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–Ave María Purísima.

–Sin pecado concebida.

–Perdóname, padre, porque he pecado.

–Cuéntame, hijo, ¿qué es lo que ensucia tu alma?

–He ofendido a Dios, padre. He tomado el pan que nos da cada día y lo he vuelto del revés, lo he cortado en sus extremos y, luego, he trazado en el centro un doble corte en forma de cruz. Finalmente, lo he tirado a la basura, sin besarlo después.

–El pan es un alimento sagrado. Dime, hijo, ¿por qué has hecho eso?

–Porque estoy lleno de odio, padre.

–El odio, como toda energía, cuánto más se cultiva, más grande es su poder. ¿Cómo puede tu iglesia ayudarte a cortar este proceso e introducirte en el camino del amor?

–Gracias, padre. No esperaba menos.

–Y, ahora, hijo, háblame de la causa de tu odio.

–Sí, padre.

–Noto que es tu primera vez aquí, ¿por qué has elegido esta humilde morada para apagar esa rabia que te destroza por dentro?

–Dios está en todas partes, hasta los faraones son sus siervos.

–Alabado seas, hijo. Y ahora, hijo, continúa, ¿a cuál de los nueve círculos del infierno has decidido mandar la causa de tu tormento?

–Al último, padre.

–Sin duda, hijo, esa causa debe de merecerse toda la ira de Dios.

–No lo dude, padre. Esa causa ha sembrado el odio entre los pastores y los ha puesto en mi contra y en contra de los míos. No es digna de la grandeza del cielo.

–Hijo, sabrás que la naturaleza de tu acción te impedirá la entrada al reino de los cielos. ¿Tienes idea del número de indulgencias que la iglesia necesitará para mediar con Dios por tus pecados?

–Jesucristo dijo: Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios. El dinero no es problema siempre que mi iglesia sea capaz de eliminar mis tormentos.

–No puedo hacer otra cosa que celebrar con estas palabras tu arrepentimiento: Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado. Así fue cómo el padre perdonó a su hijo, y celebró su vuelta y el abandono de su vida de pecador. Dentro de unas semanas, tu vida de pecador habrá terminado, las indulgencias te ayudarán a que Dios se llene de gozo, ya que habrá recuperado una oveja que se había perdido y que era igual de valiosa que las demás. Y dime, hijo, el barquero que cruza la Laguna Estigia necesita saber quién va a acompañarle esta vez.

–Noam Wittgenstein, hijo de George Wittgenstein.

–…

–¿Padre?

–Hijo, le pido disculpas por interrumpir el rito sagrado de la confesión. Dios reclama mis servicios y debo ausentarme un minuto. Por favor, no te apartes de aquí hasta que no te traslade mi bendición; de lo contrario, tu acto de arrepentimiento no tendrá valor.

–No se preocupe, padre, vaya a atender sus obligaciones, yo le espero aquí.

–De acuerdo, hijo mío, no se mueva de su asiento.

–Así lo haré, padre.

[…]

–Margaret, estoy tremendamente ofendido, ¿cómo te atreves a cuestionar mi profesionalidad? El asunto de Noam Wittgenstein estaba resuelto, ¿por qué vuelves a ejecutar tus órdenes? Esto es demasiado serio como para repetir las órdenes ad infinitum para evaluar si se han cumplido o no.

–Los hombres, como siempre, echando la culpa a las mujeres de todos vuestros putos errores. Vuelve y asegúrate bien de que le ves la cara a ese cabrón. Vamos a ver qué está pasando aquí. Como hayas metido la pata, te juro que lo vas a lamentar.

–Ahora te llamo.

[…]

–Está bien, hijo, ¿por dónde íbamos?

–…

–¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Maldita sea.

[…]

–¿Sí?

–…

–No, Margaret, ha sido un malentendido sin importancia. Disculpa por la llamada, no hay nada de qué preocuparse. Todo sigue igual. Ya sabes, en la viña del señor tiene que haber de todo, aunque la manera de llamarlo a veces se parezca.

–…

–Sí, estoy seguro. He entendido yo mal.

–…

–Sí, ya lo sé, tengo que ir a verlo, este sonotone hace tiempo que me da problemas. Seguiré tus consejos, Margaret. Yo soy un hombre de la vieja escuela, ¿alguna vez he fallado?

–…

–Nos vemos, Margaret. Y perdón de nuevo. Me siento muy arrepentido por todo lo que ha pasado.