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—Cardenal Piero Passoli, Monseñor Pérez, bienvenidos una vez más a Un Mundo Feliz. Queríamos darle nuestro agradecimiento, de manera muy especial, en nombre de la dirección, del personal y en el mío, como gerente de este hotel. Han sido ustedes muy amables al recomendar nuestro centro-hotel de descanso a su selecto círculo financiero, tras su anterior estancia aquí. También querría agradecerle, monseñor Pérez, de parte de nuestro gabinete psicológico, la confianza que ha depositado en nosotros al entregar a nuestro cuidado a su estimado numerario.

—Sí, sí, tienen ustedes unas masajistas tailandesas fabulosas, señorita Daisy, me vinieron muy bien para aliviar el estrés. Debería usted probarlas también.

—Al personal no nos está permitido…

—No, señorita, no me refería a usted, me estaba dirigiendo a mi buen amigo, Monseñor Pérez.

—Cardenal, no están las cosas como para que perdamos el tiempo en masajes, pero gracias de todas maneras.

—Perdónenme ambos… ¡Ah! Planta treinta y cinco, hemos llegado.

—Señor, pretendemos pasar. ¿Se aparta?

—¡Vale, vale! No hace falta que me empuje… ¡Joder! ¡Con la iglesia hemos topado! ¿Qué son ustedes? ¿Obispos o qué? Ya veo, vienen con la intención de ver al Jesucristo. ¡Ja!

—Señor Mac Cain, ¿tiene usted autorización para regresar al hotel?

—Hola, rubia. No se fíen de las apariencias, señores curas, aquí donde la ven, bajo esa carita de ángel, ese escultural cuerpo y esos simpáticos modales, se encuentra una fría e inconmovible sargenta. Aquí tiene su papelito, ¿contenta?

—Señorita, nuestro tiempo es muy limitado.

—¡Ya me voy, ya me voy! ¡Tranquilos, no pienso quedármela!

—Por favor, señor Mac Cain, le ruego que trate con el debido respeto a…

—Con estas pintas que lleváis, no me extraña que obliguéis al chico a vestirse siempre de traje de chaqueta. ¿Eso qué es? ¿Una toga de Luquino y una sotana de Rasmani? Madre mía, la crisis para el alto clero no está de moda, por lo que veo.

—¡Señor McCain, no sea usted impertinente!

—¿Impertinente? Acércame tu oído, rubia…Venga… (Escúchame, he tratado con tipos como estos y no te creas que no están pensando, al igual que yo, en lo suculento que sería meter la mano entre las piernas de la escueta minifalda que llevas hoy. Te aseguro que a la primera de cambio te meten mano con mucho disimulo).

—Marchémonos, eminencias.

— Al fin nos alejamos de esta presencia tan desagradable. ¿Quién era ese tipo?

—¡TE LO ASEGURO, RUUBIA!

—Nadie, un paciente, un degenerado, un depravado… Por favor, perdónenme, eminencias, y olviden este incidente.

—Nada, hija mía, no se preocupe. Tenga, si necesita confesarse, aquí tiene mi número personal y con gusto le facilitaré el servicio. Como buena cristiana que es, sé que se sentirá obligada a hacerlo. No tarde mucho, parto mañana mismo a Roma, tal vez, esta misma noche podría ser.

—¿Quéeee?… ¡Claro!…Consultaré mi agenda.

—Respecto a lo que le estaba comentando antes de este desafortunado incidente, el señor Martin, director del área de tecnología lingüística de esta institución, me ha insistido en agradecerle personalmente su interés por Un Mundo Feliz. Si me esperan, voy a comunicarle su presencia, será sólo un momento; acomódense, Mills les servirá lo que deseen.

—Está bien, pero sólo un momento.

—Sí, eminencia, voy corriendo.

(…)

—¡Oh! ¡Por favor, cardenal! ¡Si es una niña! La va a gastar con la mirada.

—Sí, sí, monseñor, una niña que ya es gerente de uno de los mejores hoteles de la ciudad. ¿Cómo crees que lo ha conseguido? Además, me divierte ver cómo le botan sus tetitas a la carrera. ¿No las ha puesto ahí Dios para eso?

—¡Cardenal! ¡No blasfeme!

—¡Bah! Tonterías. Vosotros, los de la Obra, siempre tan cautos y reservados. No me diga que no le gustaría tenerla de numeraria-auxiliar, comprobarle si lleva el cilicio bien apretado al muslo y si se ha aplicado las nalgadas con suficiente dureza… Y, en el caso de que no fuera así, proceder a corregirla cargadito de amor… Un Whisky, muchacha, ¿y usted, Monseñor?

—¿Eh? Agua mineral… ¡Yo jamás he realizado tales acciones!

—Claro, claro, por supuesto que no, no sé ni cómo se me ha ocurrido… La prefectura me indica que le comunique que no podemos asistir a más escándalos. Bastantes hemos tenido ya aquí, en esta misma ciudad; y, en Irlanda, con lo de los niños huérfanos, y con algunos de nuestros misioneros, excesivamente amigos de las monjas negritas en África.

—Yo sólo tengo que rendirle cuentas al Nuncio, cardenal.

—Ya salió lo de la Prelatura personal papal. ¿Y quién te crees que soy yo? ¿El emisario de Fray Escoba? Estoy aquí en calidad de emisario del Papa y le recuerdo, monseñor, que el anterior Papa y su Santo ya no están.

—No siga por ese camino, cardenal, no queremos recordarle a la nunciatura lo que ocurrió con Juan Pablo I y lo que ayudamos al resurgimiento de la derecha en los países del telón de acero, tras la caída del Muro. Si no es por nosotros, él no estaría ahí, ¡Heil, Nuncio!

—No crea que me voy a sentir perturbado por su sarcasmo, monseñor. Veamos: su Santo creció con el apoyo de la sangrienta dictadura franquista en España; su Santidad fue miembro de las Juventudes Hitlerianas, pero era casi un crío. No comparemos.

—Cardenal Piero Passoli, ya veo que sigue haciendo caso de las habladurías de los jesuitas. Siempre han estado celosos por lo que hemos conseguido en tan poco tiempo. España siempre ha sido el patio de recreo del Vaticano, pero los jesuitas no nos perdonan que nuestros magníficos tecnócratas laicos tomaran el control del gobierno. Tenemos la mejor estructura no seglar de la iglesia. Esos carcamales, enquistados en sus viejas glorias, se interponían en las nuevas maneras de hacer negocio. Cardenal, sé que usted, en sus tiempos, fue jesuita, sabrá muy bien de lo que le hablo.

—Menos mal que todavía nos quedan, en la mayoría de las misiones, los que, de verdad, piensan que han recibido la llamada de Dios. Si no fuera por ellos, el resto no tendría nada a lo que agarrarse para justificar poder seguir comiendo a costa de los feligreses. Hacer negocio, qué vulgaridad de expresión. Esto es el reino de Cristo. No hemos venido aquí a hacer negocio, monseñor.

—¿Está seguro, cardenal? Sin ánimo de ofender, yo, del Nuncio, me preocuparía seriamente de la delicada situación financiera a la que nos hemos visto abocados. Nuestras sucursales en Suiza están siendo presionadas por los estados para que rompan nuestro secreto de confesión; los estados quieren conocer los nominales, y los clientes reclaman las cantidades de sus cuentas. La Banca Vaticana está al borde del colapso y, esta vez, no hay bolsas de la Obra para salvarlo.

—Lo que me cuenta… ¿Tan grave es, monseñor?

—Sí.

—Porca putana…

—Creo que esta vez la estafa se nos ha ido de las manos. No estoy seguro de nada, cardenal, no sé si esto entraba dentro de los planes de los Organizadores o es que realmente pretenden dejarnos con las bendiciones al aire. El Nuncio trata directamente con ellos, ¿no?… O tal vez es uno de ellos.

—¡Ja, ja! Lo mismo sospecha el Papa de vuestro séptimo nivel.

—Nosotros sólo gestionamos, no organizamos. Parece que la situación ha cogido por sorpresa hasta a los Organizadores. Sea como sea, los mayores perjudicados somos nosotros y los chinos. Dígale al Máximo Pontífice que nos da la sensación de que pretenden sacarnos de la ecuación.

—Y después está lo de este chico vuestro, ¿trabajará directamente para ellos, monseñor?

—Lo dudo.

—Pero, al fin y al cabo, él es el que ha provocado esta situación.

—Estábamos a punto de recoger el botín, pero el chico se nos adelantó. No comprendo cómo nuestro numerario pudo efectuar una predicción tan certera.

—Es vuestro mejor analista financiero, ¿no?

—Sí, lo es, cardenal. Por ese motivo, estoy seguro de que lo hizo premeditadamente. Tenía una proyección completa de lo que iba a suceder. Podría haberse callado, y todas las especulaciones habrían llegado a buen puerto. Hay cosas que me cuentan de él, sus superiores de nivel cinco, que me asustan.

—Monseñor, no me diga que a estas alturas va a creer en brujas. Tal vez es lo que pretendía la Organización que ocurriera.

—La Organización parece desorientada, asustada, no paran de encargarnos informes sobre el Apocalipsis.

—Apocalipsis…ya. Debemos sonsacar a este chico…

—¡Profesor Martin!

—Cardenal, Monseñor, es un honor volver a saludarlos desde…

—Deje de besarme el anillo, profesor. ¿Y bien?

—Monseñor, disculpe que le robe al cardenal.

—¡Quédense! Me acercaré a las ventanas, donde está su entregada gerente, observaré las magníficas vistas al Central Park.

—Gracias Monseñor, es usted muy amable.

—Verá, cardenal, tenemos ciertos problemas con la investigación. Los casos nos están deparando muchas sorpresas… Tal vez con un nuevo equipo y otra instrumentalización…

—Al grano, al grano, hijo mío.

—Bien, como su filial, Basilea Financial Bank, es la mayor accionista de Un Mundo Feliz, nos gustaría que apoyasen en la junta una ampliación del presupuesto para el gabinete de investigación Tecnologías del lenguaje.

—Si éramos pocos… par- para préstamos estamos.

—El hijo del prestigioso lingüista Wittgenstein va a dirigir nuestro equipo; no me gustaría quedar mal, necesitamos una mayor financiación.

—No me interesa la inteligencia artificial, quiero que me diga si hay progresos con nuestro chico.

—Precisamente él está provocando algunas de las sorpresas para nuestros investigadores, cardenal.

—Faldero y rastrero, usted como siempre, sabiendo donde tiene que instigarnos.

—Si quiere, después de la visita, podrá disponer de la opinión del doctor Holtz.

—No quiero hablar con ningún loquero. Deseo ver las instalaciones de investigación y hablar con los neurólogos, tal vez entonces apruebe su ampliación de presupuesto.

—Nuestros neurólogos y nuestros neuroquímicos se estrellan en un callejón sin salida. Solicitan un análisis más complejo del sujeto. Eliza no puede ofrecernos más, actualmente… Quizás, vosotros podríais sonsacarle al chico lo que va a ocurrir.

—No queremos que el chico nos cuente el futuro, QUEREMOS TENER ESA FACULTAD NOSOTROS, aparte, por favor. Tenéis aquí a la premio Nobel como paciente. ¿Su artículo no versaba sobre la naturaleza completa del funcionamiento de la mente? ¿Qué esperáis para comprarla y que trabaje para nosotros?

—¿A esa yonki antisistema? Cardenal, esa mujer proviene de la educación pública, de ambientes obreros, bajos, muy bajos. Es absolutamente hostil hacia nosotros, está permanentemente a la defensiva, desmotivada y desganada. Ni Eliza, ni la doctora Islanovska consiguen nada de ella. Necesitamos mayor inversión, es algo prioritario. Si desea ver nuestras instalaciones, lo arreglaré. Hablaré con la señora vicepresidenta, intentaré conseguir los permisos para mañana, cardenal, antes de su partida.

—Eso espero, profesor.

[…]

—¿Observando las vistas, hija mía?

—Hace un día precioso, ¿no es cierto, monseñor?

—Tan bello como lo hace Dios, hija… Veo en ti la llamada de Dios. ¿No te has planteado nunca ingresar en la obra? No eres mujer para tener vistas al Central Park, sino a Wall Street. Trabaje para nuestra congregación. Piénselo. Tenga mi tarjeta, llámeme.

—¡Monseñor…! ¿Qué hace? ¡Quite esa mano!

—No se preocupe, señorita, usted no podía ver que le colgaba un hilillo de la falda por detrás, pero ya se lo he quitado yo, hija mía. ¡Anda! El cardenal y el profesor ya están de vuelta.

—¡Hemos terminado, Monseñor, pueden pasar a ver a su pupilo! Señorita Daisy, acompáñelos… ¿Señorita Daisy?

—Sí, señor Martin, acompáñenme, eminencias, por favor.