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—Financial & Analysis Colon Agency, ¿dígame? (Buenos días, Miguel Ángel). Enseguida le paso con la sección de oriente.

—Buenos días, Susi, es un misterio, ¿verdad?

—(¿El qué?)

—Que cada día estés más bella que el anterior.

—(¡Siempre tan galante, Miguel Ángel!) ¡No, no, no me dirigía a usted, perdóneme!

—¡Miguel Ángel, Miguel Ángel! Gracias por pasarme la fusión. Un éxito, macho, gracias, si tengo algo, no dudes que te lo paso.

—No es necesario, Diego, no ha sido nada, ¿nos tomamos unas cañas al terminar el día?

—Vale, pero yo invito.

—Pues invita también a Silvia. Aprovecha que viene hacia nosotros.

—¿Qué te creías? ¿Que una mujer como yo no te iba a hacer sombra?

—¡Hola! Es un placer ser tu sombra, Silvia. Sabes que te admiro y que pienso que eres la más competente del grupo.

—No es así, pero quiero que sepas que no he conocido ninguna otra agencia como esta. En las demás, la tónica habitual consistía en evitar que mis compañeros me pisaran el mérito, especialmente porque, por ser mujer, tenía que andar constantemente justificándole a mis superiores que era válida para el puesto. Lamento haber sido tan borde las primeras semanas, estaba a la defensiva, me han hecho mucho daño…

—Mira esas mesas, Silvia, ¿cuántas chaquetas se ven? ¿Y cuántos trajes? Desde el primer momento, comprendí tu desconfianza, pero en verdad te digo que aquí no tendrás que rendir por encima de los demás por ser mujer, ¿sabes que la mejor manera de competir es compartir?

—¡Hola, Miguel Ángel! Silvia, hazme caso, si quieres evitarte el sermón de la montaña sobre compartir y competir, es tu momento, te lo robo, ¿vale?

— ¡Claro, Ramón! De todas maneras, gracias, de verdad, Miguel Ángel.

—No las merezco, disfruta del día, Silvia. ¡Ah! Y, si te apetece tomarte algo con Diego y conmigo a la salida, te esperamos. ¿Qué me cuentas, Ramón?

—Hay rumores…

—¿Rumores?

—Problemas entre pilotos y líneas aéreas, todo apunta a Boeing. ¿Me lo dejas?

—Soy un igual, acaso deseas mi bendición.

—Sí, pero eres un igual que nunca falla.

—Si algún día tuvieran en cuenta las consideraciones técnicas de los pilotos y no la estadística de siniestrabilidad, otro gallo les cantaría. Buena intuición, Ramón, van a bajar.

—Si tu compañero numerario de piso es el mejor, siempre algo se pega.

—Miguel Ángel, videoconferencia con clave de acceso en tu ordenador, súper cliente seguro.

—A ver quién puede ser, bien, ja, ja. Gracias Jordi. Me lo paso en privado a la sala de reuniones.

—Dispón del tiempo que necesites, yo me ocupo de tu mesa si surge algo urgente.

—Veamos LNSERS… UENGO, correcto.

—¡Triple, Triple, Triple Alfa! ¡Ja, Ja! ¿Cómo lo llevas, Miguel Ángel?

—¡Triple, Triple, Triple Alfa! Pero, ¿qué es esto, Judas? ¿Quieres dejar la webcam quieta? Me estoy mareando.

—Imposible, tío, estoy en plena tormenta en el ártico y, si pretendo, espera… y, si quiero batir el récord de navegación en solitario, no va a ser Eolo quien me lo impida. Por cierto, Pepino, os tengo dicho que no me llaméis Judas, ¡si sólo os traicioné una vez!

—¿Acaso fui yo quien no compareció en la fiesta de despedida de la hermandad? Y todo, ¿por qué? ¿Por irte con esa mujer? Vamos, hombre, Judaaaas, siempre igual.

—Oye, que esa mujer era Madonna. Además, sabes que siempre he pensado que la felicidad hay que compartirla, ja, ja.

—Adil, conviertes los defectos en virtudes.

—Tú eres el mago, hermano, aún me estoy riendo de lo del pepino, aunque, desde entonces, no has dejado de sorprenderme… Has visto la clave, ¿no?… Estoy preocupado, ¿podremos hacerlo? Tendrá que ser tu gran número, Miguel Ángel.

—Así sea.

—Tengo fe en esa magia interior que tienes.

—Y tú, Adil, ¿cómo vas con tus cosas?

— Me he protegido, vendí el viernes, me he sacado lo más problemático. Pero, si esto nos sale bien, será para nada, y eso espero, que sea para nada.

—Empiece, entonces, la función.

—Continuaremos en contacto, cuídate, hermano.

(…)

—¿Y bien? ¿Qué quería el pez gordo? ¿Alguna indicación? La mañana en Madrid está siendo de lo más aburrida. Wall Street está a punto de abrir.

—Sí, Jordi, indica a nuestros agentes que vendan todo antes del cierre.

—¿Qué? ¡Pero si todo indica una leve tendencia al alza?

—Se avecina tormenta en Wall Street.

—¡Dios mío! Vamos, vamos, ¿por qué los ordenadores van tan lentos justo cuando más rápido necesitas que vayan! Al fin. Sí, la agencia Colón, vende.

—Tranquiiilo, Jordi, calma, uno a uno. Susi coordinará las conexiones.

—¿Dígame?

—Me.

—¡Miguel Ángel, siempre me haces lo mismo!

—(Vende).

—Escucha Susi, necesitamos tu mano experta con la red.

—(Vende).

—Sí, veo que Jordi trata de hacer cuarenta conexiones a la vez.

—(Vende).

—Y eso no es nada para lo que nos espera. Tenemos que entrar los primeros en Wall Street, la luz nos debe alumbrar hasta el final del camino.

—(Vende).

—Déjalo de mi cuenta.

—(Vende).

—Miguel Ángel, preguntan que qué estamos haciendo en Madrid.

—(Vende).

—(Vende).

—Diego, dile a los de Londres y Frankfurt que vendan antes de que Wall Street nos arrolle.

—(Vende).

—(Vende).

—¡Santo dios! Oye, yo esto lo tengo listo para antes de las cañas, que no me olvido.

—(Vende).

—(Vende).

—(Vende).

—Buen trabajo, Jordi, has sido rápido en Madrid.

—Dale las gracias a Susi, estamos todos en ello, Miguel Ángel.

—¿Silvia?

—Tengo a todo Oriente en alerta esperando para soltar todo el lastre en cuanto podamos, Miguel Ángel.

—Te dije que eras la mejor.

—Heeello, what´s up, brother?

—Hello, John. ¿Quieres saber lo que va a pasar, hermano? You´re gonna live an historical day at Wall Street today.

—Tengo todos los brókers pegados al phone y entradas para el partido de las cuatro. —Pues anula las entradas del partido, ¿has rezado hoy?

—¡Fuck…! ¡Come on, come on, come on!

—¿John…? ¿John?

—Dime, Michael…

—¡SELL IT ALL! ¿OK? ¿John?

—Espera que me calme. Good, GOOD, IIIAAAHUU, the best ones, somos los primeros. ¿Por dónde quieres que empiece?

—Inmobiliarias, constructoras, bancos de financiación, todos los paquetes de activos que contengan hipotecas de tipo subprime aunque estén marcadas con las tres A de riesgos mínimos.

—¿Los grandes inversores?

—No, comienza con los pequeños sin llamar la atención, golpea finalmente con los grandes.

—¿Estás seguro? Veo riesgos.

—Eres el maestro de ceremonias, sabes andar por la cuerda floja.

—¿Dónde buscamos refugio? ¿Alimentos, petróleo?

—No existe refugio salvo en la liquidez, saca todo el papel.

—Fuck…fuck…

—John, ¿estás llorando? Alivia la tensión.

—¡El parquet se está contagiando en una carrera a la baja! Más que una caída se trata de un desplome… Esto no se veía desde el veintinueve. Estoy en una contrarreloj para soltarlo todo.

— John, eres el primero, cuando acabe el día, serás el héroe, hermano.

—Thank you, brother, como siempre gracias a ti.

[…]

—Querido Miguel Ángel, llevamos así tres semanas. Todos los lunes le entra el pánico al inversor provocando inevitablemente la caída escalonada de todos los mercados internacionales. Durante la semana, se producen pequeños reajustes al alza que nos hacen pensar que lo peor ya ha pasado. El único que se mantiene con éxito, capaz de anteponerse a los hechos antes de que acontezcan, eres tú. Me colocas en una postura incómoda; por un lado, no puedo hacer otra cosa que elogiarte por tu sobrenatural perspectiva, pero, por otro, has puesto el nombre de nuestra agencia en el panorama mundial, si cabe, más alto de lo que estaba.

—Director, agradézcaselo a todo el equipo y a usted mismo, pues los méritos recaerán sobre la dirección de la empresa.

—Sí, ya… Pero ya ves el resultado, una gran pérdida de confianza en el mercado de valores, asunto este que comienza a perjudicar a la Obra, de la que depende esta empresa. Obra, dicho sea de paso, a la que tú perteneces, y a la que debes lealtad. Desde Wall Street no cesan de preguntarme y yo he tenido que dar tu nombre.

—….

—Bien, eso es todo. Sabes que si necesitas referencias, yo estoy dispuesto a facilitarte las mejores. Monseñor Pérez, vicario de la Obra en Nueva York, ha venido a verte. Desea hacerte algunas preguntas en privado, se encuentra en la sala de reuniones.

(…)

—Vaya, así que usted es Miguel Ángel, nuestro profeta particular, mucho gusto, hijo mío.

—Monseñor.

—Podría empezar alabando sus virtudes, que las tiene, no me cabe duda, es uno de los mejores expertos en finanzas del mundo, si no el mejor, pero debo partir hacia Nueva York con premura, estoy intentando arreglar lo que usted ha deshecho, ¿sabe, hijo mío?

—…

—Iré al grano, quiero saber en base a qué fue usted capaz de llegar en sus análisis a tales conclusiones.

—Le respondo con mucho gusto, en base a la curva exponencial.

—¿La curva exponencial? Todos los economistas conocemos la curva exponencial y no la utilizamos para nuestros análisis… ¡La curva exponencial! ¡Vaya memez!

—Una memez fue pensar que por el simple hecho de nacer en una familia concreta se debían tener privilegios. Esa memez provocó la revolución francesa, acabó con la nobleza y sentó las bases de la democracia.

—Tonterías. La curva exponencial alimenta el mercado de valores, hijo.

—El mercado de valores se alimenta del crecimiento económico, y el crecimiento económico, de la especulación al alza del mercado inmobiliario, obligando a las personas a endeudarse más y más para sostener la estructura bancaria.

—A mayor crecimiento de la deuda, mayor capacidad de generar nuevo dinero. Ellos se endeudan por treinta mil dólares y ¡ale hop! treinta mil dólares nuevos sacados de la nada, de la chistera; me han dicho que le gusta mucho la magia.

—Monseñor, vosotros sólo veis números allá donde, en realidad, hay personas; y las personas no se endeudan lo que quieren sino lo que pueden, y ya no podían más. Si no hay deuda, no hay dinero. Creamos dinero a costa de ellos, de sus préstamos y, para colmo, les exigimos sus viviendas a cambio si no la pagan. Va contra los principios del cristianismo. Aquí solo veo interés con usura y una gran falta de compasión.

—Si son personas espabiladas, les ofrecemos prosperidad, crecimiento, hijo mío.

—¿Prosperidad, crecimiento? Los empresarios y patronos suben el índice de precios al consumo en correlación con los sueldos haciendo la media de inflación por sectores, y no es lo mismo que algo aumente su precio tres céntimos que tres millones.

—La inflación en los países desarrollados está controlada, pero es normal que la chusma siempre esté quejosa, ¡bah, si nunca han estado mejor!

—El bienestar es una mera ilusión, se facilita el consumo en productos innecesarios para canalizar el dinero de nuevo a los bancos a través de tarjetas de crédito y pequeñas financiaciones.

—El poder adquisitivo ha aumentado, los sueldos aumentan…

—El sueldo de un obrero en los años ochenta estaba alrededor de los seiscientos euros; una vivienda de ochenta metros cuadrados costaba unos treinta mil euros. Hoy el sueldo ronda los mil ochocientos euros y el precio de la misma vivienda ciento ochenta mil euros. Una sencilla regla de tres le indicará cuál es el verdadero precio que debería tener la vivienda o cuánto debería ser el sueldo. Ya se lo digo yo, si sus matemáticas elementales están oxidadas: tres mil seiscientos euros de salario. Y eso sólo para estar igual que hace veinte años, sin obtener ninguna mejoría, ¿no cree usted que el crecimiento de la riqueza no ha llegado a ser ni tan siquiera proporcional?

—¿Y qué me quiere decir usted con eso? Nuestros clientes no son obreros.

—Pero nos nutrimos de sus deudas y, sin deuda, no hay alimento y el mercado se colapsa. Todos sabíamos que la curva de crecimiento, al estar obligada a crecer siempre más de lo que ya había crecido, era insostenible. Tenía que ocurrir algún día, las gentes no pueden endeudarse más.

—Y usted decidió por su cuenta que este era el momento, ¿no? No hay que ser alarmista, provocará el pánico, esta situación se resolverá, los estados…

—El sistema ha muerto, las personas verán cómo los estados cogen grandes cantidades del dinero de todos y se lo vuelven a dar a los bancos. Todos somos el estado y todos pagaremos nuestra deuda a costa de mermar nuestra solidaria cultura del bienestar. Empezaremos a preguntarnos de dónde sale realmente el dinero, y, por mucho que le echéis las culpas a esas pobres gentes que no pueden pagar sus casas, o a los inmigrantes, tarde o temprano, se darán cuenta de que eran víctimas de una estafa, una estafa a escala global.

—Miguel Ángel, videoconferencia, ¿te lo paso aquí? Tiene lo mismo que lo de la otra vez.

—Entendido, gracias, Jordi.

—¿No piensa contestar?

—Cuando usted acabe, monseñor.

—Tengo la extraña sensación, hijo mío, de que te sientes como una especie de enviado.

—Tú lo dices.

—De acuerdo, yo en este asunto me lavo las manos, no obstante, la obra quiere que te retires un poco de la escena, que te relajes, han sido unos días muy duros, te enviaremos a un hotel de lujo, en mi ciudad, la Obra te lo pagará, por supuesto, allí te recuperarás y dispondrás de los mejores profesionales para que te restablezcas. Un Mundo Feliz cuenta con los mejores psicólogos del mundo.

—¿Acaso soy yo el loco?

—Te lo dice la Obra, no te puedes negar. He terminado, contesta a tu videoconferencia.

[…]

—¿Lo has oído?

—Bonito lugar, Miguel Ángel, lo conozco, me hice muy amigo de su gerente, ¿cómo se llamaba…? ¡Daisy! Mmmm, qué rica estaba, madre mía.

—Sí, muy bonito, Adil, el paraíso de los locos; para paraíso, mejor el que estoy viendo.

—¿Esto? Unas bellas nativas de las islas Fidji. Saludad a Miguel Ángel, se va a sacrificar por toda la humanidad.