero ahora me abrazas tú a mí.

–Perfecto.

–¿Te has fijado en que nuestros cuerpos encajan perfectamente?

–Es verdad, qué curioso.

–¿Tienes sueño?

–No, se me ha quitado un poco.

–A mí también.

–¿Y qué hacemos?

–Pues hablar.

–Vale.

–O también podemos hacernos caricitas, como hacía yo con mis hermanos cuando éramos pequeños para dormirnos.

–Islanovska, ¿tú cuántos hermanos tienes?

–Cinco, ¿y tú?

–Yo soy hijo único.

–Ahhhh.

–Vale, me pido el último.

–Anda qué listo. El último es el que se duerme antes. Está bien. Empieza tú.

–Tienes una piel muy suave.

–¿Porque tengo 30 años? Lo siento ha sido una broma.

–Jajá, qué graciosa. No te preocupes, estoy como drogado, todo me da igual, floto en una pompa de jabón.

–Yo tampoco quiero pensar en nada.

–Si te quitas la camiseta, puedo hacerte mejor las caricias por zonas no eróticas, por supuesto.

–Está bien. Pero creo que todo el cuerpo es erótico. El sexo está en la mente.

–No estoy de acuerdo. Hagamos una prueba. Te voy a tocar en dos zonas y me dices si hay diferencia o no. Cierra los ojos.

–Pero si está oscuro.

–Ya, pero ciérralos igual, así lo sientes más.

–Bueno, vale.

–¿Ves? ¿Has notado la diferencia?

–Es cierto. Los pezones son más sensibles que otro tipo de piel.

–¿Quieres seguir jugando hasta que nos entre el sueño?

–Bueno, pero ahora yo quiero probar una cosa, ¿puedo confiar en ti?

–Después de hoy, tú eres la única persona en la que confío.

–Me refiero a si no vas a decir nada.

–¿Y tú? ¿Vas a decir algo de lo que hoy ha pasado?

–No.

–Yo, tampoco.

–No estoy segura, ¿y si me estás engañando?

–Pues entonces nos dormimos abrazados hasta mañana si dios quiere.

–Ok. Lo voy a hacer.

–Pero ¿el qué? ¿A qué tanto misterio?

–Cierra los ojos y túmbate boca arriba y abre las piernas como si fueras una rana. ¿Bien? ¿Estás listo? Voy a empezar el experimento, no hables ni digas nada hasta que termine, ni tampoco abras los ojos.

–Está bieeeen, como quieras.

–¿Ya? ¿Preparado?

–¿Tienes los ojos cerrados?

–Que síiiiii.

–Bueno, pues empiezo.

[…]

–¿Qué tal? ¿Te ha gustado?

–…

–¿Hola? ¿Iujuuuuu? ¿Hay alguien ahí?

–Sí, sí, estoy aquí. Lo siento, no puedo hablar, estoy en el séptimo cielo. Pero, ¿tú no eras virgen?

–Sí, pero he leído mucho, una de las primeras frases del Corán es lee.

–Nunca había tenido un orgasmo del punto G. Esto es la cuarta dimensión, te lo juro. Dios mío, desvirgado por una virgen, este es el día más surrealista de todos los que he vivido y viviré jamás. Estoy seguro. No lo olvidaré nunca. Tantos años estudiando, viviendo experiencias de pacotilla, emociones de pacotilla, y ahora me siento vivo, vivo de verdad. Hoy he tenido una experiencia que mimar día y noche en el recuerdo para que nunca se diluya en el tiempo.

–Gracias, gracias. Ahora me toca a mí.

–¿Puedo?

–Sí.

–No, si al final el regalo va a servir para algo…

–Jajajajaa, cállate tonto…

–Ya me callo. Dame un beso, llevo queriéndote besar desde que te conocí, pero me negaba una y otra vez a reconocerlo.