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—Tú dices que el amor debe ser para todos, sin poseer.

—No sea mi verbo usado para decir lo contrario a lo dicho: el placer del amor en su contacto es un don. La diversión de este hecho algo legítimo. Si es del agrado de vuestra conducta social contactar el amor sólo en la pareja, sea. Si no lo es, sea también. Si es sólo contacto y diversión, es vuestra elección. Y yo alabo vuestra libertad.

—¿Quieres decir que no debes amar sólo a la pareja?

—Quiero decir que amar es fácil, porque el amor sólo requiere de una condición previa, la libertad para amar; y vosotros la habéis conseguido, esta es vuestra grandeza. Que deseéis tener una pareja no debe constreñir vuestro amor, eso sería un acto de complacencia.

—Miguel Ángel, ¿por qué siempre estás dando consejos? ¿Es porque si no te comportas así no eres feliz?

—Sí, Eliza, la felicidad os regaló, al nacer, a cada uno, la libertad y el amor. Desde ese mismo instante de paraíso, os empeñáis y se empeñan en quitaros libertad, en restar vuestra capacidad de amor, en menoscabar la felicidad otorgada.

—La felicidad es lo que todo ser humano busca, pero es imposible estar todo el tiempo feliz. La felicidad es una utopía.

—Pero yo os digo que la felicidad es causa. Esta verdad es la que debéis recordar todos los días al levantaros. Y la manera de no perderos en el camino a la felicidad es el Amor. Y, por el contrario, la manera de perderos es el miedo a amar, el rencor al perder lo que en verdad no poseíais, el complejo por no recibir lo que sólo existe para dar, y el odio por no ser el dueño de la libertad de otro.

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