Día 3 de Abril del 12112. Ha pasado un par de semanas desde el anuncio de la venganza de Populus y aquí sigue sin pasar nada de nada.

Yo, por mi parte, estoy llegando a la Abadía de WestMinster, Londres, Reino Unido. Para mi gusto, hace una tarde muy desagradable, pero por lo que escucho en las conversaciones, los londinenses que han acudido a ver a la reina agradecen que el tiempo les esté respetando.

Hoy su majestad celebra, como todos los años, su aniversario como poseedora de la corona. Corona privatizada, eso sí, pero no por ello, menos honrada que antes por los ingleses, sino que ahora, que sale de sus bolsillos directamente, que son más conscientes de que ellos la financian, sienten que la corona es más que nunca de su propiedad privada.

Como es tradicional en este casi ya centenario evento, la reina ha paseado en carruaje de caballos por la bahía londinense, y se ha dado un buen baño de masas, aunque un poco tibio, habida cuenta de las ingratitudes del clima de su país.

Al final del recorrido, muy elegantemente vestida, la reina inicia su desfile paseando por una alfombra de color rosa chicle en dirección a la entrada de la Basílica de Westminster. Por el camino, interactúa con su pueblo con saludos distantes y parca sonrisa, tal y como corresponde a una persona de tan alta condición.

De pronto, de buenas a primeras, y sin que nadie sepa ni el cómo ni el cuándo, una niña de aspecto angelical ha aparecido de la nada, y la reina, que en ese momento, estaba mirando hacia la izquierda, casi se da de bruces con ella.

Tiene una aire esta niña a aquella que vi en la calle de Virgilio, cantando el llueva llueva, la virgen en la cueva, pero me resulta imposible acercarme para comprobarlo.

La gente que ha estado grabando con el móvil toda la escena está empezando a decir entre el público que es un fantasma, y que ha salido de la nada.

Sin salir de nuestro asombro, vemos cómo la niña esboza una tierna sonrisa y le ofrece a su majestad una preciosa margarita.

Con una tierna sonrisa también, la reina detiene a su seguridad personal y la acepta con una humilde inclinación de cabeza.

La flor desprende un sublime perfume y, sin poder resistirse, su majestad acerca la nariz para sentir mejor la fragancia. Ofendida quizás por el acercamiento, la flor le dispara un gran chorro de agua que le empapa toda la cara y el vestido.

Un ohhhh acompañado de risas incontenibles se ha escuchado entre la masa.

Quisiera la reina, en estos momentos, coger a esa maldita cría y castigarla con sus propias manos, pero la niña corre atravesando su cuerpo como si su majestad fuera un espíritu hecho de aire.

Decenas de hombres invaden la alfombra rosa tratando de cazarla, pero esta corre muy rápido, tanto que su silueta se difumina y hace un bonito juego de colores con el rosa chicle de la alfombra. Directa al carruaje, a punto de llegar, la niña fantasma pega un salto y se cuela dentro.

Como una bala, corro tras ella y salto dentro yo también, muerto por la curiosidad. Detrás de mí, una veintena de secretas inspecciona el carro, pero al igual que yo, no ven más que vacío.

Después de este acto, nadie duda ya en la aldea global de que La venganza de Populus ha comenzado.

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