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—¡Miguel Ángel! ¡Miguel Ángel! ¡Espéreme, por favor!

—Correr con esos tacones debe de ser peligroso. Tranquila, no pensaba escaparme. —Ja, ja, ja, ¿Quién se va a querer escapar de Un Mundo Feliz? ¿Va usted hacia los ascensores, verdad? ¿Estaba aquí por…?

—Sí, claro. Eh… Estaba buscando el confesionario.

—¿Me permite entonces acompañarlo? No está aquí arriba, está en el hotel. El hospital al atardecer se queda medio desierto, siempre me han dado muy mala impresión los hospitales de noche, ¿a usted, no?

—Por favor, Daisy, trátame como a un igual, que me prestes tus servicios cumpliendo tu función social no me hace estar por encima de ti. La jerarquía respecto al trabajo que desempeñamos es algo que deberíamos cuestionar y, sin embargo, la aceptamos sin más.

—Ya, perdóneme, debe de ser de-formación profesional… Pero estoy de acuerdo con usted. ¡Otra vez lo he hecho! Perdóname, llevo un día…

—Siempre te veo corriendo de un lugar para otro, tómatelo con calma, tu salud es más importante que tu trabajo.

—Eso debería hacer, pero no puedo, siempre antepongo mi trabajo; y lo que me faltaba para completar el día es que se me pierda esta niñata, precisamente hoy que ha venido su padre de improviso, así, sin concertar cita ni nada; es un cliente asiduo, he tenido que pasar la mano.

—Eres una persona muy competente; la encontrarás, seguro.

—Esta Valeria… Valeria es la chica, ¿sabes? No sé si la conocerás, ¿una chica vestida de gótica, así con los ojos de un azul acuoso casi transparente? ¿Te suena de haberla visto? En fin, da igual, el caso es que hoy el padre ha estado aquí, pero, al parecer, no ha venido para ver a su hija, sino para otros asuntos, se lo he notado enseguida, ni siquiera ha tenido la deferencia de preguntar por ella. Encima, la niña tampoco ha aparecido, le dije que me esperara en la sala de visitas y nada, ni rastro de ella.

—…

—Decías que estabas buscando el confesionario, ¿verdad? El Padre de Valeria también es católico y dijo que aprovecharía un momento para confesarse. Me ha dicho que me esperaba allí cuando le propuse traer a su hija para que la viera, con lo que te puedo guiar, si tú quieres.

—Gracias, Daisy, pero no te molestes.

—Si no es molestia alguna… ¿Sabe? Usted, tú, tú eres la única persona que me mira así.

—¿Así cómo?

—Que me miras a mí y no me miras a las…

—No crea que no me fijado en lo atractiva que eres, pero el cuerpo es efímero. Piensa en que si nadie tuviera cuerpo, sólo nos podríamos fijar en la realidad de esa persona, en su mente.

—Pues no es en mi mente en lo que se suelen fijar.

—Pues si lo que pretendes buscar es el amor, desviste a esa persona de su cuerpo y, si te sigue gustando, no te has equivocado, pero procura que hagan lo mismo contigo… Te veo preocupada. ¿Te ocurre algo?

—Lo habitual, por cortesía, me he visto obligada a aceptar una cita. Tengo una mala sensación, no quiero ir y estoy muy agobiada por eso. No veo la manera de evitar este compromiso.

—Dame la mano, no te vayas a caer, y ahora ¡corre conmigo con todas tus fuerzas! —¡Miguel Ángel! ¿Estás loco?

—Eso dicen. Corre, rumbo a la enfermería.

—Ah, ah, e…ese pasillo a la izquierda.

—Está bien, párate, ahora apóyate en mí y deja que te agarre por la cintura.

—¡Enfermera, enfermera! La señorita Daisy está desfallecida.

—A ver… Tranquila, hija, túmbela aquí, deje que le tome la tensión.

—¡Uff! Tiene el ritmo cardíaco por las nubes. No se preocupe, es una crisis de ansiedad provocada por el estrés; lo he visto muchas veces. Trabajo, trabajo, solo trabajo, ¿os creéis que los de arriba os lo van a agradecer?

—Tiene usted mucha sabiduría, enfermera… Debra.

—Pues, claro, hijo, no hace falta ser doctor para saber que esta chica lo que necesita es un poco de vida y la del trabajo no lo es. Tome, le daré un calmante, lo mejor que puede hacer es retirarse a su casa y descansar, se lo comunicaré a personal.

—Gracias por atendernos, Debra.

—Gracias, Debra, siento un gran alivio, es usted un sol.

(…)

—Ja, ja, ja, ay, Miguel Ángel, eres maravilloso, fácil y sencillo, a mí nunca se me hubiera ocurrido. Yo, haciendo esto, no me lo puedo creer, yo, que he venido a trabajar hasta con fiebre. Mire, ahí está, le comunicaré que su hija no se encuentra disponible en estos momentos, no quiero herir sus sentimientos, en el caso de que los… Te dejo, gracias, gracias, Miguel Ángel, por todo.

—Cuidate, Daisy…

—¿Desea usted confesarse, hijo mío?

—No.

—…

—(Psst, Psst, Miguel Ángel)

—¿Valeria?

—(¿Se ha ido mi padre?)

—¿Qué? El párroco sí se ha ido, pero… ¿Qué haces dentro del confesionario?

—Entra. El Padre no, mi padre.

—Sí, se ha ido también.

—¡Uff! ¡Menos mal! No veas qué rollo, me vengo aquí para que no me encuentre y no se le ocurre otra cosa que venirse él aquí también. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí?

—Escuchar tus pecados.

—Conmigo no te quedas. Oye, no te imaginas la de cosas que se escuchan aquí, ya te contaré, pero ahora me piro que he quedado con Ale. ¿Te quedas?

—Sí, me quedo un rato, se está confortable aquí.

—Pues tú mismo, yo me abro, ciao.

(…)

—Ave María purísima.

—¿Eh?

—Ave María purísima.

—Sí… eh… sin pecado concebida.

—Bendígame, padre, porque he pecado de pensamiento y obra. Es inapropiado para mí que esté aquí, debería estar ya en Roma, pero ansiaba un lugar como este, la soledad y humildad de una pequeña capilla. Hace tanto tiempo que no me confieso…

—Has encontrado el momento adecuado, expón tus pecados y estos te serán perdonados.

—Dios te escuche.

—Yo no soy más que un hombre, si quieres que él te escuche, él te escuchará.

—He pecado, padre, y mi pecado es tan grande, tan monstruoso, tan terrible que creo que no merezco perdón, pero aun así necesito verbalizarlo, compartirlo con la misma fuerza que el sediento ansía una gota de agua.

—Si tú te abres, yo te recibo.

—Padre, he sesgado vidas de raíz. Yo he matado. Sí, he matado, padre, y ¿cómo? Con mi cobardía, con mi pasividad, con mi inacción, con mi silencio. Yo no puedo, pero Dios debería haber borrado aquel día… Ese día…

—Continúa, yo estoy aquí para compartir tu pena.

—Ese día, ese maldito día que ojalá no hubiera existido jamás, el vaticano requirió una vez más mis servicios. Esta vez tenía que realizar un informe sobre la postura que se debía adoptar frente al desarrollo… de… pero, ¿cómo yo me iba a imaginar que…?

—¿Sigues ahí?

—Una recién creada institución de investigación y desarrollo, en parte financiada por nuestras sucursales suizas, se diversificaba en sus operaciones; una de sus divisiones estaba dedicada al estudio e investigación de actividades científicas, digamos, conflictivas o poco éticas; a esta división la llamábamos Un Submundo Feliz. El secretismo era absoluto, su ubicación sólo era conocida por dos personas, querían evitar conexiones incómodas y no deseables. La primera de ellas era muy joven, se hacía llamar Adolf y era el director de Un Submundo Feliz. Fue él quien me puso en contacto con la segunda persona, un militar ex agente de la CIA de dudosa reputación que se hallaba agregado a Defensa Nacional, el teniente Mac Cain. Este me llevó, en un helicóptero pilotado por él mismo, a un país del continente africano que, evidentemente, no me fue revelado. Cuando llegamos a nuestro destino, vi que el lugar estaba excavado en la roca, como la ciudad de Petra; arriba, había un hotel militar donde se les hacía creer a los soldados que estaban de descanso a la espera de destino; abajo, en el subsuelo, la verdad, un laboratorio de armas bioquímicas y de experimentos con el cerebro para optimizar la obediencia y lealtad de los soldados. En Un Submundo Feliz, los soldados eran meros conejillos de indias con los que experimentaban nuevos virus; entre estos virus, había uno muy especial, un virus de transmisión sexual, que, según me explicaron, sólo podía ser transmitido por vía bucal o rectal. Enseguida lo comprendí, era un virus diseñado para erradicar, por medio del terror, las relaciones homosexuales entre soldados. Un soldado sólo debe pensar en matar, supuse. El resultado de la infección era letal. En ese momento, yo estaba un poco confundido. No comprendía qué pintaba yo en un asunto estrictamente militar. El grupo de investigación nos explicó, tanto al agregado de defensa nacional como a mí, que el virus aún no era estable y que necesitaba mucho más tiempo de experimentación. Todavía desconocían, según nos advirtieron, su capacidad de adaptación. A mi regreso a Roma, los consejeros del vaticano leyeron mi informe y escucharon mi exposición. No observé reacción alguna. Pasó el tiempo sin que nada ocurriera aparentemente, pero yo le seguía dando vueltas y vueltas a este asunto. Algo me estaba aguijoneando el corazón y no sabía qué. Me quedaba muy concentrado siempre escuchando las homilías de su Santidad. Algunos discursos condenaban claramente la homosexualidad y aplaudían la reciente promulgación de leyes que ilegalizaban el cunnilingus y la fellatio en algunos estados de Norteamérica. La ley de la alcoba, no sé si le sonará a usted de algo. Se habían propuesto contrarrestar concienzudamente el poder de las asociaciones gay en California y la incipiente aceptación social de los homosexuales. En este marco, encajaba perfectamente un virus que amedrentase a la población militar. Pero no fue así. La primera aparición del virus fue, sin embargo, justo en California, y no fue en la población militar sino en el mundo rosa. Esta estrategia ya la había visto antes. Estaba claro que el hecho de que hubiera afectado primero al mundillo cinematográfico obedecía a un plan diseñado previamente para crear impacto mediático. No obstante, las cosas comenzaron a salirse de mis analíticas predicciones. Lo que, en principio, yo pensaba que era una maniobra sicológica para imprimir terror colectivo soliviantado con una pronta vacuna comenzó a tomar un cariz grave.

—Tranquilo, tómate tu tiempo.

—Primero vino la alta mortandad entre las personas gays y, después, entre los adictos a la heroína. Esto último demostró que también podía transmitirse a través de la sangre. Homosexuales y drogadictos, me dije. Tranquilo, es controlable, me decía una y otra vez para callar mi conciencia. Deseaba quitarle importancia, hacía meditación durante muchas horas al día para apartar estos acontecimientos de mi cabeza, pero ya no había vuelta atrás, mi corazón había comenzado a carcomerse por dentro. Me volví un adicto a las noticias. Al principio, veía cómo la población sana, alentada por las clases conservadoras y sus discursos, interpretaba lo que estaba sucediendo como una especie de justicia divina, un motivo más para estar temeroso de Dios. La jerarquía eclesiástica se encontraba también muy a gusto reproduciendo una y otra vez este discurso. Yo, mientras, le suplicaba a Dios que la cosa no pasara de ahí. Pero Dios me había abandonado por completo, lo supe el día en que se infectó la primera pareja heterosexual. A partir de aquí comenzó la mayor pesadilla sicológica con la que he tenido que lidiar jamás. Un bicho poseía mi mente. Cuando se infectó el primer niño, viajé a la India, al templo budista de un amigo mío y estuve allí meditando un mes entero. No quería pensar, solo tener la mente en blanco, quería eliminar la información de mi cabeza, borrarla para siempre. Pero era imposible, mi corazón estaba podrido, y esa podredumbre subía una y otra vez a mi cerebro, recordándome hechos, palabras e imágenes que me torturaban día y noche. Volví a Roma. Justo a mi vuelta, fue cuando apareció la patraña de los monos de África y las referencias a la existencia de infecciones en este continente anteriores a las de California. Típicas técnicas de desinformación. Soy infalible reconociéndolas, mi trabajo de tesis versó sobre este tema en concreto. A nadie se le ocurrió pensar que, si el germen provenía de África, era imposible que se hubiera extendido antes en Norteamérica y Europa. Y, además, ¿con qué medios se contaba en África para diagnosticar un virus de reciente aparición décadas antes? ¿Cómo podía haber historial médico? Estamos hablando de África. No debemos olvidar esto. A mi cabeza, se vinieron las palabras de advertencia de los ingenieros biólogos de Un Submundo Feliz y esperé día tras día una reacción desde el vaticano, pero este permanecía impasible. Tras esto, llegó la eclosión imparable del virus en África. Yo, en este punto de la historia, ya estaba completamente fuera de mí. No podía dormir, ni comer, estaba preso de una neurosis, de un remordimiento que crecía en mi pecho como un cáncer, nada me calmaba, ni siquiera la oración. Un mal presentimiento me retorcía los intestinos. Algo iba pasar, estaba seguro, algo va a pasar, me decía constantemente, pero no sabía qué y yo moría del miedo a una terrible verdad. Al final, la intuición se hizo realidad.

—Tranquilo, tómate tu tiempo. Llorar es una purificación del alma. Todo lo malo se va arrastrado por las lágrimas.

—Perdone, perdone, es que la pena me ahoga. Es muy duro recordar esto, vuelvo a sentir lo mismo que sentí en su día. Me vienen de nuevo todas las emociones, como si el tiempo no hubiera dejado su huella.

—El paso del tiempo es solo una ilusión. Hay heridas que siempre están sangrando, si uno no las cura cada día con metáforas.

—Mi hermana y mi sobrina eran buenas personas, verdaderas cristianas, apartadas de la iglesia, apartadas de mí, pero gentes de bien. No entendían el trato que se le daba a la mujer en la iglesia, las comprendo, ellas eran de mucha valía como para estar relegadas a un segundo plano. Sufrían por aquellas mujeres que se veían obligadas a usar su cuerpo para combatir la pobreza, y en África existía mucha pobreza, yo las comprendía. Mi hermana siempre decía que si te obligaban a casarte con quien no amabas, practicar sexo obligado con el marido era igual que si te violaran o te prostituyeras. Mi hermana y mi sobrina intentaban combatir este virus desde una ONG en África; educaban a las mujeres para que se protegieran, las concienciaban para que usaran el preservativo, casadas o no; esta tarea resultaba bastante ardua, porque la mayoría eran católicas y su santidad se oponía a esta práctica. Esta postura tan radical de la iglesia era inhumana; no comprendían cómo la Iglesia del Amor prácticamente estaba condenando a muerte a hombres, mujeres y a los niños en sus vientres, lo cual era una aberración para ellas, contrarias al aborto. Abstinencia, monogamia o castidad era lo que propugnaba la iglesia, y eso fue lo que las apartó de mí. La noticia me cayó como un justo castigo de Dios a mi connivencia. Mi única familia estaba a punto de morir. Ambas habían sido contaminadas por el virus en una transfusión de sangre para combatir la malaria. ¿Por qué no se controlaron las donaciones? ¿En qué estábamos pensando? ¿Qué monstruo habíamos creado? Perdone, que no pueda controlar este torrente de lágrimas que me embarga.

—Tranquilo, tengo todo el tiempo del mundo para escuchar tu dolor.

—Lloré sus pérdidas, mucho, mucho, no se puede usted imaginar cuánto. En mi estado de abatimiento, pensé que algo más había en todo esto, algo que yo no alcanzaba a comprender. Se me compensó por mi silencio traicionero eligiéndome Emisario Papal, nadie cuestionaba mi lealtad, pero yo, desde mis adentros, sabía que la muerte de mi única familia y la de tantos millones de personas no era producto de un error, ni siquiera de un exceso de apresuramiento, existían demasiadas incongruencias. Una vez en mi nuevo cargo, tenía acceso a los archivos secretos guardados en las interminables galerías que discurren bajo el vaticano. El lugar donde se registra la triste historia de la humanidad obedeciendo a los intereses de unos pocos. Tras un trabajo concienzudo, oculto, cayó en mis manos un extenso informe en el que se veía una gráfica de crecimiento de la población; en dicha gráfica, la curva se hacía insostenible para el año dos mil cincuenta en los países africanos subsaharianos, muchos de los cuales doblaban su población en períodos de diez años. El resultado de este crecimiento provocaría una demanda de energía, de agua, de alimentos, imposible de satisfacer. Como consecuencia, migraciones masivas a Europa, inestabilidad, desesperación, y, a raíz de esto, revolución social, nacionalización de materias primas, guerras por el control del agua, guerras por el acceso al petróleo, en resumen: pérdida del control económico de la zona y presión poblacional en Europa, Oriente y Asia, pero, fundamentalmente, en Europa a través del Mediterráneo. El informe continuaba diciendo que, en vista de la situación política tan dispar en los países africanos, no eran posible acciones gubernamentales de control como en China; se recomendaban, por tanto, medidas de tipo supranacional entre las cuales figuraban las siguientes: incentivo de las disputas entre las diferentes etnias, mantenimiento crónico de guerras civiles y de las disputas fronterizas, suspensión de programas globales de la ONU, permitiendo solo actuaciones puntuales, ajuste a la baja de las ayudas al desarrollo por parte de los países del primer mundo apoyando a las políticas conservadoras, promoción de la corrupción para desviar presupuestos locales en sanidad, manteniendo la alta mortalidad infantil; introducción, a través de los sistemas de pruebas de nuevos fármacos de las industrias farmacéuticas, de algún tipo de virus que incidiera directamente en el proceso de reproducción; uso de políticas de disuasión para crear terror como la propagación de una epidemia por contacto sexual creada por falso diagnóstico; control de la promiscuidad con disciplina dogmática religiosa que incentivara la abstinencia, la monogamia y la castidad… En fin, qué puedo decir. Solo hay que observar la historia reciente de África para darse cuenta de que no se escogió una sola medida de las planteadas, sino que se escogieron todas. La iglesia convino la parte que le tocaba, dejando a la población en un callejón sin salida, poniendo todas las trabas posibles a su crecimiento poblacional; este virus solo era, por tanto, una pieza más de un plan mucho mayor; me sentí tan impotente y engañado y, a la vez, tan indigno y sucio interiormente… Yo, ahora, lo único que quiero es venganza. Estoy cargado de odio, padre. Un fuego me recorre las entrañas, una pena negra me ha devorado el corazón, un bicho me remuerde la conciencia; ya no tengo piedad, no siento nada, soy un cínico, un descreído, venganza es lo que más deseo en este mundo, porque es lo único que le puede dar un poco de paz a mi espíritu. Un descanso.

—La venganza solo ayudará a satisfacer tu egoísmo personal. Ayuda a los que afligiste, ayuda a aquellos que luchan con la valentía de su corazón para impedir que el mundo continúe con su agonía, pero hazlo por amor.

—Pero, ¿cómo? ¿Cómo ayudar? Es imposible, ¿no me estás escuchando? Estamos en sus manos, nada de lo que hagamos va a cambiar. Al final, ellos te terminan absorbiendo.

—Para que otro mundo sea posible, primero hay que imaginarlo. No olvides que, aunque fueran cien millones los que quisieran impedirlo, nosotros seríamos seis mil quinientos millones de personas para cambiarlo. Pretenden que no nos demos cuenta de nuestra supremacía, tienen miedo, por eso actúan así, compadécete de ellos y cambiemos el mundo.

—Si Jesucristo me perdonara, si fuera él quien me perdonara, yo volvería a sentirme con fuerzas para luchar en nombre del Amor, y no en nombre del Odio.

—Sólo tú puedes perdonarte, eres padre, hijo y hermano de todo lo existente. Te perdonaste hace ya tiempo, cuando cuestionaste, indagaste, descubriste y te supo horrible la verdad que se te presentó.

—Tú eres el que eres. Siento tu energía aquí dentro en mi pecho, calentándome un corazón que estaba viejo y roto en mil pedazos de hielo. Me has hecho ver de nuevo la luz de Dios. Dime la fórmula apropiada, te lo ruego.

—No es correcta.

—Lo sé, pero la necesito.

—Dios Padre misericordioso que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su hijo y derramó al Espíritu Santo para la remisión de los pecados te conceda, cardenal Pietro Passoli, por el ministerio de la iglesia, el perdón y la paz.

—Ahora… Ahora quiero que sepas que te digo esto por amor… BAPHOMET, el día 13, hijo, no lo olvides, BAPHOMET te hará subir al cielo, pero la verdad es que te hará bajar a los infiernos, baphomet, sabiduría, si quieres salvarte.

—Se lo agradezco.

—Soy yo el agradecido, Miguel Ángel. Y es cierto, un ángel le sonríe.

—Ve en paz.

—Hay algo más… Ese hombre del que le hablé, el teniente Mac Cain, ayer me lo encontré aquí, en el hospital. Hice como si no lo conociera… En el helicóptero me dijo que tenía un cáncer terminal, no sé qué hicieron con él al final, el caso es que su informe médico también estaba en los archivos secretos del Vaticano. Quiero que sepas que lo engañaron, el teniente Mac Cain estaba completamente sano.