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—El Emisario del Papa, Cardenal Pietro Passoli, y el vicario de la Congregación de Nueva York, Monseñor Francisco Pérez, cuánto honor para un humilde numerario como yo.

—¡Miguel Ángel, un abrazo de hermano!

—¡Michelangello, un beso, hijo mío!

—¿Qué? ¿Cómo te encuentras? ¿Te están tratando bien aquí? Ya veo que esto está a todo lujo. A ver si no vas a querer volver a tu residencia en Madrid cuando salgas de aquí. Las residencias de la Obra son tan sencillas… ¡Ja, ja!

—Nada de lo material me era necesario en Madrid, nada me lo es aquí, monseñor.

—Si Dios está contigo, Michelangello, nada necesitas.

—Que el amor que proviene de la sabiduría y de la libertad esté siempre presente, nada más necesito yo, nada más necesita Dios, cardenal.

—Cierto, Michelangello, y que el alma de los presentes estén entregadas al servicio y obediencia de Dios Supremo y a su divina presencia en la tierra.

—Dios Supremo implica jerarquía, y la jerarquía es cosa de humanos. No creo que su idea de Dios tenga algo que ver con mis necesidades.

—Pero, ¡qué está diciendo, Miguel Ángel! ¿Es que ha perdido la fe?

—La fe no se puede perder, porque intrínsecamente todo es fe. Usted, por ejemplo, monseñor, piensa que es sólido, cuando en su mayor parte es líquido; piensa que usted es compacto, sin embargo, es vacío lo que le conforma; cree que permanece inmóvil ahí sentado, pero no es cierto, viaja rotando con la tierra, trasladándose alrededor del sol, girando con la galaxia, expandiéndose con el universo. Usted piensa que está aislado por el espacio, pero está entrelazado cuánticamente con todo, usted piensa que lo que aconteció y lo que acontecerá en usted está separado por el tiempo, pero inevitablemente es un sólo conjunto.

—Es de esta manera como lo haces, hijo mío. ¡Michelangello! ¿Es así como puedes ver lo que va a ocurrir en el mercado de valores? ¿Un ángel te sonríe?

—¿Un ángel? Si no tenemos el verbo, la metáfora se hará verbo de la misma forma que un pintor nos deja ver brillo, volumen, profundidad, donde no hay más que un lienzo plano. ¿Un ángel? Si deseas pintar en tu mente, sea: veo la sonrisa del ángel que nos sonríe a todos.

—¡Válgame purísima! ¡Te crees iluminado!

—Si te crees iluminado, ¿por qué nos haces esto? ¿Por qué actúas contra nosotros, Michelangello? Tú, que analizaste con acierto, durante años, el ascenso de las cotizaciones de constructoras, inmobiliarias, energéticas y, finalmente, alimentarias. Tú, sin embargo, provocaste el colapso del sistema durante cuatro lunes seguidos, difundiendo la noticia de la caída del mercado de valores. ¿Precisamente tú nos atacas? ¿O acaso ignorabas que actuando como lo hiciste perjudicabas a tu Iglesia?

—Cardenal Pietro, mi Iglesia no es iglesia de faraones sino del pueblo. ¿Creéis que mi verbo hizo lo que vuestra codicia provocó? ¿Porque yo lo vi, ocurrió o porque ocurrió yo lo vi? ¿Seguís pensando que existe diferencia?

—¡Has traicionado a nuestra obra, la memoria de nuestro Santo Padre Fundador, has de temer la ira de Dios, estás en pecado! ¿Eso es lo que pretendes? ¿Ser excomulgado? ¿De qué nos sirve tu luz?

—Haya paz, haya paz, monseñor. El Papa no ha hablado de excomuniones. Michelangello, escucha, el Papa sólo desea saber quién te dijo que realizaras semejante acto y te conmina a que busques el perdón en tu propósito de enmienda. Escucha, nadie sabe que estás en una institución mental, tu credibilidad sigue intachable. ¡Monseñor! Por favor… convénzale.

—Sí, es cierto, le hemos dicho a tus hermanos de la Obra que te has retirado a estudiar la compleja situación para facilitarnos un informe que ayude a sanear nuestras entidades financieras…

—Podrías difundir, Michelangello, la inseguridad financiera de las demás instituciones con respecto de las nuestras. Necesitamos captar fondos, estamos al borde de la quiebra.

—¡Cardenal! ¡Monseñor! Me estáis pidiendo que mienta.

—Porca miseria…Oh Dio…

—Cardenal, Monseñor, no se ofusquen, ya se nos dijo hace tiempo que nosotros no debíamos adorar al becerro de oro, sólo los faraones necesitan oro, la iglesia necesita pan.

—Sin oro, no hay pan, ¿capito, Michellangelo?

—Pues si no hay pan, no habrá más oro.

—¡Maldito bastardo! Nunca debimos hacerte llegar más allá de numerario auxiliar, ¿para qué te instruimos y te dimos estudios? ¡Cómo nos engañaste con tu maldita inteligencia! Todos los que provenís del populacho sois chusma.

—Yo no os engañé, monseñor Pérez, os dije y mantengo que ayudaría a mi Iglesia, Ekklesia Katholikos o Asamblea Universal, ¿es qué habéis olvidado el significado de estas palabras?

—No cabe duda, monseñor, se trata de lo que hablamos… Hijo mío, no sé lo que te habrán ofrecido los Organizadores, y sí, es bien cierto que se creen faraones, pero recapacita, esta vez van contra nosotros: estos hombres son siempre un enigma; cuando logramos entender sus acciones, siempre nos sorprenden con sus resultados, pero nos benefician. Sé que te habrán contado que el Papa bendice sus acciones y los obedece, pero, por encima de ellos, el Máximo Pontífice obedece la doctrina de Cristo.

—La figura del Papa jamás ha seguido la doctrina de Cristo: el Papa Silvestre y no Cristo decidió qué textos eran palabra de Cristo y cuáles no, cuando lo único que dejó Cristo, para que fuese transmitido, fue su verbo. Este Papa ordenó que se apartara a la mujer del poder de trasmitir la palabra de Cristo. Fue él también quien estableció la divinidad de Cristo, afirmando que era el único hijo de Dios y no un maestro o profeta, Rabí, como lo llamaban sus apóstoles.

—¿Estás cuestionando la divinidad de Cristo? Te pudrirás en el infierno, ateo.

—No es cuestionable aquello que no es una cuestión. Monseñor, le repito que fueron palabras de sus Papas, no de Cristo.

—Monseñor, cálmese, no está ayudando nada. Michelangello, yo le entiendo, comprendo su crisis de fe. Pero eso ocurrió hace mucho tiempo. Ya, ¿qué le vamos a hacer? Yo le estoy hablando de ahora, necesitamos de Dios y de su ayuda ahora. ¿No crees, hijo mío, que la obra de la iglesia ha sido indispensable en este mundo inmoral?

—La moral es intrínseca al ser humano, a su genética, al mandato de procurar que la especie sobreviva y al mandato de procurar su propia supervivencia, ambas se contradicen, la manera de priorizar un mandato u otro es el libre albedrío, esto da como resultado diferentes combinaciones de moral y, a las distintas maneras de tratar de imponer alguna de estas combinaciones como la más acertada, se le ha llamado religión y poder cívico.

—Michelangello, la moral de Cristo es la moral más acertada.

—Cristo habló de Amor, de Sabiduría y de Voluntad; esto que se logra a través de la generosidad, la compasión y la empatía. La bondad, el perdón y la ayuda a los más débiles. Todo esto se traduciría en libertad, paz y felicidad.

—Esos son los fundamentos de la Obra, Miguel Ángel, lo sabe muy bien.

—Que sean los fundamentos no lo convierten en la Obra. En el siglo II, el Papa San Higinio estableció la jerarquía en la iglesia. El Papa San Aniceto prohibió que se llevara el pelo largo. El Papa Siricio estableció el celibato. El Papa San Eugenio I, en el siglo VII, impuso la absoluta castidad, que tantos problemas os ha dado. Alejandro VI hizo guerras en nombre del papado. Inocencio I reclamó la soberanía para la iglesia vaticana. Gregorio el grande, el poder papal. Pío XIX sentenció la infalibilidad Papal. Al Papa San Marco, se le ocurrió que debíais usar Palio. San Silvestre se otorgó la corona, la Triada; Esteban I, la silla Gestatoria, reminiscencia de transporte de emperadores y faraones. Alejandro I añadió el agua bendita, rito de purificación pagano. San Clemente instauró el amén, que hace referencia al dios egipcio Amón. Telésforo, el ayuno; San Ceferino, la Comunión y la prohibición de usar los cálices de madera; y, por último, San Sotero decidió que el Amor sólo lo sería si, previamente, era bendecido por un sacerdote, estableciendo así el sacramento del Matrimonio.

—…

—…

—Entiendo vuestro silencio, comprendo vuestra vergüenza ante la evidencia de que vuestra moral no es más que una miscelánea de las diferentes ocurrencias, más o menos acertadas, de diferentes hombres, pero no de Cristo.

—Miguel Ángel, nuestra moral se basa en la consecución de la pureza de espíritu.

—Vuestra moral, monseñor, se alimenta del miedo, el miedo a no ser recibido en el reino de los cielos, y por culpa de lo cual, estamos obligados en vida a sufrir por nuestros pecados. Esto valida cualquier aberración en nombre de Dios. ¿Obligados a sufrir? ¿Sabéis lo que estáis diciendo? ¿El dios del Amor os obliga a sufrir? Pues sabed que mejor sería que utilizaran su cilicio y su látigo para buscar placer en vez de sufrimiento.

—¡Michelangello!

—¡No, déjeme a mí, cardenal! Estás cuestionando la autoridad Papal. Sabes que eso significa tu expulsión de la Obra. ¿Pretende destruir todo lo que hemos construido, dejar al mundo sin moral e irse a su casa de rositas, mientras todos sufrimos por sus acciones? De eso nada, va a rehacer lo que ha deshecho. Hará lo que nosotros le digamos que haga y, después, puede coger nuestro cilicio y nuestro látigo y metérselo por dónde mejor le parezca.

—Conoced la parábola de los tejedores y el gusano.

—¿Qué?

—¿Qué dices, Michelangello!

—El bosque estaba siempre habitado por los gusanos porque este siempre había colmado sus necesidades. Los tejedores vieron sus bellos hilos y se los pidieron y estos se lo dieron porque pensaron que de nada les valía una vez nacida la mariposa. Entonces, los tejedores crearon telas tan bellas que todos los reyes desearon poseerlas, de tal forma que cada vez empezaron a necesitar más y más telas, y también más y más gusanos para obtener tanto hilo. Con el tiempo, los tejedores pensaron que, si metían a los gusanos en granjas, ahorrarían espacio, liberarían de ellos el bosque y, además, obtendrían más capullos con mayor facilidad. Para convencer a los gusanos, les persuadieron de que nada les debía preocupar a partir de ese momento, ya que, en las granjas, no dependerían de las contingencias del tiempo; además, les prometieron traerles del bosque las hojas de la mora. Los gusanos solo debían preocuparse de tener hilo. Esto fue lo que les dijeron. Con el tiempo, el bosque dejó de ser suficiente, de modo que los tejedores buscaron otros bosques, más alejados. Los gusanos que los habitaban se vieron obligados a buscar cobijo en las granjas, porque los tejedores se llevaban todas las hojas. Fue así cómo, a medida que mejor vivían los tejedores, peor vivían los gusanos. Los tejedores ya no sólo vendían las telas, sino la promesa de las telas que iban a tejer. Y a los gusanos ya no les daban a cambio las hojas, sino telas de los propios tejedores para que las cambiaran por hojas de mora. Con el tiempo, los gusanos ya no recibieron ni hojas de mora, ni telas, sino papeles que valían por la promesa de las telas que los tejedores iban a hacer. De esta forma, los tejedores consiguieron que los gusanos costearan el hilo, las telas, las hojas, su transporte, los árboles, el agua, las granjas y hasta el sol que recibían. Los gusanos se habían convertido en los esclavos de los tejedores. Conforme el engaño se hacía más complicado, para mantenerlo, los tejedores tuvieron que seguir arrasando bastas extensiones de naturaleza para obtener las hojas, sumiendo así a la mayoría de los gusanos en la más terrible miseria. Mientras, otros gusanos, los menos, prosperaban en la burbuja del engaño y se creían tejedores, incluso los defendían, y contribuían a educar a los gusanos en que el sistema estaba bien hecho, que era fruto de la naturaleza, que de toda la vida las cosas habían sido así, los gusanos abajo, los tejedores arriba y nada ni nadie podría cambiarlo. Y los nuevos gusanos, que no habían visto otra cosa, se lo creían. Tanto era así que todos los años, para las fiestas, le agradecían a los tejedores su bondad por darles trabajo y sentido a sus vidas. Mientras tanto, los árboles empezaron a escasear, el ritmo de crecimiento no dependía de las necesidades y fue cada vez más difícil conseguir agua y trasladarla. Un buen día, apareció un gusano hábil que, poco a poco, logró pertenecer al grupo de los que, supuestamente, habían prosperado. Y digo, supuestamente, porque jamás un gusano podría llegar a ser tejedor. Este gusano analizó la situación y decidió decirles la verdad a los compradores: la tela que compráis y vendéis nunca existirá, por consiguiente, no tiene ningún valor. Los tejedores os mienten. Y la promesa de la seda dejó de comprarse y venderse. Los tejedores no lo entendían y le preguntaron por qué lo había hecho. El gusano les respondió: Vosotros lo sabíais igual que yo y no pensabais decir nada hasta que no quedara un solo árbol sobre la faz de la tierra. Pero no hemos nacido para que vosotros podáis hacer telas hasta que nos llegue la muerte. Hemos nacido para disfrutar de la vida, y, para nosotros, los gusanos, este va a ser nuestro tiempo. —¡Válgame el cielo! Has ido contra los faraones, nos culparán a nosotros, a la Obra. Los Organizadores cargarán contra nosotros, ¡Dios mío! ¡Dios mío! —Te equivocas, monseñor, culpabilizarán al Vaticano, pensarán que es nuestro Máximo Pontífice el que los ha traicionado. He de hablar con el Papa, debemos renunciar a nuestra conveniencia con los faraones. La Iglesia no puede asociarse a los Organizadores, ¡sería nuestro derrumbe!

—Difícil es derrumbar lo que nunca fue construido, eminencias.

—Espere, cardenal, espere. ¿Y si este pijo esquirol trata de desorientarnos?

—Michelangello, Michelaaangello… Dinos que va a ocurrir, tu iglesia se mantendrá a salvo, ¿verdad?

—En verdad os digo que aquel que tenga su mente llena de Amor, Sabiduría y Voluntad, nada habrá de temer.