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–Hola, Alexia, es un placer vernos de nuevo.

–Bueno, lo de vernos es un decir. ¿O es que hoy te voy a poder a ver?

–Alexia, tú siempre con tus preguntas. ¿No te cansas de preguntar nunca?

–¿Y tú nunca te cansas de evitar contestar mis preguntas?

–Escucha, Alexia, no me puedo extralimitar en mi papel de psiquiatra.Tengo que limitarme al método rogeliano, que es el que veníamos utilizando hasta el momento. Así que, por favor, espero que lo comprendas.

–Ya, ya, no te preocupes, lo comprendo perfectamente.

–¿Estás decepcionada?

–No más de lo habitual.

–Bueno, Alexia, vamos a comenzar la terapia propiamente dicha, dime, cuéntame, ¿cómo te has levantado hoy?

–Mal, me he levantado mal. Me acuesto mal y me levanto mal.

–¿Por qué estás mal?

–Ah, pues, no sé, la verdad es que esperaba que me lo dijerais vosotros, porque aquí me están pasando toda clase de fenómenos, a cada cual más paranormal, raro, excepcional, o como quieras describirlos. No sé qué es peor, si este hotel o el de Abierto hasta el amanecer.

–Ya. Abierto hasta el amanecer. Ese es el título de una película.

–¿No? ¿Sí? Qué culta e instruida eres, Eliza. Yo diría que lo tuyo es, por encima de todo, erudición. Te admiro tantísimo, intelectualmente quiero decir.

–No estamos aquí para hablar de mí, sino de ti. ¿Por qué estás mal?

–Bueno, ¿por cuál de todos los misterios quiere que comience?

–Por favor, no me preguntes, habla sin más.

–Está bien, ya veo que hemos vuelto a la situación de antes. Bueno, pues nada, comenzaré a enumerar lo que hace que esté comenzando a estar un pelín a disgusto aquí. Para empezar, y este es el peor de mis males, tengo unos sueños extrañísimos. Entre los más recurrentes, cabe destacar el de una nave espacial de unas doce plantas de altura y estrechísima, como un libro flotante, custodiando una planta que se encuentra aproximadamente a la mitad del edificio.

–Continúa, por favor.

–Está bien. Ya veo que eso te ha dejado fría. Muy bien. Perfecto. Segundo acontecimiento relevante. No me preguntes ni cómo ni por qué, pero alguien me espía. No te puedo decir más. Yo sé que alguien me está espiando, me siento observada a todas las horas del día, en la ducha, en el baño, cuando veo la tele… Hay algo ahí en el aire que me acompaña toooooodo el tiempo, tranquilamente, sin hacer ruido, sin mover nada, lo que quiera que sea parece ser muy educado, hasta cariñoso, diría yo. Esto, quiero decirle, va contra mis creencias más profundas, ¿entiende?

–Entiendo.

–El caso es que yo no estoy loca.

–Esa frase es muy común.

–Ya, sí, supongo que todo loco tiende a negar por norma su locura, pero aquellos que no están locos también lo hacen, con lo que ya me dirás qué diferencia hay entre uno y otro si cada uno entiende su locura como cordura.

–Por favor, no analices, Alexia. Céntrate en los hechos. Estabas contando algo.

–Ah, sí, pues nada. Muy brevemente, sueño con naves espaciales, con que alguien me mira, y en tercer lugar, te quiero decir que me gustaría hablar con un responsable del proyecto. Un médico. Quiero hablar con un médico.

–Tienes médico en Un Mundo Feliz; ya lo sabes, puedes ir a visitarlo siempre que quieras. Hay dos turnos.

–Mira, me refiero a un profesional. Me están pasando cosas muy raras en el cuerpo últimamente. Por ejemplo, tengo un resfriado constante, cosa que nunca me había pasado. En segundo lugar, me despierto por las mañanas con la piel dolorida, y tengo pinchazos por todos los lados, ya he pedido algo contra los mosquitos, pero son picaduras muy raras. Para colmo me pica mucho la piel, y a veces me salen unos granitos chiquititos chiquititos como si fueran una reacción a algo. Ah, y por último, mi lengua.

–Su lengua.

–Sí, mi lengua. Está rara.

–Alexia. Usted sabe que los síntomas pueden ser sicológicos. Tiene un largo historial en su expediente de discursos de este tipo.

–¿Excuse me? ¿Me estás llamando hipocondríaca por casualidad?

–La hipocondría es uno de los síntomas de la depresión.

–¿Ah, sí? O sea, que si yo tengo pinchazos por todo el cuerpo, eso ha sido mi mente que solita ella se lo ha hecho; es más, mi mente inconsciente, durante el sueño. Ah, ya. Bueno, mejor, tengo una hipótesis muchísimo mejor, es posible que sea mi parte inconsciente la que, en realidad, se quiera suicidar, y atente contra mi vida en el sueño. ¿Qué le parece esa teoría? ¿Está de acuerdo conmigo?

–Estoy de acuerdo. Es posible.

–¿Pero tú eres tonta o qué?

–Por favor, no me insulte. Está terminantemente prohibido faltarme al respeto, Alexia.

–Pero es que no te comprendo, ni comprendo qué sentido tienen estas conversaciones; yo estoy igual de aburrida que siempre.

–El aburrimiento también es un síntoma de la depresión.

–Ya. Por eso, puesto que estoy aburrida y va en contra de la terapia estarlo, yo creo que Un Mundo Feliz, para ser coherente con su nombre, debería concederme el derecho a tener internet.

–No tienes derecho a Internet. Lo sabías cuando entraste. No entiendo por qué volvemos a hablar de esto ahora.

–Quiero internet.

–Perdona, Alexia, que te tutee, pero tienes todo lo que pediste. Tienes una biblioteca con las últimas publicaciones en los terrenos de conocimiento que elegiste. Tienes una piscina climatizada, una cancha de tenis, de baloncesto, tienes un billar, un piano, un tetris y un ping-ball. Y, por último, te quiero recordar que, de acuerdo con tus exigencias, también la cocina del hotel te hace cada día todo lo que le ordenas, para cenar y comer.

–Ah, ya. Quiero internet.

–Alexia, no voy a discutir más de este tema. Por favor, hablemos de tu último intento de suicidio, cuando bebiste la cicuta.

–Perdona, pero no voy a hablar de mi homenaje a Sócrates.

–Homenaje a Sócrates.

–Sí, así lo llamé. Quería morir como él.

–Pero al final no moriste.

–No. No me morí.

–¿Sabes por qué?

–No. ¿Es que acaso tú lo sabes?

–Solo sé que no sé nada. Eso lo dijo Sócrates, ¿no?

–Qué inteligente eres, Eliza, derrochas saber por los cuatro costados. Volviendo al tema, ¿por qué no puedo tener internet?

–No creo que debamos hablar de esto más tiempo, Alexia.

–Muy bien, perfecto, usted no habla de Internet, pues yo no hablo de mí.

–Hable, por favor.

–No pienso hablar.

–Está bien, Alexia, puede irse. Páselo bien y disfruta de la vida, que son dos días. –Ojalá fueran solo dos días, aunque mi mayor deseo siempre fue no haber nacido. La vida me da mucha pereza, y se me hace muy largo, no tengo ganas de nada, solo de morirme.

–¿Quiere seguir hablando?

–No, no, no, solo estaba despidiéndome. Good bye, Eliza.

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