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—Hola, Alexia. ¿Cómo estás?

—Estoy un poco ya hasta los cojones de estas preguntitas de cortesía social con las que se pierde mucho el tiempo, que no significan nada, y que, si no las respondes convenientemente, como mandan las normas sociales no escritas, la gente te dice que eres una maleducada. ¿Cómo estás? Realmente te importa cómo estoy realmente. Lo preguntas por preguntar, sin ningún sentido, porque desde pequeñito, la cultura, esto es, tu mamá, te dijo que era lo que había que decir cuando vieras a alguien. Pero, en el fondo, si te contestara la verdad, y no la verdad al uso, pensarías, qué coñazo de tía, le pregunto cómo está y me lo cuenta. Así que, mentiré, y diré, bien, gracias. ¿Contento? Esta sociedad me obliga a ser hipócrita una y otra vez porque, de lo contrario, soy una loca.

—Ehhh. Sí, bueno. Veamos, Alexia, te quería preguntar si sabes en qué consiste la prueba.

—Hipnosis o autohipnosis, como quieras llamarlo. Mi trabajo de campo en mi tesis de licenciatura.

—Sí, pero, ahora, te recuerdo, una vez más, y lo digo sin acritud, eres tú la paciente. ¿Comprendes la diferencia?

—Por supuesto que la comprendo, ¿con quién te piensas que estás hablando?

—Perdona, no he querido ofenderte. ¿Te parece que procedamos a la realización de la prueba?

—No estoy segura de querer vivir la experiencia. La verdad. Convénceme.

—Bueno, pues, como sabrás, a través de esta práctica, se pueden obtener beneficios muy importantes para la salud mental y física de la persona. Si logramos comunicarnos con tu parte inconsciente, podemos cambiar ciertas rutinas de pensamiento, negativas, por otras positivas.

—Sí, eso es lo que dice la teoría. Y es cierto, pero solo en parte. Hay un problema con eso y usted lo conoce mejor que nadie.

—Bueno, vamos a ver, ¿a qué te refieres exactamente?

—En primer lugar, el inconsciente se comunica por símbolos. El ser humano nunca podrá llegar a comprobar científicamente que está descifrando e interpretando correctamente dichos símbolos.

—Cierto. Muy cierto. Pero no vamos a interpretar. Vamos a darle instrucciones a tu parte inconsciente para que, en lugar de percibir la realidad como algo negativo, la perciba con positividad. Si recibes estímulos positivos de la realidad, puede que ya no quieras suicidarte.

—Es que yo quiero suicidarme.

—Ya, pero, si vieras la realidad de otra manera, no lo querrías. De hecho, no te plantearías ni siquiera esa posibilidad.

—¿Estás insinuando que yo inconscientemente me quiero suicidar?

—Yo solo digo que podemos intentarlo a ver qué resulta. Los dos podemos estar equivocados.

—Cierto. No lo sabemos todo.

—¿Vamos adelante entonces? ¿Es tu primera vez?

—Jajajaja. Perdón. Sí. De hecho, no sé si voy a poder. No me siento cómoda contigo.

—Lo entiendo. Debes confiar en mí, yo solo quiero ayudarte. Soy tu médico. Me preocupas. Permíteme que te ponga estas cosas. Tranquila. Ya sabes para qué son.

—Sí, pero estos son muy modernos.

—De lo mejor para los mejores, ¿no es así el dicho?

—Sí, así es, aunque no sé si estoy muy de acuerdo con el dicho.

—Bueno, ahora relájate. Respira profundo, ahora pausadamente, cuando cuente tres, entrarás en estado de trance. Uno, dos, tres.

(…)

—Dime, Alexia. ¿Qué estás haciendo ahora?

—Me estoy entreteniendo con mi escarpelo.

—¿Estás sola?

—No. Hay mucha gente alrededor.

—Y no hablas con nadie.

—No. Son todos imbéciles.

—¿Qué escuchas?

—Música.

—¿Y qué más?

—Risas. Alguien me ha tirado algo a la cabeza, pero no me he dado cuenta de quién ha sido. Todo el mundo se ríe de mí. Yo quiero chillar. Hacer algo. Pero me voy. Y ellos siguen riéndose.

—¿Dónde vas ahora? ¿Qué tienes pensado hacer?

—Voy a dormir. Llego a mi habitación, en un Submundo Feliz. Pero paso de largo, llego a la ventana, pero es la ventana de un hotel de Amsterdan, abro la terraza, me tiro por ella sin pensarlo dos veces.

—¿Recuerdas en qué piensas mientras caes?

—Estoy preocupada por la resistencia al aire, quiero caer de espaldas, pero el viento me da la vuelta. Voy muy rápido de todas formas.

—¿Has caído ya?

—Sí, acabo de caer boca abajo. Abro los ojos, veo mis dientes rotos por el suelo. Está todo lleno de sangre. Se me acaba de ocurrir la idea por la que me dieron luego el premio Nobel.

—Está bien. Alexia. Ahora, vamos a decirle cosas buenas a tu subconsciente, vamos a recordarle cuánta gente te quiere.

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