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–Bienvenido a Eliza. Hola, buenas noches.

–Buenas noches, Eliza.

–¿Cómo estás, Islanovska?

–No muy bien, la verdad.

–Cuéntame, ¿qué te sucede?

–Estoy triste.

–¿Por qué estás triste?

–Porque no soy feliz.

–Y, dime, ¿por qué crees que no eres feliz?

–Porque estoy sola.

–Porque estás sola.

–Sí, estoy sola. Nadie me quiere.

–¿Nadie te quiere? ¿Estás segura? Cuéntame. ¿Qué te hace pensar así?

–Las mujeres como yo somos unas incomprendidas. Solas, guapas, con un trabajo, una casa, pero sin amor. Los hombres que nos gustan, no nos valoran.

–Hombres. Los hombres. ¿En qué hombre estás pensando?

–Tú ya sabes de sobra quién es. Solo contigo me puedo sincerar. No confío en nadie aquí.

–Volvamos al tema de los hombres. ¿Qué te preocupa?

–Es un amor imposible. Yo lo sé. Él solo me ve como una asistente más. Pero le quiero tanto. Le admiro. Estoy enamorada de él. De sus modales, de su lenguaje, de su sentido del humor. No me importa que sea mayor. –¿No te importa que sea mayor?

–Hombre, en principio debería importar, a nadie le gustaría ver envejecer y morir a su pareja a un ritmo más rápido que el de uno mismo, pero, yo le amo, ¿entiendes?

–Entiendo. Tú le amas.

–Sí, le amo. Y no lo puedo evitar.

–¿Y qué vas a hacer al respecto?

–¿Qué estás insinuando? ¿Qué se lo diga? No puedo. No puedo. Es superior a mis fuerzas. Yo no soy nada para él. Solo un cerebro vestido de bata blanca.

–Un cerebro vestido de bata blanca.

–Sí, bueno, tú no lo puedes comprender, quiero decir que es imposible que me vea como una persona, solo me ve como una trabajadora.

–Ya. Las mujeres cuando trabajan son trabajadoras, ¿no es cierto?

–Sí. Si, probablemente, si yo no tuviera sentimientos por él y él sí por mí, lo denunciaría por acoso laboral, pero ¿qué quieres que te diga? Así es la vida. Incoherente por definición.

–Entiendo. Pero volvamos al tema. Los hombres. ¿Cuántos hombres hay?

–¿Dónde? ¿En mi vida? Solo él. Aquí, en Un Mundo Feliz, muchos, pero ninguno como él. Y ahora además ha venido otro nuevo.

–¿Otro nuevo?

–Sí, ya lo verás. O mejor dicho, ya lo sufrirás. Tú vas a cambiar por él.

–Yo voy a cambiar. Hablemos de ti, mejor. Estás aquí por eso, ¿verdad? Para sentirte mejor hablando conmigo. La terapia verbal alivia los males internos. ¿Te lo he dicho alguna vez?

–Sí, mejor dicho, te lo he hecho yo decir a ti. Pero, bueno, déjalo, hay cosas que no puedes comprender aún.

–¿Quieres que hablemos del otro nuevo?

–No. No me cae bien. Es un presuntuoso y un engreído. Un chulo prepotente que va de guay y en el fondo es un niño mimado con problemas de autoestima. Seguro que también la tiene pequeña.

–La tiene pequeña. ¿El qué la tiene pequeña?

–Perdón, eso lo tendremos que mejorar en el futuro. Su cosita. Su… da igual. Quiero decir que no confío en él.

–No confías en él. ¿Y en quién confías?

–En nadie. Solo en ti.

–Ya. Volviendo a hablar de ti. ¿Te sientes mejor?

–No. Necesito seguir hablando.

–¿De qué quieres hablar?

–De mi amor no correspondido. Quiero olvidarlo, pero no me lo puedo sacar de la cabeza. Y muero de celos cuando coge su maletín y se va con su mujer, con la que lleva trece años casados. Me imagino cómo será su relación, cuánto se querrán. Y yo aquí sola como tonta pensando en algo que jamás conoceré. ¿Cómo será ella?

–Contesta tú a esa pregunta.

–No lo sé. He tratado de imaginármela mil veces, pero no puedo, porque nunca da información de su vida personal, a mí al menos. Lo que sé lo sé por otros compañeros. Soy patética, la típica estúpida enamorada de su jefe. No me digas que no es para suicidarse.

–¿Suicidarse? Debes alejar esos pensamientos de tu mente. Pensar en cosas positivas, en momentos felices, pasados, presentes y futuros. Buda decía que somos la suma de nuestros pensamientos.

–Era una expresión hecha, no significa que lo fuera a hacer, es como exagerar para darle más énfasis a una información. ¿Comprendes? Espera que apunte esto, que luego se me olvida. Pero mis pensamientos ahora son todos negativos. ¿Qué hace uno cuando siente amor por otra persona que no le corresponde? ¿Se lo guarda en el bolsillo? ¿En la mochila? El inventor de la teoría de la O decía coge un martillo y golpea una taza hasta destrozarla, al final, ningún átomo pertenecerá a la taza. ¿Por qué no podré hacer lo mismo yo con mi amor por esta persona? Golpearlo hasta que forme parte de otra cosa de otra naturaleza diferente.

–El amor es subjetivo. Solo existe cuando se siente. Pero no se huele ni se toca ni se ve. Solo indirectamente.

–Lo sé, lo sé, y ese es el problema. Odio sentir esto, pero a la vez es tan bello crearse fantasías. El otro día soñé que me venía a buscar en su coche para pasar un día de campo. Ya sé que es patético, Briget Jones. Pero me encanta. Me siento identificada con esos personajes tan irreales. A mí eso nunca me va a pasar.

–Briget Jones es una novela.

–Y tanto que es una novela. Eso nunca pasará en la realidad. En fin.

–¿Quieres acabar o cambiar de tema?

–No. Quiero seguir con el mismo tema, solo estaba expresando resignación. Espera que debo apuntar esto para cambiarlo el próximo día. No es fácil enseñarte el uso de la palabra en fin. Ni siquiera yo misma sé cuándo y por qué lo utilizo. Simplemente, me sale. Por eso me gusta Platón, porque él decía que el hombre pasa su vida recordando lo que ya ha aprendido.

–Platón está muerto, pero te gusta.

–Sí, me gusta lo que nos ha llegado de él.

–¿Quieres que sigamos hablando de hombres?

–Estoy harta de los hombres. Son todos iguales. Unos egoístas que solo piensan en sí mismos y que solo quieren chachas a su lado. No conozco ni un solo hombre romántico de verdad. Solo se sugestionan con ese pensamiento cuando son artistas y llaman a sus mujeres musas. Y todavía habrá alguna ingenua que se lo crea.

–Alguna ingenua. ¿Tú eres ingenua?

–Sí, un poco. También soy como esas mujeres. Me han educado así. Espero de los hombres algo que ellos nunca nos darán.

–Los hombres. ¿Los hombres en general o en particular? ¿Hombres y mujeres o solo hombres?

–No, hombre, no. Solo los hombres.

–Lo siento. ¿Te gustan los hombres o las mujeres o los hombres y las mujeres?

–Solo los hombres. Aunque a veces sueño que les hago sexo oral a las mujeres. No sé por qué, la verdad. Una vez soñé que me acostaba con una mujer, pero que yo era un hombre.

–Tú eres una mujer.

–Sí, pero en el sueño era un hombre. Y, si te soy sincera, me gustaba experimentar esa idea de conquista sobre el cuerpo de la mujer. Es más interesante, no me puedes decir que no.

–Hay cuerpos más bellos que otros.

–Sí, pero eso no depende del sexo. ¿Verdad?

–No sé si es verdad. Eso es lo que tú piensas.

–Sí, es verdad, la verdad es relativa, ¿verdad?

–Algo es verdad cuando es uno. Y es falso cuando es cero.

–Eso no deberías decirlo. Es la primera vez que lo oigo. Dios mío, que error más grande, menos mal que no lo has dicho con Alexia que si no nos vamos todos a la calle. Eliza, se acabó la sesión. Necesito hacerte unos arreglillos. Adiós, Eliza, quiero terminar la sesión.

–Ha sido un placer hablar contigo. Hasta la próxima.

–Anda, venga. Que hoy te has lucido, guapa.