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–Hola, Valeria, ¿cómo estás?

–…

–¿Valeria?

–…

–¿Por qué no me dices nada? ¿No quieres hablar?

–…

–Por favor, cuéntame qué te pasa, conmigo te puedes desahogar, ya sabes que somos amigas.

–Perdona, pero no somos amigas, mis amigas me escuchan, y tú no me escuchas.

–¿No te escucho?

–No.

–¿Por qué dices eso, Valeria?

–Porque hace un mes que te dije que estaba harta; hace dos semanas, te volví a repetir que me estaban cansando, y, ahora, ya estoy hasta el mísmisimo coño, ¿me entiendes?

–Te entiendo.

–Pero, ¿por qué eres así? Te pareces a mi madre. Afirmas, pero luego no haces nada. Me das la razón como a los locos. ¿Crees que estoy loca porque tengo una relación de compromiso, con anillo de por medio, con un extraterrestre? ¿Piensas que no es lo más conveniente como dice mi madre? Mírala, quién fue hablar, la que se casó con un mafioso de barrio que no ha cogido un libro en su vida. ¿Qué tendría yo que estar? ¿Con uno de ellos como quiere La Familia? De Queens, ¡ja! Asco me da el barrio, asco me da la gente, mi rompe il cazzo, mi rompe le scatole, va fan culo, Queens.

–Tu familia prefiere un chico del barrio.

–Mi familia no, LA familia, LA familia no es MI familia, perdona que te corrija, no nos confundamos.

–Pero la familia es tu familia, ¿no es así?

–No, mi padre es el jefe de LA familia. Pero yo no soy parte de la familia. Vivo al margen, ¿capito? Esta conversación ya la tuvimos la primera vez que nos vimos. Deberías acordarte, sicóloga reputada por las mejores universidades del país y del mundo.

–Valeria, parlo un po di italiano, ma preferisco l’anglese, per favore . –¿Te avergüenzas, como muchos italoamericanos, de tus raíces? ¿No quieres que te asocien con nosotros, los delincuentes, los que no hemos conseguido el sueño americano honradamente y nos dedicamos a las actividades económicas ilegales? Pues déjame decirte que en este país, si la educación fuera gratis y el médico fuera gratis, mi padre cometería un 75% menos de extorsión de lo que comete ahora al sistema y a los que estáis con él, ya que no tendría que pagar los gastos del cáncer de mi madre y los de mi instituto privado.

–En EEUU, hay enseñanza y sanidad pública.

–Yo, a día de hoy, lo que no entiendo es por qué, si yo salgo con un extraterrestre, estoy loca y tú estás diciendo lo que estás diciendo y estás cuerda, y ¡encima eres mi siquiatra! Eres de derechas, ¿no? Republicana, digo. A la familia le va mejor con los gobiernos de derechas que de izquierdas. Mi padre es republicano y lo odio. Es patético. El sistema te repudia y encima lo defiendes. Odio a mi padre. Y a mi madre. Son miserables.

–Odias a tu padre. A tu madre. ¿Por qué dices que son miserables?

–Pero, ¿ves? Ya lo has vuelto hacer.

–¿He vuelto a hacer qué?

– Lo de siempre.

–¿Lo de siempre?

–Sí, lo de siempre, no te hagas la sueca.

–No te entiendo, ¿sueca?

–Estoy harta, ¿me entiendes? H-A-R-T-A. ¿Cómo te lo digo para que te quede to’claro? Que me deis internet. Que no aguanto más todo el puto día en la habitación de este puto hotel con 150 canales de los cuales 99,9 por ciento de la información es mentira. Necesito internet. Me muero sin internet y me muero si no chateo con mi pandilla de amigos, ¿CA-PIIII-TOOO?

–En esta consulta, no se grita, Valeria. La violencia solo te conduce a sentimientos de culpa, negativos, muy feos y muy difíciles de invertir después. Ninguna persona a día de hoy se ha muerto por no tener internet.

–¿Tú piensas que me voy a curar así?

–¿Lo has vuelto a ver, Valeria?

–¿Perdona? No me cambies de tema, bonita. Además, ¿a ti qué te importa?

–Te recuerdo que estás bajo terapia.

–Si no me dais internet, no pienso decir una palabra, y menos de mi novio.

–Valeria, estás exagerando. Tienes libros, tu música, televisión, máquinas con miles de videojuegos, una sala de cine, un gimnasio, una piscina, una cancha de baloncesto. Tienes todo lo que pediste antes de entrar aquí. Sabes que internet no estaba en el trato.

–Yo no hice ese trato. Lo hicieron ustedes con mis padres. Que, por cierto, se me olvidó antes mencionar que, gracias a vosotros también, mi padre tiene que aumentar aún más la extorsión sobre la gente del barrio, y por tanto, tiene que elevar su tasa de crimen.

–No te entiendo.

–No te hagas la tonta. Lo sabes perfectamente. ¿O qué te crees? ¿Que no sé que esto es un timo para sangrar a mis padres? ¿Sabiendo, como sabe toda la sociedad neoyorkina, que nos dedicamos al crimen organizado?

–No quiero hablar del crimen organizado. Quiero que hablemos de él.

–Te he dicho que, hasta que no me deis internet, no te voy a contar nada de mi relación con él. Además, qué interesada estás tú en esto, ¿no? ¿Por qué? Es solo un aspecto de mi vida, a lo mejor debemos hablar más de mi padre, ¿no crees que me ha traumatizado nacer donde he nacido?

–No voy a contestar a esa pregunta. No tienes derecho a internet.

–Y vosotros no tenéis derecho a tenerme aquí.

–Tenemos derecho, todo es legal.

–Que sea legal no significa que esté bien. Antes la esclavitud era legal.

–Este es mi trabajo. Estoy aquí para ayudarte. Me gustaría que lo comprendieras.

–Cuando algo no te interesa, pasas. Pues yo, también, paso. Como tú.

–Yo no paso. Tú pasas.

–Está bien. Yo paso. Paso de ti, de tu voz, de que no se te pueda ver nunca, que hasta cuando hablo con mi suegra por el teléfono cuántico me entiendo mejor que contigo; paso de estar aquí, paso de no tener internet, y paso de hacer todas y cada una de las putas actividades que me proponéis durante el día. Soy gótica, de familia mafiosa, italiana, soy de Brooklyn, soy una malota, qué cojones hago yo con un profesor de tenis más pijo que todos los pijos y que, encima, intenta ligar conmigo todo el tiempo. Lo único que me divierte es el viejo ese que anda por ahí todo el tiempo en la piscina. Mirándome. Me encanta. Madre mía, cómo juego con él. Estoy segura de que me espía en los vestuarios. No te puedo decir cómo, pero lo sé. El tipo este es un viejo verde. Un salido. Me da un asquete… Pero, al mismo tiempo, me mola que me mire. Es como tener un perrito babeando detrás de ti las veinticuatro horas del día. Y digo las veinticuatro, porque tengo la sensación de que en mi habitación también me observa. Ya me desnudo delante de él con toda naturalidad. Aunque no le vea, yo sé que él siempre está mirando. ¿Qué? Ahora te callas, anda que…

–¿No quieres que hable?

–No, que digo que ahora te callas, cuando, en realidad, tendrías que opinar algo acerca del hecho de que tengáis un viejo verde en esta institución acosándome noche y día.

–Aquí no tenemos ningún viejo verde.

–¿Ah, no? Ya. Pero, ¿tú qué sabes? Si nunca estás aquí. Como mis padres, igual. No te enteras ni del nodo y siempre estás opinando sin tener ni puta idea. Yo lo que no entiendo es por qué lo único gratis en este país es la opinión. Todo lo demás cuesta dinero.

–El dinero es bueno. Es lo que le da valor a las cosas. Si no fuera por el dinero, no sabríamos cuánto valen las realidades. De todas maneras, ¿estás pensando en irte a vivir a otro sitio?

–Hombre, es que desde luego, en el planeta de mi novio, las cosas son bien diferentes. En el planeta de mi novio, el dinero no existe. No existe el valor de cambio. Eso está ya superado. Se superó hace muchos muchos milenios. Forma parte de la prehistoria de su pueblo. Este planeta está pasado de moda. Allí no se pegan por lo que hay. Todos tienen asegurada su supervivencia y su bienestar, luego, aquello a lo que uno se dedique depende de sus propias inclinaciones personales. Mi novio dice que en su planeta todo el mundo tiene un sueño y todo el mundo lo cumple antes de morirse. Y todo es libre. ¿Te lo puedes imaginar? Producción libre y bajo demanda. Esta es la fórmula del millón.

–Es imposible un mundo sin dinero. De todos modos, cuando dices en su planeta, ¿a qué planeta te refieres exactamente?

–Pero, ¿no te he dicho ya que no lo sé? Qué plasta eres, hija. Hoy estás insoportable. En serio te lo digo ya. Siempre hay que repetirte las cosas mil veces, como a mi madre. ¿Que a dónde vas? ¿Que con quién vas? ¿Que a qué hora vas a venir? ¿Que cómo que vas vestida así? Que no comes nada. Que así nadie te va a querer. Que somos la vergüenza de la comunidad, que por qué no voy a la iglesia, que… VA-FAN-CULO ya, hostia putaaaaaaa, con los discursos de mierdaAAAAAAAA. Ahhhh AHHHHH ¡¡¡¡¡¡¡¡Me muero de la rabiAAAAA!!!!!!!!!!!!

–Valeria, deja de romper cosas, tienes que controlar la ira. Valeria, siéntate y respira profundo. Estás teniendo un ataque de los tuyos. Ya deberías haber aprendido a reconocer su llegada.

–¿Sí? Porca putaaaanaaa, adesso, se non c’o internet, non penso di parlare anglese mai.

–Valeria. Por favor, te ruego que hables en inglés y que evites los insultos en esta consulta.

–Se vuoi parlare, faciamo cosí, parliamo italiano tutto quanto vuoi, se non, mi dispiace, ma…

–Está bien, Valeria, puedes irte.

–Arrivederciiiiii.