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—Buenos días, señorita Eliza. Aquí me tiene, hoy estoy hecho un animal.

—Lo que diferencia al hombre de otros animales es que los hombres tienen cultura y pueden hablar, mientras que los animales no pueden hacer ninguna de estas dos cosas. —Querida Eliza, los seres humanos son muy complejos. Jamás, por mucho tiempo que inviertas, lograrás comprenderlos. Solo descifrarás el sentido de sus palabras, que son inútiles y se las lleva el tiempo, además del viento. No quiero ser vulgar, pero la mente humana tiene montao un zipote entre biología y cultura de mil pares de narices. Créeme, Eliza, que yo sé lo que estoy diciendo, y a ti, todavía, te queda mucho que aprender.

—Mil pares de narices. Supongo que será una expresión cuantitativa.

—Efectivamente, Eliza. Perdona, mi vocabulario, soy un hombre sin estudios, jejejeje.

—Todavía no está muy clara la separación entre lo biológico y lo cultural.

—No, si clara está, solo que la gente no sabe por qué hace las cosas. Deja que te lo explique, ya que, como aquí estoy como un jubilado, tengo todo el tiempo del mundo. Mira, por un lado, las órdenes biológicas les impulsan a que mezclen sus genes, que desean sobrevivir a lo efímero del cuerpo y así perpetuarse a lo largo del tiempo. El gen es egoísta. Ya lo dice la portada del best seller aquel. Pero, cuidado, que el gen no solo es egoísta, sino que también es muy inteligente. Y para cumplir su cometido despliega tres estrategias. Lo que yo llamo la triple A: Atracción, Amor y Atención.

—Atracción, Amor y Atención contienen cuatro A y no tres.

—Atenta, Eliza, que eso es lo de menos. Una: Atracción. Esta suborden impulsa a los humanos a copular. Antiguamente, en las épocas primitivas, lo hacíais una y otra vez, sin parar (dios mío, qué tiempos aquellos) y sin saber, ni de lejos, para qué servía, salvo, y esto es muy importante, para producir la química del placer, que es como una droga. Así era cómo, engañados, cumplíais ciegamente con la orden que el gen tenía asignada. Orden dos y tres: Amor y Atención, que se traduce, entre otras conductas, en sentimiento de maternidad y en lazo emocional con vuestro copulador. Órdenes que se vuelven extremadamente necesarias debido a que, al andar erectos, las caderas de las mujeres se estrechan y el bebé, que va teniendo cada vez el cerebro más grande, debe salir antes de que madure. Así que el macho suministra el alimento, mientras la hembra cuida y protege a su cría. Hasta aquí, cojonudo: placer sexual, amor hacia los indefensos críos y un idílico romance. Pero, para ejecutar estas órdenes, es necesario primero que el gen invente la sociabilidad.

—El ser humano es sociable gracias a su capacidad para comunicarse.

—Eso digo yo, señorita Eliza, y quien dice comunicación, dice cultura. Con la sociabilidad, al gen se le desmanda el plan, nace la cultura, y como resultado, ahora tenéis dos fuentes de información que generan órdenes: los genes y los portadores de los genes. Y así es cómo nace un número infinito de soluciones a nuestros objetivos básicos que los curas llaman libre albedrío y yo llamo zipote de mil pares de narices. Y es que es lo que yo digo, que el hombre tiene un fallo de diseño.

—El hombre tiene un fallo de diseño. ¿Y cuál es su fallo?

—Veamos, mis genes me repiten día y noche que folle sin parar, la cultura me dice a quién puedo follarme y a quién no, pero mi biología no me responde. Antes esta situación me deprimía mucho. Tanto que no tenía ganas de nada, solo de morirme, como una que anda por aquí día y noche, fumando marihuana sin parar. Pero, ahora, ahora, soy feliz, porque, por fin, he encontrado mi alma gemela.

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