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–Hola.

–Fuera, vete de aquí, niña, déjame en paz, hombre yaaaa.

–¿Por qué lloras?

–¿Qué por qué lloro? Lloro por tu culpa; por tu maldita culpa que yo me encuentro en esta situación.

–Yo no te he hecho nada.

–Tú me lo has hecho todo. Dime, ¿qué hago yo ahora sin trabajo? ¿Cómo pago mis 1500 dólares de hipoteca?

–Pide una refinanciación.

–Mira la niña qué lista, una refinanciación, dice. Por eso estás aquí, ¿no? Porque eres muy lista. Pero, ¿qué más cosas sabes hacer? ¿Por qué no le dices a todo el mundo que eres el diablo hecho carne?

–Yo no soy el diablo, solo soy más inteligente que los otros niños. Y eso os molesta en lugar de poneros contentos. Alexia, que es premio Nobel, dice que en este sistema la inteligencia está muy mal vista.

–Y a mí qué me importa lo que diga esa drogata del sistema. Mira, niña, quítate de mi vista si no quieres que te dé lo que te tendrían que haber dado tus padres antes, una buena hostia a tiempo.

–¿Por qué me quieres pegar?

–Porque por tu culpa me han despedido.

–¿Por qué por mi culpa?

–Tú sabes muy bien lo que has hecho.

–Lo siento mucho, de verdad, pero por las noches no me puedo quedar quieta.

–Pero qué desgraciado soy, 15 años trabajando de guarda de seguridad, y en 15 años no he visto lo que está pasando aquí, en ninguna parte. Tú eres el demonio que ha venido a buscar mi alma. Hice un pacto con él, yo solo quería una casa para que los niños pudieran jugar e invitar a la familia y hacer barbacoas en el jardín. Pero está claro que la ambición rompe el saco, y ahora me veo otra vez en la calle, sin nada, como cuando vine, pero esta vez con 15 años más y un crédito que pagar al banco y que no se salda con devolver la casa. Ahora, si trabajo, lo haré para pagar una deuda a cambio de nada. Estoy viejo, no puedo empezar de nuevo, no es justo, yo me he esforzado, pero no ha sido suficiente. Parece que nunca es suficiente.

–Yo también soy inmigrante. No vengo de aquí.

–Ah, ¿sí? ¿Y de dónde viene usted, señorita?

–De África.

–Tú estás loca como todos los que están aquí; pero tú tienes súper poderes, dilo. ¿A qué sí? Mira, ¿por qué no hacemos una cosa? ¿Tú me quieres ayudar? ¿Quieres que yo deje de llorar?

–Sí.

–Bueno, ven aquí, súbete en mis rodillas. Buena chica. Ahora vamos a entrar dentro, y le vas a decir, a los señores que yo te diga, lo que haces por las noches; cuál es la razón por las que las cámaras no te registran, diles cómo lo haces y, entonces, a mí me devolverán mi puesto de trabajo y mi casa, y todos volveremos a ser felices de nuevo, ¿me entiendes?

–Está bien.

–¿Dime, José, por qué quieres que Anicka haga eso por ti?

–Esta conversación no te incumbe. Fuera de aquí, loco.

–¿Quién está más loco de los dos? ¿Tú que desconoces lo que te espera o yo, que sé por lo que estás pasando?

–¡Tú qué vas a saber! No seas estúpido.

–Yo lo único que sé es que estoy aquí para salvarte.

–Ah, ¿sí? ¿Quién eres? ¿Jesucristo?

–¿Me reconocerías en el caso de que lo fuera?

–Oye, oye, oye, espera un momento. ¿Por qué dices eso? Acércate.

–Hola, Anicka, es un gusto conocerte de nuevo.

–Ah, ¿eres tú? Es un placer verte, sabía que no me equivocaba. Estabas aquí. Pero no entiendo por qué. Cuando yo te recuerdo acababas de morir.

–Es cierto, pero me salvé, siempre me salvo.

–Espera un momento, ¿os conocíais de antes? ¿Cómo es posible?

–Perdone que le moleste, pero no he podido dejar de escuchar sus lamentaciones. Yo he sido bróker de bolsa, era un buen bróker, puedo ayudarle con su situación financiera; no es fácil, pero el sistema tiene sus recovecos solo para aquellos que los conocen.

–Ah, ¿sí? ¿Y qué me vas a pedir a cambio?

–Primero, que sueltes a Anicka, que la dejes libre. Y, segundo, que nos ayudes a escapar.

–¿Y por qué yo? Ahora puedo entrar dentro y chivarme a cambio de una cuantiosa cantidad de vuestros planes.

–No lo harás.

–¿Por qué?

–Porque está mal, y tú eres una buena persona. Pide lo que quieras y se te concederá.

–¿Qué? ¿Me estás vacilando, tío?

–Hagamos una prueba. ¿Qué quieres?

–Quiero un crédito para pagar la hipoteca.

–Muy bien. Ya estabas esperando la confirmación de uno. Coge el teléfono, llama a tu mujer, y entonces sabrás que os lo han concedido.

(…)

–¿Cómo lo has sabido?

–La pregunta que te podría haber hecho yo es por qué no has pedido algo mejor.

–¿Por qué? ¿Es que solo me quedan ya dos deseos?

–En realidad, puedes pedir todos los deseos que quieras.

–Ah, ¿sí? ¿Me estás diciendo que si pido todo lo que quiera lo tendré?

–Sí, si tienes la certeza de conseguirlo.

–Pero ahora yo no tenía esa seguridad y ha pasado.

–Digamos que te he hecho un préstamo de energía, que tú podrías compensar compartiendo tu energía con nosotros.

–¿Qué tengo que hacer?

–Ayudarnos a escapar.

–¿Cuándo?

–Ya recibirás nuestras instrucciones, ahora déjame conversar con esta linda niña. Vuelve a casa y no temas. Ya te volverán a readmitir en el trabajo.