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–¿Está segura de que no se encuentra usted tras esta cristalera de espejos? Huelo a huchita, a perfume de mujer, por todas partes. O, tal vez, me lo esté imaginando, ¡qué sé yo ya!

–No tiene usted que imaginarse nada, señor Mac Cain. Estamos aquí para solucionar su problema, no para hablar de mí.

–No, no, señorita Eliza, no se lo tome a mal. ¿Lo ve cómo yo he heredado vuestro fallo?

–¿Qué fallo, señor Mac Cain?

–(El de no mantener la boquita cerrada). Pues el fallo de diseño, el que le expliqué el otro día, el rollo de los genes y la cultura… ¿Sabe por qué las mujeres cuando estáis en período fértil preferís a hombres de aspecto, como lo diría, más agresivo?

–Por favor, señor Mac Cain, deje que las preguntas…

–Porque, en el fondo, todas queréis a vuestro cavernícola. Un macho alfa que os dé todo lo vuestro sin contemplaciones, que os coloque a su antojo y que extraiga todo el placer que quiera de vosotras. Incluso sois capaces de consentir cualquier abuso si con esto provocáis su éxtasis. Es más, como hembras, lo consideráis un triunfo de vuestra capacidad de generar placer. Las que no lo habéis hecho todavía, soñáis con que os lo hagan. Sin embargo, después, cuando no estáis en periodo fértil, os fijáis en hombres angelicales, con cara de niñata, para formar el nidito de amor. No sabéis ni lo que queréis. Nunca estáis contentas. Pero yo, yo, que soy muy tierno también, puedo ser tu macho alfa cada vez que me lo pidas. ¿Sabes? El otro día tuve ese sueño.

–Cuénteme sus sueños.

–El de ser su macho alfa. Yo era su psicoanalista y la tenía tumbada ahí, en este mismo diván, y usted estaba obligada a contarme con pelos y señales todas sus fantasías sexuales. Cuando me interesaban, hacía como que no la entendía y la forzaba a que me las explicaras de manera física. Sabía que a usted le ponían esta clase de situaciones en las que todo está excusado por motivos profesionales.

–Por favor, insisto, no hablemos más de mí. Observo que tiene interés por los sueños.

–¿Interés dice? Es el único momento en que mi mente vaga libre, pero libre de verdad. Vosotros, para poder desconectar el cuerpo, necesitáis desconectar el estado consciente. Yo, sin embargo, soy un cyborg y soy consciente de mis sueños. Estoy ya harto de repetirlo. Nadie me cree. Es bastante frustrante. La gente no sabe que los sueños se acercan más a la realidad que la propia realidad. ¿Usted sueña, señorita?

–Señor Mac Cain, le insisto por última vez, no estamos aquí para hablar de mí. Volvamos al tema de sus sueños. Los sueños, sueños son. ¿Tiene problemas para diferenciar el sueño de la realidad?

–¿La realidad? En la realidad, sueño con usted; en los sueños, estoy con usted. En la realidad, soy esclavo de las dos directrices: conservarme vivo y ejecutar la misión; en los sueños, soy libre. En la realidad, tengo conflictos con la segunda directriz, perpetuar al maldito gen, por eso estoy aquí, en mis sueños no paro de perpetuar. Por favor, ayúdeme a acoplar la realidad a mis sueños.

–No se preocupe, señor Mac Cain, para eso estoy yo aquí, para ayudarle.

–¿Y cómo cree que podrá ayudar a este viejo tonto que se ha enamorado perdida, obsesiva y locamente de usted?

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