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—Desde luego, lo que te enseñan en el cole es realmente básico, para memos, tronca, que te lo digo yo, que sé de lo que hablo, que los profesores no tienen ni puta idea, que ellos te sueltan lo que se han memorizado de unos libros que, a su vez, son un batiburrillo de lo que dicen otros libros, y no se plantean nada. Solo memorizan y devuelven.

—Devuelven. ¿El qué devuelven?

—Sí ya lo decía mi abuela Marina, hija, yo sé que tú vas a conocer mucho mundo y, a continuación, añadía, porque tú no eres de este tiempo, tú eres una bambina del futuro. Me lo decía siempre que me veía y me lo volvió a repetir en su cama, minutos antes de morir. A mi madre, su madre siempre le dio un poco de miedo. La abuela era rara, decía cosas raras, pero a mí me gustaba escucharla y pensar que no estaba loca, sino que aunque fuera difícil de creer, tenía razón. A mí lo que más me gustaba era cuando nos contaba la historia de la serpiente. Mira, siempre hacía lo mismo, se ponía la mano aquí, en la rodilla, miraba al cielo y decía: en mis tiempos, cuando yo era una serpiente… Todo el mundo se miraba con ojos-doble-tripi-seguidos, luego se callaban y seguían comiendo. Es lo que tiene imitar las veinticuatro horas del día a una clase social que no es la tuya. Mi madre dice que los ricos de cuna son expertos en aparentar que no tienen problemas y que así debemos ser nosotros. Que seremos como ellos cuando aprendamos a evitar los problemas, para que estos se vayan lo antes posible, y no a discutir por ellos. Qué estúpida, de verdad. La tengo un asco… Mi abuela tenía mucha razón en todo lo que siempre decía.

—Tú dices que ella tenía razón. ¿Y tú tienes razón?

—Yo sí, claro, tengo mucha razón. Lo dices por lo de mis padres, ¿no? No, ahí estoy súper convencida de que son ellos los que se equivocan. Normal. No saben apenas nada. Por ejemplo, te voy a contar algo que parece mentira, pero que, en el fondo, es más verdad que la verdad que luego resulta ser mentira. ¿Me entiendes lo que quiero decir?

—Estás hablando de la verdad y de la mentira. Continúa por favor.

—Bueno, ¿sabías que el hombre viene de Marte?

—Dices que el hombre viene de Marte. Esta afirmación es falsa. ¿Qué quieres decir exactamente con esta afirmación?

—Que sí, tronca, que el hombre viene de Marte, joder, que me lo contó ayer Alejo durante la cena. Antes del primer plato no tenía ni idea de que el origen del hombre fuera Marte, y luego, en el segundo plato, de pronto, lo sabía, estaba allí, y dije: Guau, el hombre viene de Marte, y todos me miraron con cara de Esta tía es tonta, mira que no saber eso… Incluso Alejo se reía de mi ingenuidad. Pero es que cada vez que lo pienso… No me lo puedo creer. Es imposible.

—Es normal que no te lo puedas creer, porque es imposible. El hombre viene del mono, no viene de Marte, Valeria.

—¿Y tú qué sabes? Tú eres como los profesores, repiten lo que le han dicho otros que repitan, pero no se plantean si eso es verdad o no. El hombre viene de Marte. Te lo voy a demostrar si no me contradices a cada paso que doy. ¿Capito?

—Continúa, por favor, soy toda oídos.

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