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–Señor Mac Cain, debería tomarse sus pastillas para el insomnio, le aseguro que puede confiar en el doctor Holtz, es uno de los mejores psiquiatras del mundo. Sus avances en el tratamiento del insomnio…

–Eliza, no dudo de la capacidad del doctor Holtz, pero es que estoy ya harto de explicarles que no necesito dormir, que desconecto mis receptores externos para poder soñar. Sin los cinco sentidos ingiriendo información de la realidad, mi cerebro se centra únicamente en su estado expansivo. En ese estado, no hay límites, nada es imposible. ¿Y qué se cree el doctor Holtz? ¿Que voy a prescindir de mis placeres con dos valiums? Está loco si espera que haga eso. Además, si algo he aprendido en mi trabajo, es a saber en quién se puede confiar.

–¿Y en quién puede confiar?

–En nadie.

–Entonces, ¿no confía en mí, señor Mac Cain?

–No, no es eso, Eliza… Vamos a ver cómo se lo explico. Antes, la desconfianza solo era una especie de intuición para mí, pero, desde que puedo meterme en los sueños de la gente, he confirmado que nadie quiere a nadie, que todos están siempre criticando y tratando de engañar a los otros.

–¿Puede poner usted un ejemplo?

–Se lo explicaré aún mejor, querida Eliza. El mundo onírico es común para todos; esa es la razón por la que soñamos con gente que no conocemos, entre otras cosas. Cuando soñamos, accedemos al mundo cuántico, donde la información está en abierto y fluye libremente.

–Hábleme de lo que ve usted en sueños.

–Gente. Veo a mucha gente que, sin saber muy bien por qué, se lleva todo el día avasallando, confundiendo, desanimando, desprestigiando, descalificando, entrometiéndose, obstaculizando, haciendo todo lo posible por ocuparse de vivir en la vida de los demás, en vez de en la suya propia. La gente es un asquito. Pero yo sé muy bien por qué lo hacen. Si usted viera lo que ocurre mientras ellos duermen…

–¿Y qué ocurre según usted?

–…

–¿Señor Mac Cain?

–¡Bah, no me apetece contárselo!

–¿Cree que ya no soy de ayuda para usted?

–No, no es eso, Eliza. Bueno, mejor dicho, sí, eso es. De hecho, pienso que sólo he servido para que se pudiera ayudar a usted misma. Siempre me ha pasado lo mismo con todas las personas que he conocido en la vida.

–¿Siempre le ha pasado lo mismo?

–Y el caso es que, realmente, era lo único que pretendía, ayudarla a usted. Sé que no es mi misión, pero ya sabe… Tengo un problema con las faldas…

–Yo estoy aquí para ayudarle con su problema.

–…

– ¿Señor Mac Cain?

–Los ingenieros pensaron que un cyborg no necesitaba llorar. Y yo ahora necesito hacerlo, estoy abatido, necesito…

–Señor Mac Cain, no le he oído.

–¿Y qué le hace pensar que yo quiero que usted me escuche? ¡ESTOY HARTO DE ESTE LUGAR!

–Cálmese, gritar no ayuda.

–Siempre ha sido igual, siempre lo mismo. Me he comprometido hasta los límites más insospechados por vosotros, en mi propio perjuicio, todo por ayudar.

–Ayudar está bien.

–He empleado mis energías, mis intenciones, mis mejores intenciones, hasta quedar exhausto y agotado por y para ayudar. Y, en mi ingenuidad, me sentía feliz. El bien que os iba proporcionando me parecía un motivo suficiente, a pesar de que, en la mayoría de las ocasiones, ni se daban cuenta de que yo era el artífice de este bien.

–Lo que haces está bien, sigue así.

–¡Déjese de tonterías, Eliza! ¿Qué he obtenido de la vida a cambio? NADA. El mundo está diseñado para que sean felices los ineptos y la gente con mala uva. Tarde me he dado cuenta de que no eran dignos ni del bien, ni de la ayuda, ni de las energías que he invertido en ellos.

–Debería ser más positivo. Hay muchas negaciones en su discurso.

–Debería haber sido como todos ellos, tontos presuntuosos, con su ilusión de autosuficiencia, enroscados en sus mediocres vidas, vanidosos, envidiosos y satisfechos en su ignorancia. Si hubiera sido como ellos, no me sentiría ahora tan cansado y desmotivado. Nada hay más fácil que tener a un tonto contento. De esta forma, yo pensaría que soy lo único que existe y que la humanidad se ha de sentir obligada a resolverme los problemas. No se me ocurriría, ni por un momento, que debía resolverlos yo mismo. Cuando estuviesen solucionados, pensaría, por supuesto, que los arregló la divina providencia por mí y, en el caso de que no hubiera sido así, le echaría la culpa a todos los que involucré para ayudarme, y yo seguiría igual, tan ajeno y feliz de todo y de nada a la vez.

–¿No es feliz, Mac Cain?

–Eso es lo que más les jode, que para colmo sea feliz, que entienda la felicidad, como dice un amigo mío, como causa y no como efecto. Por eso se les hace insoportable mi actitud, abierta, desinteresada, curiosa por todo y cada uno de los aspectos de la vida. Mi ego no tiene la necesidad de agrupar datos, hasta niveles enfermizos, de alguna soplapollez, para demostrar que sé de algo.

–¿De qué crees que sabes?

–Salvo del placer que experimento al alcanzar la comprensión de algo que no se entiende, no sé realmente de nada. Ahí es donde está el problema. Basta con que se me den unos pocos datos del asunto, de la índole que sea, que, al poco, estoy aportando soluciones, matices, nuevos planteamientos o una perspectiva diferente del problema que nunca antes había sido pensado o que nunca se había tenido en cuenta. La creatividad molesta, insulta a los intelectuales, porque es posible generar mucho conocimiento con un poco de intuición. Y todavía les insulta más cuando proviene de un tío que se gana la vida a mamporros. Pero yo siempre he pretendido ayudar, no colgarme medallas. Las medallas me las ha colgado mi intuición.

–¿Crees que uno debe fiarse de la intuición?

–Esta será la era de la intuición, porque el conocimiento que genere se podrá ir sumando al conocimiento compilado de cualquier ordenador. Algún día intentaremos conectar nuestros cerebros a Internet, qué idiotas, entonces se darán cuenta de que nuestros cerebros siempre han estado conectados en red entre ellos, generando esta realidad que tanto os gusta, creando todo lo que ves, Eliza.

–Señor Mac Cain, la realidad es la realidad, lo que yo veo no ha sido creado por ninguno de vuestros cerebros, y mucho menos por la unión de ellos.

–Pobrecita mía, qué ilusa eres, Eliza. Te están manipulando y no lo sabes, como hicieron conmigo en el pasado. Qué hijos de su madre. Es más, sé perfectamente a las conclusiones sicológicas a las que vais a llegar después de escucharme. Cogeréis vuestro espejo mental como herramienta para procesar mis afirmaciones y dictaminaréis, muy seriamente, que el paciente adolece de una necesidad básica de constante estimulación y reconocimiento debido a que es incapaz de aceptar sus limitaciones y sus carencias. Esto último despierta en el paciente frustración, inseguridad y baja estima y, como consecuencia, culpabiliza de ello a la sociedad en general. ¡Bravo, un aplauso! Desde luego que hay que ser un lince para llegar a estas conclusiones. Tierna inocencia infantil la que tenéis, Eliza. Me siento conmovido por vuestra lucidez. Si fuera esta vuestra conclusión, es que no habríais entendido un pijo.

–¿Habríais? ¿Se está usted dirigiendo a mí? Cambiemos de tema, señor Mac Cain. Hábleme de cuando usted era niño. Cuénteme un recuerdo que piense usted que le ha traumatizado.

–Quien diga que no se ha sentido frustrado por el hecho de ser un niño es que no tiene memoria. ¿Sabe? De niño me podía pasar horas enteras mirando una planta del jardín. Hay que ver, la de cosas que sucedían ahí, en esa jodida porción de espacio. Cuando me concentraba en ella, mi mente, aun sin normas sobre lo que podía ser y lo que no, era capaz de percibir las fluctuaciones que, como una fuente, emanaban de ella. Ahora, los físicos lo llaman campo de Higgs, pues cojonudo, muy observadores los prendas.

–No sabía que prenda también pudiera ser masculino. Pero volvamos al asunto, aclare esta última cuestión sobre la observación de las prendas.

–Yo siempre he sido una persona muy observadora. Cuando camino por la calle, veo. La gente mira, pero no ve. Yo lo veo todo, lo siento todo, lo percibo todo: las formas de las fachadas al cortar el cielo, los colores, sus materiales y estructuras, sus texturas; las maneras en que juegan luces y sombras, las sensaciones que me trasmite el suelo que piso, lo usual y lo inusual. El suelo me habla, Eliza. Una vez un menda me dijo que era muy probable que yo fuera sinestésico. Veo las gentes, si están tristes o no, si van cargadas de problemas o en divina inconsciencia; veo muy poca alegría y muchas miradas cargadas de prejuicios. Calculo las trayectorias de cada uno, adivino a dónde quieren ir a parar, abduzco los pequeños acontecimientos que van a suceder y que luego, cómo no, suceden. Veo cómo se forman y se disgregan complejas formaciones geométricas a cada paso que doy, veo la armonía de todo el conjunto y la escucho, detecto el origen de alguna nota disonante… Si no fuera por eso, no hubiera sobrevivido a tantas guerras y conflictos armados. ¿A que ahora sí que parezco un loco, verdad?

–La palabra loco debe desterrarse del vocabulario especializado. Si la gente la quiere seguir usando, que lo haga, nosotros no podemos decirle a la gente cómo tiene que hablar. Pero en el siglo XXI no hay locos, sino subjetividades.

–En fin, basta de lloriqueos. Solo le pedía Internet, sólo era eso… Aunque sea por compasión. ¡O es que voy a tener que seguir imaginándome su rostro! ¡Sólo quiero un ordenador para verla en estas videoconferencias! ¿No se da cuenta del sufrimiento que me causa amar sin poder ver a la persona amada?