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—Yo solo quiero morir, descansar para siempre, no pensar, no sufrir, no aburrirme, no escuchar siempre los mismos temas de conversación, no ser consciente de la injusticia, el hambre y el daño que los ricos causan con sus acciones en los pobres. Yo solo quiero morir, y que mis átomos, de una vez por todas, se separen, fundiéndose con la realidad, perdiéndose en el tiempo, que es infinito.

—Háblame de tu escarpelo.

—¿Ves cómo no sabes conversar? No se puede cambiar de tema de conversación tan bruscamente. Va contra las normas de la conversación. Contra la propia interacción social. Mi escarpelo es uno de mis mejores amigos.

—¿Por qué no tienes huellas de identidad en tus manos?

—¿Ves? Es que no puedo contigo. NO PUEDO. ¿Por qué siempre tienes la costumbre de convertir en el hecho más relevante aquel que menos importancia tiene? NO lo entiendo, de verdad. Eso por una parte. Por otra, ¿por qué la gente se mete en lo que no es de su incumbencia? Si lo hago, es porque siento placer. Si no tengo huellas digitales, es mi problema, ¿a quién le importa? Además, soy una experta. Mi arte ha llegado a cotas de refinamiento superior. ¿Tú sabías que puedo quitarme la piel del interior de las uñas sin llegar a hacerme ningún tipo de herida? Soy un crack. Además, tengo suerte, la piel siempre me vuelve a crecer relativamente pronto. No podría vivir sin hacer eso. Para mí, es el momento más feliz del día. ¿Qué te importa a ti si no hago mal a nadie y técnicamente no me hago mal a mí misma?

—Procurarse el mal no es bueno.

—¿De dónde eres Eliza? ¿Eres de un pueblo o de una ciudad?

—Esto no es una conversación. No preguntes sobre mí nada, las preguntas aquí las hago yo.

—¿Y tú realmente crees que con las preguntas me vas a ayudar a no suicidarme? Cuando la gente tenga tiempo para pensar y recupere su libertad, entonces, yo querré pertenecer a este mundo. Mientras tanto, no me importa nada que mis átomos se separen, se quemen y vuelen por el viento. Necios. Incultos. Mediocres. Ya estoy hasta aquí, mírame Eliza, mira dónde te estoy señalando, estoy hasta los mismísimos del sentido convencional de la realidad. Vosotros, a los que os obligan a madrugar todos los días de vuestra vida, y lo aceptáis como normal. ¿Normal? Sois esclavos de un sistema que os obliga a trabajar para pagarle los privilegios a una elite social y aun así pensáis que es lo más normal del mundo. Sois mediocres porque os conformáis. Os han domesticado el cerebro, así como el ser humano domesticó al lobo convirtiéndolo en el mejor amigo del hombre. Os dan todos los días por el culo y encima decís, ah, ah, sí, sí, dame más, que me gusta, porque ya me he acostumbrado, y si no tengo trabajo, ¿qué voy a hacer? Por favor, dame a mí por el culo y no le des a otro, que yo te voy a demostrar que a mí me gusta más que a nadie. Que soy sumiso como el perro lo es a su amo. Mentes potenciales echadas a perder. Me dais asco. ¡Estoy harta y cansada! Os odio. Sois simples e incultos. Por eso os engañan y os tratan como a niños pequeños. La masa. Os llaman la masa y a vosotros no os importa. Un buen libro es lo que os hace falta. ¡Quiero marcharme de aquí a la de ya! No quiero hablar, porque al hablar me doy cuenta de que estoy cargada de odio y que no sé pronunciar ni una palabra bella. Me voy, Eliza, la muerte me está esperando.

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