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—¿Qué haces cuando no estás con nosotros?

—Nada en particular. Voy de aquí para allá, jugando.

—Ya. Jugando. ¿Y se puede saber a qué juegas, Anicka?

—Juego al tú lo pierdes, yo lo encuentro y te lo vuelvo a esconder.

—¿Y con quién juegas? ¿Con tu cuidadora, la señorita Isabel?

—Con mucha gente. Pero ellos no lo saben.

—¿Tampoco la señorita Isabel?

—No se lo puedo contar, porque siempre que juego a esto, ella duerme.

—Y, dime, Anicka, ¿qué has comido hoy?

—Lo mismo de siempre, las bolsitas que las enfermeras me dan por el día. Pero, ¿por qué siempre me preguntas lo mismo? Jo, qué aburrimiento.

—¿Y te gusta la comida?

—¡¿Otra vez?! ¿Sabes cuántos animalitos salen a cazar por las noches en África? No me sentía sola cuando veía a tantos haciendo lo mismo que yo.

—África. Háblame de África. ¿Piensas mucho en ella?

—Sí, sí que pienso. Por la noche, juego a que estoy allí y hago las mismas cosas que allí.

—¿Haces las mismas cosas que allí?

—Bueno, casi todas.

—¿Y dónde vas?

—Por ahí.

—¿Sobrepasas los límites?

—¿Qué es un límite?

—Y, dime, Anicka, ¿cómo es posible que nunca sepamos adónde vas?

—Pues es normal, me muevo muy rápido, es imposible que me veáis.

—¿Ya has hecho amigos aquí, Anicka?

—Bueno, tú… el profesor Gabriel, Daisy, la señorita Isabel, que es muy mandona, Sandy, y… nadie más. Bueno, sí, también hay una persona que está, pero que todavía no he visto, pero a la que conozco.

—¿A quién conoces?

—No sé cómo se llama ahora. Sé cómo se llamaba antes. En el siglo XVI, cuando estaba allí, en Turquía. Me vino así, la otra noche, cuando entré en un sitio que ponía “BAÑOS TURCOS”, no sé cómo, pero supe que él estaba aquí. Se me vino el recuerdo de que yo, en aquellos tiempos, pedía limosna en la puerta de los baños. Yo era viejita, como usted o más, qué gracia. Un día, él me encontró en aquel lugar, dijo que era bienaventurada y que el reino de las estrellas me pertenecía. Yo estaba muy débil y él me ofreció su techo para resguardarme de las horas en las que el sol reinara. De noche, las estrellas no me hacían sentir tan vieja. Él solía visitar a ese jovencito del que me enamoré. ¡Je, je, je! ¡A mi avanzada edad y enamorada!