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–Querido Noam Wittgenstein, ¿qué tal estás?

–Hola, doctor Martin, perdón por el retraso. Nunca había venido aquí.

–Ah, sí, claro. Pues es el restaurante de la universidad de New York. Aquí hay un campo de tiro.

–Sí, ya lo he visto con el coche al llegar. Dígame, profesor Martin, ¿y por qué no hemos quedado en Un Mundo Feliz?

–De tú, hombre, de tú. Verás, ya sabes que la normativa dice que solo se puede hablar de estos temas en la zona blanca o bien a más de 50 kilómetros.

–Ya. La información viaja.

–Sí, efectivamente viaja.

–¿Cuánto tiempo tardaría lo que aquí vamos a decir en llegar a las personas de las que vamos a hablar si no hay nada aquí que reproduzca nuestras palabras? En el momento en que los sonidos de las palabras se apagan, ¿desaparece esa onda en el universo?

–Ahora entiendo que seas hijo de quien eres. Y es una pena que odies tanto a la campesina, porque en su obra se dan algunos apuntes sobre qué pasa con esa energía, por ejemplo, con los sonidos de las palabras, las conversaciones, cuando dejan de escucharse.

–No sé quién me cae peor, si Islanovska o esa otra mujer.

–¿Odio a las mujeres, doctor Wittgenstein? ¿Detecto misoginia en sus palabras?

–Y tú, Martin, ¿no las odias?

–Las dos me gustan, son bellas. Me gusta rodearme de mujeres bellas e inteligentes. ¿Por qué elegir si se puede tener todo?

–Precisamente, porque son inteligentes, hay que tener cuidado. Por ejemplo, considero que Islanovska se excede en sus funciones y en el poder que ella cree tener.

–Es normal, dejemos que viva su sueño, su ilusión, ella piensa que el techo está más cerca de lo que realmente está, pobrecita mía, qué ingenua es. Es el clásico perfil sociológico del investigador inmigrante, aquí ganan un poco más que en sus respectivos países, que son un auténtico desastre y, a cambio, nos ofrecen un gran rendimiento intelectual, implicación y responsabilidad. Ellos están contentos porque han llegado a una posición digna, y nosotros estamos contentos porque ni siquiera se plantean la posibilidad de dónde podrían haber llegado si conocieran realmente el funcionamiento real del sistema. Esa posibilidad, como digo, no está en sus cabezas, ergo, no existe. Además, querido Noam, si no está en sus cabezas, menos va a estar en la mía o en la de los que están por encima, jojojojo. Yo, como comprenderás, como todo hijo de vecino, quiero seguir estando donde estoy, no puedo dejar que nadie me sobrepase. El mundo es salvaje, esta frase me encanta, seguramente me la oirás más de una vez, porque es que es verídica, tal cual. Pero, para zanjar el tema, no hay de qué preocuparse, es lo que te digo, que tienen un techo, el suyo propio, el que ellos sueñan.

–¿Y cuál es el tuyo?

–Mi techo es un poco más bajo que el tuyo. Yo tengo un buen conocimiento del nivel A, el B sabemos que no es interesante, y del nivel C.

–Y, deduzco por su mirada, que le gustaría saber más del D.

–Deduces mejor que un lince. De hecho, estoy bastante intrigado en saber algunas cosas que desde mi nivel no tienen explicación. Por ejemplo, ¿qué hace ese supuesto cyborg aquí hablando con Eliza?

–A veces me pregunto qué habrá detrás del nivel D. ¿Existirá un nivel E? Eso nunca lo sabremos, a no ser que alguien pronuncie esa información, se guarde en el universo en algún formato y, luego, viaje hacia nosotros para que podamos percibirla.

–Sí. Definitivamente, la chamaquita era muy inteligente.

–¿Era? Si todavía no se ha suicidado, ¿no, doctor Martin?

–Pero está a punto. Ejem. Sí, de esto quería hablarte. Mira. Ya sé que no tengo poder suficiente para oponerme a las directrices del nivel D, pero los pacientes se están poniendo muy pesaditos con lo de internet. Quiero decir, se niegan a hablar o hablan en otras lenguas, y ante eso nosotros no podemos hacer nada. Luego vosotros nos pedís los informes y yo no tengo datos que mostrar, y no es mi problema que yo no haga mi trabajo, es que el nivel D ha prohibido internet, y no sé por qué causas, con lo que no puedo hacer que Eliza diga otra cosa más que no tienes derecho a internet y está en el contrato.

–Pues inventaros algo.

–Ya. Mira, doctor Wittgenstein, ¿no hay ninguna posibilidad de que haya internet?

–Lo consultaré con el grupo.

–Yo te advierto de que hay que empezar a aplicarle otro tipo de políticas a estos pacientes, porque se están empezando a cansar y, si lo hacen, no es por lo que está pasando en mi nivel. El otro día Valeria se puso como una loca, nos destrozó la mitad del mobiliario de la sala de terapias. Además, está claro que ya están tramando algo.

–¿Y eso cómo lo sabes? ¿En qué te basas?

–Bueno, los diminutos les han registrado juntos ya en algunas ocasiones. Además, la prueba irrefutable es que todos quieren internet, es obvio que han hablado y se han puesto de acuerdo.

–Es obvio que han hablado. El pensamiento colectivo, ¿le suena usted de algo?

–Sí, claro, cuando se origina una idea nueva en la mente de alguien, ya es más fácil que vuelva a surgir en la mente de otra persona. Puro pattern matching independiente de las fronteras del espacio-tiempo del mundo físico. Un ejemplo de ello es el comportamiento de las innovaciones en comunidades de monos muy separadas entre sí, cuando una comunidad descubre algo, como, por ejemplo, lavar el plátano en la playa, los del otro lado de la isla, lo hacen también. Y no hay constancia de la comunicación entre estos dos grupos.

–Efectivamente. Dime una cosa, Martin. ¿Piensas que están realmente locos?

–De eso no me cabe la menor duda. Al único al que creo es al cyborg. No sé por qué, pero ese perro viejo no está aquí por casualidad.

–¿Qué te parecería si yo le diera otro marco desde el cual interpretar esos datos?

–¿Y puedo preguntar que a cambio de qué, doctor Wittgenstein?

–Necesito más poder en el nivel C. Quiero continuar haciendo Mago de Oz con todos los pacientes, no solo con Alexia y, al menos, tres veces por cada paciente. Necesitamos más información.

–¿Información? ¿De qué tipo que no pueda sacarla Eliza?

–Tardaríamos menos con Mago de OZ, créeme.

–Ya, pero no puedo hacer eso, va contra las normas de mi proyecto de investigación.

–Sí, pero sus normas están supeditadas a nuestras normas. Jerarquía, estructura de poder, te suena, ¿no?

–Yo soy el jefe de mi laboratorio, tengo que decirle algo a mis chicos.

–Algo que no necesariamente tiene que ser la verdad. Vamos, hombre, señor Martin, por favor, a los becarios nadie les cuenta nunca nada. ¿Islanovska? Tú antes lo has dicho, déjala que sueñe dentro de su ilusión de viva el mundo de la investigación, qué entregada soy a mi profesión, y por eso no he acabado limpiado wáteres en el Mac Ronalds donde ahora me compro las hamburguesas. Dime, Martin, ¿qué clase de favores ha hecho Islanovska para llegar allí? ¿No habrás sido malo y te habrás aprovechado de esa devota admiración que te profesa? Ese cuerpo joven, bello y tan mal gozado por doce horas de trabajo en el laboratorio al día. Apuesto a que es la típica mujer de treinta, soltera, y sin posibilidad de que su vida no sea otra cosa que el trabajo, que se enamora de su jefe porque le admira y no tiene otros estímulos en su vida en donde proyectar sus ganas de amar.

–Has acertado. Eres muy listo, Wittgenstein.

–Y, ¿qué tal es en la cama? ¿Es cierto que las conservadoras se entregan del todo cuando están enamoradas? ¿Se quita el velo cuando lo hacéis?

–Un caballero no tiene memoria.

–Pero siempre repite. ¿Qué hay de nuestro trato, señor Martin?

–¿Qué tipo de información me ofreces?

–Te ofrezco una copia de los cinco informes en su estado inicial.

–¿Antes de comenzar el proyecto del nivel D?

–Sí, los cinco expedientes tal y como llegaron a Un Mundo Feliz.

–¿Nada de lo que habéis descubierto hasta el momento?

–Sólo si tienes algo a cambio que darme.

–¿Además del Mago de Oz?

–Sí. Además.

–¿El qué?

–Consígueme una cita con Islanovska.

–Eso está hecho.