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―No quiero, no quiero, de verdad, mañana.

La paciencia de la madre estaba a punto de romperse, aún así le dijo calmada:

―El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha es lectura obligada, no quedan muchas vacaciones, si no lo lees tú, te lo tendré que leer yo.

―Pero mañana, de verdad.

La madre suspiró y se tumbó igual que la niña sobre la hierba seca viendo cielo, solo cielo. Las nubes pasaban rápidas, el aire olía a final de verano, refrescaba un poco, una sensación olvidada desde el invierno. Pero así era, el aire cada vez menos salado, la playa cada vez más alejada.

Por un instante, se sintió ausente, sin la presencia de su hija y, por un instante, la niña fue ella, tumbada, al igual que ahora, pero en la azotea de su casa, sintiendo el mismo aire, el mismo fresco, mirando nubes solitarias, encontrándole formas y sintiendo de igual modo el final del verano, resignada a soportar los deberes de lo cotidiano y sin la tarea hecha, como su hija. Ahora, treinta años más tarde, seguía sin entender por qué la vida no era un verano continuo. Dobló la cabeza y miró el rostro de su hija. Seguía soplando el aire fresco.

―Tienen vida, ¿sabes?

―¿Quién, mamá?

―Las nubes, que tienen vida.

Se levantó, tiró del brazo de su hija diciéndole:

―¡Vamos! Todavía tienes que ducharte, tenemos que ducharnos las dos.

La niña se incorporó y se fueron caminando hacia la venta.

Al hacerse de noche, la abuela sirvió puchero para todos. La luz de la solitaria venta atraía a los mosquitos, aunque a estas alturas del verano ya ni picaban.

En medio de la cena, su hija preguntó:

―Abuela, ¿es verdad que las nubes tienen vida?

La abuela miró a su hija como la miraba cuando era niña y había hecho alguna cosa mala.

El abuelo, que siempre cenaba antes y solo, se rió desde su sofá.

―Ya veo que tu madre te ha contado cuando Don Quijote estuvo aquí. ―Se rió de nuevo. ―Tu madre era muy niña, pero no se le olvida.

―Don Quijote está muerto ―afirmó la niña.

―Don Quijote es inmortal. Además, era su espíritu.

―Vas a asustar a la cría ―le reprendió la abuela.

―Si es inmortal, ¿cómo va a tener espíritu? ―replicó la niña.

―Su espíritu, su espíritu es inmortal, ―aclaró su abuelo mientras pensaba que hoy en día, no había quien pudiera con estos niños tan sabiondos.

El abuelo comenzó a relatar la historia. Con tan solo escuchar las primeras palabras, la madre quedó abstraída, y volvió a su infancia, al momento en que relataba el abuelo.

 

 

 

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