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–¿Tienes un cigarro por ahí?

–Margaret, no fumes, ya te lo he dicho mil veces, ¿qué necesidad tienes de fumar después? Eso es un mito de las películas.

–¿Dime? ¿Qué es lo que más te gusta de mí?

–Tu ambición.

–No, digo en la cama.

–Que nunca dices que no a nada.

–¿Y tú?

–¿Y yo?

–Sí, tú.

–Yo, qué.

–¿Maaaaaargaret?

–¿Wittgenstein?

–¿Qué pasa? ¿No quieres contestarme?

–No, es que no se me ocurre nada ahora mismo.

–¿Me estás diciendo que no hay nada de mí en la cama sobresaliente, digno de ser mencionado?

–Sí, claro, cómo no, tu energía.

–Vaaaya, muchas gracias por hacerme sentir joven, una vez más.

–¿Tienes hambre? Me está entrando un poco de hambre. ¿Chino o japonés?

–…

–¿Wittgenstein? Te he hecho una pregunta.

–Y yo otra.

–¿Qué?

–Nada.

–Bueno, qué, ¿chino o japonés?

–Te he dicho que nada, no tengo hambre.

–Bueno, pues podemos continuar donde lo dejamos.

–No me apetece ahora.

–¿Estás enfadado?

–No, simplemente es que pienso que no has sido del todo sincera.

–Escucha, Wittgenstein, es normal, eres pequeño, no te ofendas, en parte es bueno, me gusta tu inocencia. Solo que a veces…

–Solo que a veces que…

–Nada.

–¿Cómo que nada? Si has empezado la frase, la terminas.

–La termino, pero con una condición.

–¿Cuál?

–Que no te vayas a enfadar.

–Te lo prometo.

–Está bien. Bueno, pues es que yo creo que lo que nos falta es un poco de imaginación para que no sea siempre tan monótono.

–…

–¿Iuuuujuuuuuu? ¿Hay alguien ahí?

–¿Nos? ¿Imaginación? ¿Monótono? ¿No te parezco suficiente? Yo creo que un hombre se basta y se sobra para darle placer a una mujer.

–Bueno, vamos a dejar el tema, porque no quiero que discutamos.

–No, no si no estamos discutiendo. Yo nunca discutiría contigo. Estamos hablando.

–Sí, claro, pero no quiero herir tus sentimientos.

–Sentimientos, ¿por qué? ¿La tengo pequeña? ¿Finges los orgasmos o qué? ¿Y, ahora, después de dos años, me lo dices?

–No, no es para tanto. No es eso, solo que me parece que guardas las formas. Yo creo que tienes potencial, pero que no te atreves.

–Pues yo soy así y no voy a cambiar. Si no te gusta, ya sabes.

–Oye, perdona, pero eso, ¿qué cojones significa?

–Significa lo que significa.

–Pues para tus oídos te diré que pareja significa dos, y no, ahora me enfado y no respiro. Como un niñato. ¿Imagínate que yo te dijera lo mismo?

–Pues se terminaría.

–Nooooo, venga, Wittgenstein, no vamos a llegar a este punto.

–Pero tú, ¿qué es lo que quieres exactamente? ¿Juguetes, disfraces, látigos, películas, intercambio de parejas? ¿El qué?

–Nada, déjalo. Es que si te lo digo, ya no tiene gracia, pierde el encanto, tiene que ser de complicidad.

–Mira, estoy hasta las narices de vosotras y de vuestros mitos. Que si el príncipe azul, que si la complicidad, que si la magia y todas esas chorraditas que os han metido de pequeñas en la cabeza.

–Y nosotras también estamos hasta las narices de vuestros mitos. Pensáis que con el pene es suficiente, y lo que, en realidad, os falta es imaginación y que os pongáis más en nuestra piel. Todo el mundo busca siempre en el sexo su propio placer, pero no se da cuenta de que el verdadero placer es el que se encuentra cuando lo provocas en la otra persona. El placer es mental, no físico.

–Sí, sí, todo eso está muy bien. Pero te lo repito de nuevo, ¿que qué quieres exactamente? No me vengas con abstracciones. O hablas claro o me voy.

–Solamente me gustaría que fuera más improvisado, más salvaje, que hubiera más pasión, que saltarán chispas, lo que los físicos del amor llaman engarce por acoplamiento. ¿Me entiendes lo que quiero decir?

–…

–¿En qué piensas?

–En nada.

–No, dime, ¿en qué piensas?

–A lo mejor el problema lo tienes tú.

–¿A qué te refieres?

–A lo mejor eres tú, que no me motivas lo suficiente.

–Eres un hijo de puta.

–No lo he dicho por lo que tú piensas que lo he dicho.

–Sí que lo has dicho por eso.

–No, estás equivocada. Tú me lo dijiste la primera noche, ¿recuerdas? El sexo no tiene edad.

–Vete de mi casa; a partir de ahora, solo tendremos una relación profesional, de mentor a discípulo.