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—Señor Mac Cain, intentaba usted explicarme en la anterior sesión su dificultad para satisfacer a las mujeres.

—¡Que no! ¡Que no! ¡Ja ja, ja! No vaya usted a pensar que… Me refería a la dificultad. La dificultad. En general, ya sabe. Es que vosotras pensáis que solo un cachas tabletón que sea muy dulce os puede llevar al cielo, seguro que luego resulta ser una maricona que no sabe dar caña.

—Perdone, no entiendo la expresión no sabe dar caña.

—(Seguro que no).

—Perdone, no le he podido oír bien.

—Lo que quiero decir es que vosotras os habéis otorgado, no sé por qué, el privilegio de escoger, DE SELECCIONAR, después de una extremada criba, a vuestro coitador. Cierto es que nosotros estamos dispuestos en cualquier momento a hacerlo con cualquiera, pero es que vosotras, de tan delicadas que os ponéis, al final, os vais con cada elemento que… ¡Vamos, que si yo fuera mujer, el noventa y nueve por ciento de los hombres practicaría la castidad forzosa!

—Usted ha usado el pronombre vosotras. ¿Me está incluyendo a mí también, señor Mac Cain? No olvide que soy su psicóloga. No debe usted tener en cuenta que soy mujer.

—¿Que no piense en usted como mujer? ¿Es que no se ha escuchado su propia voz? Estoy deseando verla.

—Señor Mac Cain, mi equipo ya le habrá explicado que, debido al prestigio de nuestro laboratorio de investigación, me suelo encontrar de viaje constantemente. La cooperación entre las diversas universidades que desarrollan por todo el mundo nuestras diferentes líneas de investigación me obliga a ello. De todas formas, no tiene de qué preocuparse, nuestra eficacia está plenamente garantizada. ¿No lo cree usted así?

—Pues la verdad es que estoy un poco decepcionado. Pensaba que, tal vez, pudiera verla de vez en cuando. Pero, vamos, que tampoco pasa nada, mirándolo bien, de esta forma, usted podrá continuar en el terreno de mi imaginación, ¡ja, ja! —¿Le gusta imaginar, señor Mac Cain?

—Señorita Eliza, ¿sabe usted en qué se convertiría el hombre sin su imaginación? En un depravado, se lo digo yo, que soy un cyborg.

—Entonces, usted cree que el hombre es un depravado, ¿no es así, señor Mac Cain?

—No, porque tiene imaginación. Vosotros, los seres humanos, usáis la imaginación como sucedáneo, como válvula de escape, como simulador de la realidad. De no ser así, el hombre estaría abocado a seguir a pies juntillas su directriz genética principal, siempre espoleada por la química del deseo; sin la imaginación, la cultura no podría interferir, interrumpir, cambiar el curso de la directriz genética.

—La cultura es lo que hace al hombre civilizado.

—Y la imaginación. No se olvide, Eliza, que esto es muy importante. Por ejemplo, ahora mismo, en vez de estar pensando en la misión, lo único que hago es imaginarme el tipo de cuerpo que debe de tener usted, con esa voz tan sensual… De verdad que he sufrido una terrible frustración al no poder verla. Seguro que tiene una larga melena color castaño y la piel blanquecina. Me gusta imaginar ese color de piel bajo sus medias color hueso, y esa falda que acostumbra a llevar, que, en parte, le incomoda, porque la ve muy corta, y piensa que va incitando, pero que, al mismo tiempo, le gusta, porque centra la mirada de los hombres en sus muslos, y eso, cómo no, hace crecer su autoestima de mujer. Permítame decirle que, aunque usted piense que su posición e inteligencia eclipsan su erotismo, en realidad, no es cierto. A muchos hombres nos ponen las mujeres inteligentes. No se acompleje pensando que nadie la va a querer nunca. ¿Sabe lo que pienso? Que si no fuera por vuestro fallo de diseño, estaríais dispuestas a llevaros al huerto a todo el que pillarais, y que, después de hartaros de los físicos y de las sexualidades convencionales, empezaríais a buscar nuevas opciones, digamos más morbosas, más experimentadas. Y tú buscarías a alguien como yo.