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—Margaret, dime rápido lo que tengas que decir. Tengo una reunión urgente con los Organizadores. La conversación entre Miguel Ángel con el cardenal y el monseñor ha sido altamente satisfactoria para nuestros intereses. (…) Le llevo las grabaciones a los Organizadores justo ahora. (…) No, no las puedes ver. (…) Porque yo soy el presidente de Un Mundo Feliz y tú, la vicepresidenta. (…) Ya veo. (…) Sí. (…) Sí. (…) Lo entiendo, Margaret. (…) No, no. No creo que sea necesario. (…) No tiene por qué. (…) Claro, ¿cómo se va a imaginar ese tal…? ¿Cómo se llama? (…) Martin, que nosotros somos los que fabricamos el dinero. (…) No seas maliciosa, Margaret. (…) ¡Ja, Ja! ¿No le pagamos para eso? ¿Lamer culos? Pues, hala. (…) Tienes razón, si nos negáramos, podría resultarle extraño al cardenal. (…) Sí, si, además, no va a entender nada. (…) Muy bien, Margaret. (…) Está claro que, lo que sea, se está haciendo a espaldas del Pontífice. (…) Nunca mejor dicho: de la misa, la media. Adiós, Margaret. (…) Adiós.

—Sí, Martin al habla. (…) Hola, doctora Margaret, es un placer hablar contigo. (…) Sí. (…) Sí. (…) Lo entiendo; faltaría más, Margaret. (…) Perdón, señora Vicepresidenta. (…) No dude que yo… (…) Sí, señora. (…) Sí, señora. (…) Estoy seguro de que conseguiré más presupuesto para… (…) ¿Cómo? ¿Que usted nos acompañará personalmente? Es todo un honor, pero no creo que sea necesario (…) Sí, señora. (…) Sí, señora Vicepresidenta (…) Doctora Margaret, sabe usted que cuenta con mi más alta admiración (…) Por supuesto, concreto la cita con el cardenal y… (…) ¿Señora Vicepresidenta? ¿Doctora?

—Ya veo. (…) Sí. (…) Sí. (…) Lo entiendo, hijo mío. (…) Y, dígame, señor Martin, ¿podría acompañarnos en la visita la señorita Daisy? (…) ¡Repentinamente enferma! (…) ¡La primera vez desde que trabaja con ustedes! Ya veo. (…) ¿La Vicepresidenta? (…) Bueno, bueno, ningún problema. (…) ¿A las diez? Sí, parto para Roma a las trece. Está bien. ¿Eh? (…) Sí, claro, eso fue lo que tuve, sueños. Desayuno y viene a recogerme. (…) Y la paz de Dios sea con usted también. (…) ¡Arrivederci!

[…]

—Buenos días, Cardenal.

—Señor Martin, por favor, ¿quiere dejar de besarme el anillo?

—¡Ejem! ¡Claro!… ¿Subimos, eminencia?

—Este ascensor me da una mala sensación… debería usted revisarlo, doctor Martin, ¿acaso subimos muy alto?

—El laboratorio de investigación de alto nivel ocupa las últimas veinticinco plantas del edificio, pero no se preocupe, lo tendré en cuenta.

—Pase, por favor… Espere, hablaré con los agentes de seguridad.

—¿Metralletas? ¿Subfusiles de asalto? Están bien equipados. ¿Qué guardáis ahí dentro, doctor Martin?

—Eeeh… ¡Nos abren! La señora vicepresidenta nos espera dentro.

—¡Vaya puertas! Medirán dos metros de espesor. Aquí hay un verdadero hangar dentro del edificio, tendrá unas cinco plantas de altura o así, ¿no? ¡Señor Martin, me están ustedes asombrando y asustando! ¿Señor Martin…?

—¡Mire, mire, cómo brilla todo! Parece como de acero inoxidable o…

—Me parece que usted tampoco ha estado aquí nunca. ¿Quiere dejar de mirar el techo y atenderme?

—Eeeh…Sí, claro, eminencia. Mire, ahí se acerca la señora vicepresidenta.

—Señora vicepresidenta, le presento al cardenal Pietro Passoli, emisario del Papa. Eminencia, le presento a la señora Margaret, vicepresidenta de Un Mundo Feliz.

—Es un honor, eminencia, poder mostrarle las instalaciones de lo que llamamos el búnker de Un Mundo Feliz.

—No, no es necesario que se incline. El placer es mío, señora vicepresidenta, y, por favor, llámeme sólo cardenal Pietro o con cardenal bastará.

—¡Ah, ja, ja, ja! A mí puede llamarme Margaret, puede ahorrarse el título de doctora. Cardenal Pietro, tengo el gusto de presentarle a nuestro fabuloso ingeniero, el señor Chan. El señor Chan ha diseñado nuestro complejo de investigación y es el único que conoce la combinación diaria de nuestro multiascensor. Él nos acompañará en la visita. Yo no dispongo de espacio en mi cabeza para memorizar la combinación cada día, ja, ja, ja, ja.

—Mucho gusto, ¿combinación diaria, señor Chan?

—Efectivamente, eminencia. Digamos que nuestros ascensores son peculiares, no le llevan directamente al piso marcado. Además, ningún ascensor llega a todas las plantas del complejo. Los investigadores sólo saben el camino de entrada y salida de su área, si improvisaran, se verían sumidos en un laberinto de ascensores.

—No le entiendo, señor Chan.

—¡Ja, ja! No es muy complicado, eminencia, verá, cada mañana se me ocurre una palabra, por ejemplo, los viernes 13 suelo utilizar la palabra Baphomet.

—Por la maldición que el último Gran Maestre de los Templarios, Jacques de Molay, profirió ese día hacia la monarquía y el papado en el momento de su muerte a manos de la Inquisición.

—En efecto, eminencia; pues bien, estas letras se traducen a una secuencia matemática que programa informáticamente a los ascensores. El equipo informático sabe la secuencia, pero no la palabra, usted sabe la palabra, pero no sabe la secuencia. Sólo la vicepresidenta y yo sabemos ambas cosas. Si no supiera la secuencia del área a donde desea ir, los ascensores le conducirían recursivamente a largos pasillos y estos pasillos a otros ascensores que conducen a otros pasillos y usted moriría perdido dentro de un laberinto imposible. Este laberinto nos protege, nos da seguridad incluso frente a nuestra propia seguridad, la cual, como ve, sólo se ocupa, en el hangar, del tránsito de entradas y salidas.

—Eminencia.

—Dígame, Margaret, hija mía.

—Sé que su avión parte pronto, ¿qué desea ver de nuestras instalaciones?

—Sus programas de investigación estrella.

—Ja, ja, ja, ja. Son muchos, eminencia, y bastante complejos, la mayoría multidisciplinares.

—Descríbame alguno, a modo de ejemplo.

—Bien, aquí tenemos, nuestro Laboratorio de Informática Cuántica, desarrolla sistemas de inteligencia artificial entre otras cosas. Precisamente, el proyecto Eliza se ocupa del desarrollo del lenguaje natural en estos sistemas, analizando las funciones de comprensión pragmática. Esto es gracias a su financiación.

—¿Y también es multidisciplinar?

—Bien, tenemos un gabinete de coordinación con otras áreas…

—¿Con cuáles, hija mía?

—Con las maneras de guardar información lingüística a nivel cuántico.

—En cristiano, Margaret, en cristiano.

—Potencialidades de la gramática de las lenguas en su relación con el contexto histórico, con las bases de conocimiento codificadas por la cultura, posibilidades de los sistemas integrados y codificados a nivel cuántico que en otro nivel serían imposible de registrar.

—Ya, ya. ¿Podríamos visitar este gabinete, hija mía?

—Cardenal Pietro, permítame decirle que tenemos otras áreas de sumo interés.

—No, esta mismo. Me servirá como ejemplo para ilustrar a la junta del Basilea Financial Bank. Estoy seguro de que sabrán impresionarme.

—¿Señor Chan?

—Perfecto, de paso podemos pasear por el área de inmunología, dos combinaciones, y estamos allí, doctora Margaret.

—¿Área de inmunología?

—Ya le dije, cardenal Pietro, que teníamos lugares mucho más interesantes. En nuestra área de inmunología, trabajamos en el estudio del desarrollo de un medicamento genérico para todas las patologías víricas y bacterianas e, incluso, para las mutaciones celulares perjudiciales para el organismo. La Vacuna Universal, ja, ja, ja. Nuestro equipo incluye a los mejores genetistas, entre otras especialidades. Conjuntamente, están trabajando con un anticuerpo evolucionado que incide directamente sobre la célula. Algo revolucionario, podría librarnos de lacras como el cáncer o el sida.

—¿Están ustedes experimentando con el virus del sida?

— Si desea los pormenores, hablaremos con el Doctor Admed…

—¡No deseo saber nada sobre el sida! ¿Podemos evitar ese lugar?

—Claro, (?)… Señor Chan, por favor.

—Eh…Sí. A través de los abominables, en tres combinaciones de ascensor.

—¿Abominables?

—Disculpe, cardenal Pietro, es una broma del profesor Gustav, coordinador del recinto zoobotánico para análisis y experimentación con animales y plantas. Señor Martin, usted espere aquí, por favor.

—Como le iba diciendo, cardenal, ¿ve usted? Hemos marcado, planta 3, área de coordinación de estudios del cerebro, sin embargo, el ascensor siete (en el que ahora estamos) va a ascender diez plantas y nos da acceso al…pasillo que comunica con el ascensor 2. Volvemos a marcar 3, ahora bajaremos sólo dos plantas hasta el área de Zoobotánica; es un atajo. Sígame, cardenal debemos atravesar el hangar de Zoobotánica.

—¡Vaya paraíso, señor Chan! ¿Y todos estos árboles?

—Cardenal, no estoy al corriente del objeto de estudio, ¿señora vicepresidenta?

—Estudios de resistencia genética al cambio climático.

—¿Delfines? Parece que juegan con ese viejecito.

—Es una larga historia. Cardenal Pietro, ese viejecito es el profesor Gustav, director del área y el mayor especialista en técnicas de comunicación con delfines, a pesar de su edad y de estar ya un poco loco.

—Buenos días, profesor Gustav.

—Ah, sí, buenos días… Ahora resulta que hablan con extraterrestres. Los delfines hablan con extraterrestres.

—(Lo que le decía).

—Profesor Gustav, atravesamos su área, queremos acceder al ascensor uno.

—Sí, sí, señor Chan, están todos en sus recintos, no hay peligro.

—Delfines, bonobos, serpientes, murciélagos, hormigas y eso, ¿qué es? ¿Cultivos vivos de amebas? Tiene usted aquí un zoológico, Margaret.

—Ja, ja, ja, ja.

—Bueno, llegamos cardenal, marco 3 y…

—¿Por qué tienen puertas por los cuatro lados? Ya veo, muy astuto, señor Chan, entramos por una puerta y salimos por otra.

—Un extraordinario, sublime laberinto que hace de este lugar un sitio inexpugnable; es más, le diré que los ascensores no siempre que suben, suben, ni siempre que bajan, bajan. Nada es lo que parece, cardenal.

—¿Qué quiere decir con eso, señor Chan?

—¿No se ha fijado en la doble puerta? Algunos ascensores se desplazan por el interior del verdadero ascensor, por el vano de varias plantas de altura, dando una impresión equivocada: subimos en vez de bajar o viceversa. Por favor, salga usted primero, cardenal.

—Tenga cuidado con las escaleras, cardenal; como ve, desde aquí observamos una panorámica completa del área de coordinación cerebral. En ella, nuestros investigadores están trabajando con fotones, haciendo experimentos de luz secuencial. Este es el motivo por el que sólo podemos tener iluminación indicativa con leds en el recinto.

—Hay mucha oscuridad, ¿vamos al cine a ver una película, Margaret?

—Casi, cardenal.

—Póngase las gafas. Esperemos un momento…

—Gracias, señor Chan…

— ¡NO, NO, NO y NO! Los cálculos son incorrectos.

—Discúlpeme, doctor Stoller.

—(?).

—Señores, les presento a su eminencia, el cardenal Pietro Passoli, emisario del Papa. Eminencia, el doctor Stoller, la doctora Poster, la doctora Bartelme, la doctora Parisot, el doctor Emoto y la doctora Miial.

—Hasta para una persona ajena al mundo de la investigación científica, como yo, me es conocido el reconocimiento, en la investigación del cerebro humano, de todos vosotros. Estoy gratamente sorprendido… De todas formas, me parece extraño, Margaret, que hallándose en esta residencia la recientemente ganadora del premio Nobel, la Einstein del siglo XXI, como la han llegado a llamar, premio Nobel precisamente en este campo, no se halle formando parte de este equipo.

—Ah, ja, ja, ja. Dicen que sólo hay dos personas que entienden la teoría de la doctora Alexia: una es ella misma; la otra, el doctor Emoto, aquí presente.

—Gracias, vicepresidenta. No se preocupe, eminencia, tenemos en cuenta las teorías de la última premio Nobel.

—Pero, doctor Emoto, sabe usted que la teoría de funcionamiento del neocórtex por secuencias fotométricas de implantación a escalas, más conocido como el fenómeno de Pattern Matching, contradice a los evolucionistas, genetistas (…) por no decir que bajo estos condicionantes, el pensamiento debería viajar a velocidades superiores a la luz (…) el sistema no funcionaría, contradice a los relativistas (…) no nos podemos aferrar a lo que, en mi opinión, considero un fraude.

—Doctora Miial, el doctor Emoto tiene razón cuando nos argumenta que, en la misma medida que la mecánica quántica afecta a (…) ¿Estamos hablando de física o de la física de las partículas? (…) La materia del propio pensamiento, no de su generador, ¿es la misma o no? Concluyo.

—Muy hábil su argumentación, doctora Bartelme, pero ¿en qué lugar de la ecuación colocamos entonces los sentimientos? (…) Su física es química, de acuerdo, pero ¿quién comanda la generación de la química? ¿En base a qué se genera un sentimiento? (…) Estoy hablando de la materia del generador, no de las moléculas químicas, no de la materia del sentimiento, sino de la de su generador…

—¿Tiemblo porque tengo miedo o porque tengo miedo, tiemblo? Parafraseando. Es eso lo que usted nos dice (…) y, de esta manera, doctora Poster, nos hallamos buscando al traductor y al traductor del traductor, y así sucesivamente, sin percatarnos de que en realidad al que buscamos es al que habla.

—Los genes de cada célula comunicándose unos a otros sus necesidades; el cerebro, su intermediario. Ese es el hablante.

—El ADN rastreando el campo de Higgs.

—Marcas eléctricas diferenciadas en la superficie de las neuronas.

—Registros químicos diferenciados por estímulos del medio. Nada más.

—Información codificada, en base diez elevado a mil, tal vez; pero no deja de ser una codificación matemática, una programación.

—Está bien claro que no nos ponemos de acuerdo con la naturaleza del hablante. Yo opino que son fotones rastreando como ondas y concretando como partículas.

—Gracias, gracias, doctor Emoto, doctores y doctoras, pero yo, en verdad, estoy interesado en mi paciente, el señor Miguel Ángel…

—Su estructura cerebral es completamente normal, ¿eso no me lo negará, doctor Emoto?

—No me negará su inteligencia, doctora Miial.

—Y, ahora, ¿qué buscamos? ¿Diferencias de materia provocadas por la inteligencia, doctor Emoto? No me trago eso del poder del amor (…) conexión con el cosmos (…) una sola partícula quántica que se crea a ella misma antes de la colisión y al electrón que genera la colisión (…) ¿A qué conclusión llegamos? ¿A la de que todo el universo, visible o no, nosotros, somos finalmente una única, misma partícula?

—Dios existe, pero no tiene barba, doctora Poster.

—Doctor Stoller, esta partícula aparece en el acelerador (…) es la paradoja del astronauta que viaja al sol: la luz del sol tarda seis minutos en llegar a la tierra, el sol que vemos es el de hace seis minutos. Si el astronauta tarda seis minutos en llegar al sol y otros seis en regresar, y parte de vuelta nada más llegar, en el momento en que observáramos que el astronauta llega al sol, veríamos que, en ese mismo instante, también llegaba de regreso a la tierra (…) si fuera al doble de la velocidad de la luz, partiría a la vez que llega…

—¿Quiere decirnos con esto, doctora Parisot, que la colisión provoca en la partícula velocidades superiores a la de la luz, por eso aparece antes de que ocurra? (…) sería como el pensamiento; si este superara la velocidad de la luz, el cerebro se convertiría en nuestro gran traductor del tiempo, secuenciándolo linealmente en fotones…

—Doctor Emoto y demás doctores, yo estoy realmente interesado en saber si mi paciente es capaz de predecir sucesos que aún no han ocurrido.

—Claro.

—Por supuesto.

—Indudablemente.

—Dudo que la concepción suya del cerebro como receptor de expansión cuántica sea factible, pero sí.

—Pero, doctor Stoller, ¿cómo si no explicamos el fenómeno de entrelazamiento de electrones? Este fenómeno es instantáneo. Y ahora, yo me pregunto: ¿cómo se traduce instantáneo al lenguaje físico-matemático? ¿2luz, 3luz? ¿Cuánta velocidad es la palabra instantáneo? (…) Aún así no nos cabe ninguna duda de que el paciente, Miguel Ángel, percibe el fenómeno de entrelazamiento de alguna manera. Su mente no conoce limitaciones en lo que al tiempo se refiere.

—Bueno, bueno, es un poco prematuro todavía realizar tal afirmación. Nos estamos basando en apreciaciones personales de nuestra experiencia con él. No están demostradas con nuestros cálculos.

—Gracias, doctor Emoto. Doctores, es todo lo que quería escuchar, gracias, gracias. Margaret, mi avión a Roma parte pronto. Lamentándolo mucho, debo retirarme.

—(Señor Chan…)

—¿Margaret?

—(Algo trama este zorro, señor Chan, colócale nuestra seguridad.)

—¡Margaret! Querida, le estoy hablando.

—Ah, ja, ja, ja. Señor Chan, indíquenos el camino. Ah, ja, ja, sí, muy interesante, cardenal Pietro. ¡Lamento tener que despedirme ya de usted! Ha sido tan breve… Pero, ya sabe, puede usted volver cuando quiera, aquí le recibiremos como siempre, con los brazos abiertos.