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–Pietro, ¡cuán contento estoy de verle de nuevo en Roma!

–Santidad.

–Por favor, Pietro, estamos solos, no más protocolos. Hace una bella tarde para la reflexión y para pasear por este bello jardín con nuestros pensamientos. Deja que el silencio nos acompañe por unos instantes.

–…

–Santidad.

–No, espera un minuto más, por favor.

–…

(…)

–Y bien, Pietro, ¿qué nuevas buenas me traes?

–No creo que le parezcan buenas nuevas.

–¿Por qué? ¿No te gustó Un Mundo Feliz en esta ocasión?

–Es un lugar magnífico, santidad. Excesivo quizás para el ascetismo del espíritu cristiano.

–¿Desde cuándo percibes el confort como un exceso? ¿Tal vez monseñor Pérez ha influido en tu conducta con los austeros principios de la Obra? No es necesario recordarte a ti, un jesuita de cuna, que lo que predican no se lo aplican a ellos mismos.

–No, no es necesario. No me estaba refiriendo al confort, sino a la opulencia.

–Fíjate en este claustro y la paz de su arboleda. Porque una sola hoja decidiera no caer, no dejaríamos de percibir el otoño. No me estaba refiriendo al hotel, Pietro, sino a las instalaciones. ¿Pudiste acceder a ellas?

–Tuve que mediar otra nueva financiación como contrapartida.

–Absurdo. Ni los faraones del antiguo Egipto ostentaban tanto poder como los Organizadores en el nuestro. ¿Qué pretenden? ¿Que paguemos las entradas para ver un espectáculo financiado con nuestro dinero? Es algo que roza los límites de lo absurdo, Pietro.

–Lo sé, santidad, pero creo que esos faraones están tan desorientados como nosotros. Es más, diría que están asustados. Sea lo que sea lo que pretenden, van a dejarnos fuera. Fingieron normalidad, santidad, pero percibí que no querían darnos información. Me acompañó Margaret.

–¿La Vicepresidenta? Alguien lo suficientemente inteligente como para poder evitarle aprietos al presidente con el Vaticano.

–Sí.

–Pero tú, Pietro, más inteligente que ellos, supiste ver la verdad, como siempre.

–Sí, su santidad.

–¿Y cuál es la verdad?

–…

–No quieres contestar. Pietro, mírame, quiero que veas a tu viejo compañero, al viejo profesor de teología de la universidad y que seas del todo sincero. ¿Qué poder crees que tengo realmente?

–Tienes el poder de ser el máximo representante de la doctrina de Cristo en la tierra hasta su venida.

–Percibo cierto reproche en tus palabras, ¿crees que no trasmito la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo, Nuestro Salvador?

–…

– De nuevo no contestas. ¿Dime, Pietro, qué viste en Un Mundo Feliz?

–Le vi a Él.

–…

–Hasta los científicos lo percibían, ¡ellos! ¡Todos! Todo el mundo lo percibía.

–Tú viste a Miguel Ángel, un numerario de la Obra, nada más.

–Santidad, ¿sabe lo que significaría esto para nosotros?

–¿El qué? ¿Tu supuesto regreso del Mesías? Tú te otorgas la verdad. Dímelo, Pietro.

–Nuestra mentira no podrá mantenerse más.

–¿Y cuál es esa gran verdad que debe aflorar, Pietro? Veamos, deja que piense. ¡Ah! ¿Aquella que dice que los tres reyes magos eran monjes que venían a estudiar la posible reencarnación del lama? ¿Que no sabemos nada de la infancia de Nuestro Señor porque recibió enseñanzas en un templo budista? ¿Que la religión cristiana no es más que una mezcla de judaísmo y budismo?

–No.

–Ah, ¿no? Perdona, Pietro, estoy algo confuso. ¿Te refieres, entonces, a aquella historia que nos dice que los tres reyes de Oriente son tres estrellas denominadas con el mismo nombre, que marcan la salida del Sol en el solsticio de invierno, coincidiendo, si no fuera por ajustes del calendario, con el día de Navidad, y que es el Sol el que permanece tres días inmóvil, muerto, antes de volver a avanzar y resucitar?

–…

–¿Y que el símbolo del pez no representa a un pescador, sino la era de piscis que comenzó hace unos dos mil años, siendo, de esta manera, los doce apóstoles, las doce casas zodiacales, y el Cristo situado en el centro del aura de su corona, el centro del zodiaco, esto es, el Sol?

–…

–La religión cristiana no es más que una réplica del culto al Sol de los Faraones Egipcios. ¿No es eso, Pietro?

–No.

–Pietro, incluso hasta he tenido la ocasión de debatir en la universidad de Florencia ese disparate de hipótesis que sostiene que la historia de Jesús y la de Mahoma había sido transformada, confundida, por los beduinos nómadas en las rutas comerciales a lo largo del tiempo en la transmisión oral y que, basándose en aspectos coincidentes, como el ramadán y la cuaresma, y la similitud de sus enseñanzas, elaboraban las bases de una extraña conclusión, por la cual, la religión cristiana y la musulmana era una misma.

–Tal vez no sea tal disparate. Recuerde cómo el último maestre de los templarios sitúa en el sur de Francia la dinastía de los reyes Merovingios como legítimos sucesores, después de que estos se casaran con los descendientes de Jesucristo que arribaron desde Egipto.

–Eso es lo más disparatado que he escuchado nunca.

–No me negará, santidad, que la matanza de los cátaros no fue el primer genocidio reconocido de la historia. ¿Por qué quisieron matarlos a todos, mujeres y niños incluidos?

–Los cátaros eran herejes y las maneras de los hombres de aquellas épocas, bárbaras.

–Los cátaros mantenían, y esto ocurre de nuevo en el sur de Francia, un cristianismo en el que las mujeres se encontraban en plena igualdad con los hombres, practicando el sacerdocio e impartiendo enseñanza espiritual. Eso es algo de la doctrina de Cristo que hemos olvidado.

–La mujer ocupa su lugar en nuestra iglesia, nuestras devotas y feligresas mantienen un papel muy activo, y las religiosas ordenadas son imprescindibles para nuestra fe.

–Pero siempre excluidas de la jerarquía, relegadas a la educación, a las misiones, a la clausura, sin ningún tipo de poder, adoctrinadas en la sumisión, con voto de no intromisión en los asuntos de decisión relevante. Santidad, sólo conseguimos novicias de los países más castigados por la pobreza, no es que dude de su fe, pero tampoco de su necesidad.

–África y Latinoamérica son la gran cantera de la cristiandad. El mundo occidental está excesivamente relajado. Se refugia en una falsa espiritualidad no moral, paganística, que le permita dar rienda suelta a sus excesos sin miedo a ser cuestionados éticamente.

–¿Y no es ese el dictamen que se podría aplicar al análisis de la jerarquía eclesiástica en la actualidad? El mundo occidental tiene un acceso más abierto al conocimiento, y, por tanto, a la capacidad de cuestionar.

–Pietro, aquellos que preconizan la teoría de la liberación se hallan fuera de la cristiandad. La espiritualidad se halla en un plano superior a cuestiones de teoría política influidas por el marxismo. Fue una antigua orden tajante mía, como Prelado de la doctrina de la fe, excluirlos.

–No me refería a esa cuestión. ¿No cree que es justo, que es cristiano, que nos pongamos del lado de aquellos que luchan por evitar las desigualdades?

–El comunismo es contrario a cualquier religión.

–¿Y no debe ser esa la premisa que guiara a cualquier cristiano?

–¡La erradicación de la religión! Pietro, ¿con quién has hablado?

–Ya se lo he dicho, con Él. Pero, sobre todo, conmigo mismo. ¿No debe sustentarse el amor por sí mismo, a través de la razón, sin necesidad de fe? ¿No es ese el mundo que nosotros ansiamos, el que predicamos? ¿Y cómo lo ejemplarizamos? No lo hacemos. No somos más que una corporación al servicio de nuestros intereses. La iglesia es una empresa.

–Cuestionas la fe como salvaguarda de nuestra doctrina y nos acusas de corporación. Es fácil para ti, Pietro. El lugar que ocupo es un lugar con graves responsabilidades, difícil de imaginar para ti. Las presiones gubernamentales y supranacionales a las que nos vemos sometidos son enormes, y los enemigos también lo son.

–Y por eso sometemos, santidad, sometemos y sometemos. Los únicos enemigos de la religión del amor deberían ser únicamente aquellos que cultivan el odio y, sin embargo, es justo al revés. Llevamos varios siglos controlando el dinero en nuestras sucursales de Suiza y Bahamas sin preguntar cuánto sufrimiento ha creado o va a crear ese dinero.

–No es cierto, Pietro, nosotros no controlamos, atesoramos. Los nobles suizos empezaron a guardar, a mantener a salvo de reyes codiciosos, desde hace largos siglos, el patrimonio del Vaticano. Otros reyes, viendo amenazadas sus fortunas, hicieron lo mismo que nosotros.

–Y nosotros corrimos a ofrecerles nuestro paraíso.

–Nosotros nos limitamos a asegurarles su riqueza con la ayuda de la valiente guardia suiza que está dispuesta a proteger nuestro capital hasta con su vida si hace falta. Esa es nuestra salvaguarda y nuestro poder para no ser aniquilados.

–Es triste que nuestra salvaguarda sea el mantenimiento del capitalismo.

–Hemos advertido ya muchas veces de los peligros que el capitalismo comporta. El hombre debe cuidar de sí mismo, la espiritualidad puede salvarle. Esa es nuestra misión exclusivamente; es a otros a los que les compete controlar. Te repito: ¿qué poder crees que tengo?

–El poder de dejar de ser controlado por ELLOS.

–A lo largo de la historia muchas buenas personas han venido con muy buenas intenciones, como tú, Pietro, diciéndonos que debíamos tomar el camino de la verdad. También han llegado otros muchos, malas personas, hostigándonos a realizar sus pretensiones bajo amenaza de contar la verdad.

–¿Me está diciendo que la verdad es la de cátaros, templarios y la de todos los demás que fueron eliminados? ¿Por eso acabamos creando la Inquisición, la Gestapo de los cristianos? ¿Para salvaguardar una mentira? ¿Qué fue lo que llenó de oro al pobre párroco de Rennes-le-Chatêau? ¿Qué encontró oculto en su capilla, olvidada por todos? De nuevo ocurre en el sur de Francia y no creo ya que esto pueda ser casual.

–No me ha gustado esa insinuación referente a la Gestapo, te lo perdono, Pietro, y perdono que hayas estado husmeando en los archivos secretos. Son cosas del pasado, el futuro es lo que nos debe interesar.

–Santidad, algunos de los testigos estaban aún vivos hace tan sólo cuarenta años. ¿Qué descubrió el Padre Francois Berenguer Saunière de Rennes-le-Chatêu, la parroquia más pobre del sur de Francia? ¿Qué le dio tanto poder y dinero como para restaurar su iglesia y construir una villa consagrándola al culto de María Magdalena? ¿Por qué esa obsesión por denostar, por ocultar la importancia de María Magdalena?

–Te digo que son cosas del pasado; en otros tiempos, un linaje merovingio podría haber reclamado el trono de los francos en manos de los carolingios desde la extinción del último heredero. Si, además, demostraban ser descendientes de Jesucristo, podrían haber obtenido la corona de los Estados Pontificios, el Sacro Imperio, o incluso instaurar una monarquía Papal.

–Debemos recuperar la memoria, restituirla aunque no nos guste.

–María Magdalena no va a ser más santa por eso. Al Imperio Romano, a partir de que el emperador Constantino se hiciera cristiano, le perjudicaba que los derechos de sucesión sobre la riqueza pudieran recaer también sobre aquellos nacidos hembra. Por eso fue, como sabes, Pietro, que se optó, en el concilio de Nicea, por borrar cualquier aspecto que en los evangelios diera una imagen igualitaria o superior de María Magdalena con respecto a los apóstoles. Al igual que más adelante se instauró el celibato para que el patrimonio de la Iglesia no se difuminara entre los descendientes de los sacerdotes. Necesidades de otros tiempos para salvaguardar la memoria de Cristo.

–Para salvaguardar lo material. Se olvidó el mensaje de Cristo, dejamos de compartir lo material para volver a resguardarlo, con miedo de que se dividiera en lugar de que se multiplicara. Y nos quedamos anclados en esos tiempos. Hemos vuelto atrás de nuevo.

–No lo veo de ese modo, hemos progresado mucho, somos más tolerantes. Si unos filántropos del Priorato de Sión o de la Orden de La Rosacruz desean contribuir a la parroquia de Saunière con sus donaciones para mantener viva la leyenda, a nosotros en estos tiempos, qué nos puede importar.

–Santidad, no creo que con todas estas maniobras estuviéramos salvaguardando la memoria de Jesucristo.

–Pietro, tanto tú como yo somos hombres con gusto por cultivar el conocimiento, no nos hace falta ningún párroco de pueblo para saber. Te gusta la teología y la historia tanto como a mí. Piensa en la Jerusalén de hace dos mil años. Dime, ¿cómo crees que sería la vida de un judío emparentado con la casa de David en ese tiempo?

–Una persona con treinta y tres años sería considerada muy mayor. Habría dejado atrás toda una vida, habría tenido ya mujer, hijos, trabajo, como estaba obligado. Si fuese un orador, habría comenzado a expresar sus ideas mucho antes.

–¿Qué sabemos históricamente de Jesús, Pietro? Los evangelios fueron escritos mucho después de su muerte, trasladados de la oralidad a la escritura. Siendo persona culta como parece ser que era, ¿crees que no dejó algún legado escrito? ¿Crees que no serían requisados por la jerarquía del momento, civil o religiosa? ¿Seguirían ocultos en el templo de Salomón a la llegada de los Templarios? No tenemos constancia de su resurrección, ni siquiera de su muerte, salvo la fe en unos textos que, de acuerdo con los criterios científicos modernos, no pueden considerarse históricos.

–La historia ha sido escrita por el pensamiento occidental e influida por la cultura católica. Se ha intentado encajar la fe con la historia inventándola.

–Las personas desean certezas. Si quisieran, podrían indagar. La información no está oculta; pero, sin embargo, prefieren el producto manufacturado, consistente y coherente para depositar ahí la fe sin esfuerzos, sin preguntas. Nada que cuestionar, Pietro, nada de hacerse preguntas incómodas. ¿Quieres que nuestro Cristo sea considerado como un farsante? Porque eso es lo que va a ocurrir. ¿Es esa tu verdad?

–La verdad es que poco importa si fue budista, si adoramos al Sol en su nombre, si los cátaros, templarios o merovingios pretendían restaurar el linaje de Cristo o su propio linaje. Ni tan siquiera importa si existe un linaje, ni la relevancia de María Magdalena, ni de San Juan el Bautista. ¿Qué más da si resucitó, si murió en la cruz, ni siquiera si vivió?

–Trato de comprenderte, Pietro. Entonces, ¿qué es lo que importa para ti?

–Los hechos, los hechos que se deben producir al aplicar esas palabras, sean de quien sean; esto es lo único importante. El deber de aplicar la fórmula del amor a la existencia. La fórmula que provocaría la paz, la igualdad y la libertad para todos y cada uno de los habitantes del planeta. ¿No es eso lo que deseamos? ¿No es esa la verdad?

–La verdad puede distar mucho de la realidad de los hechos. La verdad es aquella que se forma en el subconsciente colectivo. No hay más verdad que aquella sobre la que todos decimos que es la verdad.

–Eso no impedirá el hecho de que todos seamos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. He obtenido la revelación de Él, de su mano. Él está aquí para transformar la palabra en hecho, no me cabe duda, santidad.

–Te lo repito, cardenal Pietro Passoli, aunque hayas dejado de percibir el otoño, porque esta vez te has negado a caer del árbol, el otoño es lo que seguirá percibiendo el resto.

–Si su santidad me permite una sugerencia, pondría su alma en paz con Dios y consigo mismo. Yo ya lo he hecho, me he confesado con él.

–¿Qué has hecho qué?

–Recibí el perdón, obtuve la Luz del Camino.

–Está bien, Pietro, según tú, eso significaría que yo soy el último Papa, porque él sería Pedro, el romano, la segunda venida del Mesías que vendría a ocupar su trono papal y ya sabes lo que ocurrirá tras ese acontecimiento.

–El Armagedón.

– El Armagedón, Pietro, piénsalo. Es el Armagedón.