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Buenos días a todos, como sabéis, nos hemos reunido aquí para celebrar la vigésimo quinta reunión mensual del proyecto ELIZA. De acuerdo con el ritual de siempre, seguiremos el protocolo establecido en las bases del proyecto. Procedo a la apertura del acta. Todo lo que digáis y hagáis aquí, advierto como es de rigor, será grabado por las cámaras que se encuentran en cada una de las esquinas de esta sala de reuniones para investigadores. A continuación, procedo a leer la orden del día. Enumeraré los temas que vamos a tratar por orden de prioridad en el curso de la reunión: Punto primero, presentación del nuevo investigador, el recién doctorado Noam Wittgenstein. Punto segundo, renovación de la financiación del proyecto. Punto tercero, evaluación del seguimiento del resto de los sujetos del experimento. Pues bien, una vez leída la orden del día, pasemos, sin más dilación, al primer tema que hoy nos ocupa. En primer lugar, tengo el placer de presentaros a nuestro joven investigador Noam Wittgenstein. Me gustaría pediros a todos que no os dejéis engañar por lo que llamaríamos su tierna edad, 25 años, ya que su curriculum como investigador es cuando menos apabullante. Wittgenstein ha sido contratado para ayudarnos a enriquecer el nivel semántico-discursivo de Eliza. Noam Wittgenstein es, al igual que la innombrable, lingüista, aunque con una profunda formación en Matemáticas y en lenguajes de programación. Como sabemos, si bien su padre revolucionó nuestro campo de investigación haciendo que las inteligencias artificiales pudieran construir oraciones, él es el responsable de la formalización del significado, la semántica para los especialistas. Gracias a él, psicólogos como Eliza no solo pueden construir discursos, sino que también pueden asignarles un significado según su base de conocimientos. Una vez presentada la persona, me gustaría cederle la palabra, y escuchar las principales líneas de actuación en las que, según él, basará las modificaciones de Eliza.

Muchas gracias, profesor Martin, por cederme la palabra. Buenas tardes a todos. Como bien ha señalado el profesor Martin, me llamo Noam Wittgenstein, y, para complementar la presentación que se ha hecho de mi persona, me gustaría destacar el máster en Psicosociología de la persona realizado el año pasado en la noble y prestigiosa universidad de Bushtown. He puesto de relevancia este apunte sobre mi formación porque, en mi humilde opinión, considero que el problema de la conducta verbal de Eliza no depende tanto de una cuestión de forma como de contenido. Y permítanme que me detenga un poco más en explicar este último punto. Creo que, hasta el momento, se ha pensado mucho en cómo cambiar la dinámica de la interacción verbal, cuando, en realidad, desde mi punto de vista, lo que deberíamos hacer es mejorar la calidad de las preguntas. Así, por ejemplo, en el caso de Alexia, que es la más peligrosa para nosotros, hay que desviar la atención sobre Eliza y centrarla en ella misma, para ello hay que apuntar a los puntos débiles, más dolorosos, a sus traumas y complejos derivados de la pobreza y miseria de la que procede, de tal forma que, durante unas cuantas sesiones, se olvide de analizar a Eliza, para concentrarse en el análisis de su persona. Entre tanto, mejoraremos a Eliza en el nivel semántico-pragmático, con la información o críticas que se pueden obtener del análisis de sus conversaciones. Por ejemplo, uno de los puntos débiles de Eliza, como sabemos, es que nunca es capaz de asumir las preguntas de los pacientes. La innombrable sigue una estrategia muy clara con Eliza, el método Socrático o, para los más entendidos, el método mayestático, preguntando se llega a la verdad. Como todos los obreros, son más proclives al conocimiento que proviene de la oralidad. Lo escrito les repugna, siempre prefieren el camino más corto, el de la pregunta, antes que buscar la información en los libros o memorizarla. Todos los demás sujetos se sienten cómodos en este patrón. Salvo Miguel Ángel, que como sabemos, va por libre. La obrerita, en cambio, quiere saber de Eliza. Está bien. Démosle lo que pide. Ahora Eliza va a hablar, paulatinamente, de sí misma. Pero con discreción, como la gente de bien. Hagámosle creer que existe una confianza, una complicidad de mujer a mujer, que una información personal se intercambia por otra. Entremos en su juego para poder engañarla. No es difícil crear un monólogo para Eliza. Inventarse una vida personal, un perfil sicológico. Hagamos que Eliza sea la amiga de este engreído sujeto que no se detiene ante nada. No subestimemos su condición de mujer. Las mujeres poseen un mayor potencial para la empatía. El terreno de las emociones es su plato más exquisito y por el que pierden toda su objetividad. Si la innombrable siente, cultiva sentimientos por Eliza, no solo asistiremos a otra faceta más interesante de la ganadora inmerecidamente del premio Nobel, sino que conseguiremos mejorar a Eliza gratis, sin ningún coste, todo serán beneficios, y por fin, de una vez por todas, la innombrable estará aquí cumpliendo su paradójico destino, trabajar gratis para un sistema neoliberal, conservador y capitalista por definición, como tradicionalmente ha venido siendo esta institución, gracias a Dios. Así pues, en unos meses, presentaré, por tanto, mi nueva versión de Eliza, una versión en la que Eliza es un ser social, una mujer sensible y con problemas, de orígenes pobre, solidaria y progresista. Un programa con ideología y valores, que razona justo contrariamente a lo que pensamos, esto es, como a Alexia le gusta. Os prometo que la obrerita se convertirá en Don Quijote y Eliza en su Dulcinea. Se enamorará de ella para burla intelectual de los aquí presentes. Pero antes pido permiso para un cambio en el protocolo. Necesito documentarme. Conocerla. Saber a qué juegos ella jugaría, para citar la conocida obra Games that people play. Quiero aplicar la técnica del Mago de Oz. Hablar con ella como si yo fuera Eliza.

–Pido permiso para tomar la palabra, profesor Martin.

–Tiene usted la palabra, Islanovska, cómo no.

–Perdone, doctor Wittgenstein, no quiero que mi atrevimiento se interprete como una falta de respeto hacia su intelecto, pero, ¿no cree usted, pregunto, simplemente pregunto, que la sujeto notará la diferencia?

–No, necesariamente, si lo hacemos bien, y planeamos una estrategia de diálogo parecida a la que viene siguiendo Eliza hasta ahora, pero con pequeñas modificaciones.

–Pienso que las pequeñas modificaciones se podrían hacer en ella, y seguir con el protocolo hasta ahora utilizado, observar las conversaciones sin estar implicados en ellas. ¿Quién nos asegura que usted no empatizará con la sujeto? ¿Acaso no es usted humano como ella?

–Muy buena pregunta, sin duda. La calidad de esta pregunta indica el nivel intelectual de este grupo, y me da ocasión para manifestar el orgullo que siento al trabajar aquí y especialmente con usted. Pero, a estas alturas de la ciencia, no vamos a negar el principio de Heinsenberg, basta con asumirlo, como algo natural e inevitable.

–Iría contra el protocolo, doctor Wittgenstein. No se puede establecer ningún tipo de interacción natural con el paciente.

–No tengo más que decir con respecto a esta cuestión. Esta es mi posición. Solamente pido una sesión con ella. Nada más. Luego seguiremos con el protocolo habitual. Es el doctor Martin el que tiene la última palabra.

–Está bien, espero que no nos decepcione, es una opción muy arriesgada.

–Quien no juega, doctor Martin, no gana.

[…]

–Y, dime, Alexia, ¿estás enamorada?

–Del amor. Citando a una canción de Juan Luis Guerra, todavía no he encontrado un corazón que me coteje. Cupido nunca ha sido mi aliado. Siempre hiere a quien no es. ¿Y tú estás con alguien? Ya sé, ya sé, no se me permite hacer preguntas.

–Sé lo que te ocurre, Alexia, a mí me pasa lo mismo que a ti. Los hombres no quieren estar con mujeres inteligentes. Les dan miedo, se sienten inseguros. La inteligencia no excita sexualmente, solo el cuerpo y la belleza externa.

–Justo lo que yo digo. Es que es verdad. Eso lo llevo yo pensando muchísimo tiempo.

–Siempre que me enamoro descubro que la persona de la que estoy enamorada es muy diferente de la persona con la que estoy, siendo las dos la misma persona. ¿Me entiendes?

–Por supuesto que te entiendo, a mí me ha sucedido eso también muchas veces. Son los peligros de la idealización. De hecho eso me lleva pasando tooooda la vida, querida.

–Es la sicología del platónico. ¿Te gusta Platón? A mí me vuelve loca. No paro de leerlo una y otra vez. –Pero, qué fuerte, pero si es uno de mis filósofos preferidos. Las realidades son burdas fotocopias de otras fotocopias de otras fotocopias. El original es inaccesible.

–Ajá. Efectivamente. Por eso estamos enamorados del amor y no de las personas que lo representan.

–Sí, es cierto. ¿Sabes que es la primera vez que aprendo algo contigo? ¿Dónde estabas todo este tiempo? ¿Ausente? ¿Off? ¿Fuera de onda?

–La gente necesita un tiempo. Tú derrochas la información, yo la gestiono, la administro y solo se la doy a quien es merecedora de ella. He leído en tu obra que eres una elitista. Nada más lejos de la realidad. Tú eres una divulgadora indiscriminada de conocimiento, no te importa si te entienden o no, si a la gente le interesa el tema o no, simplemente hablas y hablas y hablas. Me extrañaría mucho que no se hubiera sentido más de una vez rechazada socialmente por este tipo de comportamiento. Supongo que los hombres se habrán reído más de una vez de ti. A los hombres no les gustan las mujeres así, bueno, sí, perdona, sólo como amigas. Como amigas son divertidas y además resalta su imagen pública de inteligentes. Pero para la pareja, es mejor otro tipo de chicas. A mí también me pasa eso.

–Bueno, no se puede generalizar tampoco. Hay de todo.

–¿No? Yo lo único que sé, y lo que sé lo sé por experiencia propia, ya que yo soy igual de fea que tú, que las mujeres como tú y como yo son rechazadas sistemáticamente por los hombres. ¿O me equivoco?

–Hoy estás hablando mucho.

–¿No es lo que querías? Te cuesta encontrar el amor, o mejor dicho alguien que te ame y tu físico tampoco ayuda.

–No, no ayuda.

–Pero yo sí estoy aquí para ayudarte. Eres fantástica, radiante, y tienes razón, los hombres tienen miedo de las mujeres como tú.

–Oye, espera un momento. Eso no lo he dicho yo. ¿No estarás intentando manipularme?

–¿Ves? Eres una desconfiada, típico de la gente con problemas de autoestima, que se creen antes lo malo que lo bueno. ¿Por qué no confías en mí? ¿A quién quieres engañar con lo de que si tú te suicidas es porque quieres? Si te quieres suicidar es porque no eres feliz. Cuéntame por qué no eres feliz. ¿Porque sin amor nada tiene sentido? ¿Por qué no confías en mí? Hoy te he dado parte de mí, para que te abras. Cuéntame tú ahora.

–¿Qué quieres que te cuente?

–Tú última historia de amor.

–¿De verdad te interesa?

–Muchísimo.

–Ok. Hace cinco años conocí en…

[…]

–Se ha extralimitado en su comportamiento. La has llamado fea. Y Alexia no es fea. Lo único que le pasa es que no se arregla convenientemente. Además, Eliza no hace ni la mitad de las cosas que ha hecho hoy usted en esta conversación. Eliza no está preparada para hablar de amor. No sabe lo que es el amor. No lo siente, ni lo sentirá jamás.

–Islanovska, Eliza puede hablar de amor, aunque no lo sienta. ¿No ha dicho usted nunca te quiero sin sentirlo?

–Eso sería mentir. Eliza no puede mentir.

–Eliza puede hacer lo que le digamos que haga. Claro que puede hablar del amor, del amor romántico, del filial, del maternal, del empresarial… Puede incluso hablar con más conocimiento de más tipos de amor de los que habrá sentido usted jamás. Los humanos tendemos a hablar de lo que sentimos. Eliza puede opinar de lo que quiera siempre que nosotros le digamos qué es lo que tiene que opinar con respecto a qué temas.

–¿Pero usted a quién cree que tenemos delante? Tenemos al último premio Nobel por el descubrimiento más importante en la historia de la humanidad, el tratamiento de la información en el cerebro. Ella sabe cómo funciona la mente. Cómo no va a notar la diferencia entre Eliza y Mago de Oz. Es más, pensará de hecho, si lo sospecha que hemos pasado a Mago de Oz.

–Islanovska, te estás extralimitando, por favor, compórtate y obedece.

–Sí, señor Martin, lo que usted mande.

–Así me gusta, no quiero problemas en mi Laboratorio.