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Lasha, el Tíbet.

Hoy es un día muy especial, porque la tan esperada unión entre ciencia y religión está a punto de sembrar un camino conjunto. El de hoy es un acontecimiento excepcional, si bien tendrá que pasar algún tiempo todavía para que broten sus frutos.

Estamos en el Tíbet, la India. Las manos de Pietro se buscan, se encuentran y se separan intentando que sus nervios no desentonen con la magnificencia de las lujosas galas que le envuelven. Galas que exteriorizan el estatus de poder que posee sobre los demás miembros de la iglesia católica. Un poder que le ha permitido publicar su nueva encíclica “Del amor a Dios. Del amor a la ciencia. Una asamblea para el espíritu” para asombro y revuelo de los miembros de su propia religión, de los de las otras e, inclusive, de los no creyentes.

Con esta Asamblea universal de las religiones, el Papa tiene la intención de implicar a todas las religiones del mundo para que comulguen con este principio clave de la encíclica: la ciencia para unificar a la fe, la fe para unificar a la ciencia.

De cuando en cuando, por el rabillo del ojo, mira el Papa de soslayo a Alexia, que a pesar de sus esfuerzos por parecer correcta y educada, se siente como un elefante en una cacharrería.

Sabido es por el Club, que entre ellos no hay buena sintonía. Sabe Pietro que Alexia nunca ha dejado de ver en él al viejo zorro, prelado de la fe cristiana y emisario Papal que fue; y sabe, además, que cuanto más intente forzar a Alexia a que se contenga, peor será. Así pues, Passoli ha delegado la función de contener a la díscola premio nobel en manos de Miguel Ángel, y, con fe, se encomienda a Dios para que la clase magistral que va a dar se ciña única y exclusivamente al terreno científico.

No yerra el Papa al desconfiar en cierta forma de ella. Alexia se ha empeñado en que le acompañe un personaje de dudosa reputación, posicionado socialmente en las antípodas de la doctora, un personaje no respaldado por un premio Nobel, ni refrendado de ninguna manera por las instituciones académicas. Su único mérito es el de poseer uno de los coeficientes intelectuales más altos del planeta. Es el hombre gorila, el organizador de las tertulias sobre el futuro de la humanidad a las que se había aficionado Mac Cain antes de que todo esto empezara.

Esta ha sido la persona escogida por Alexia para cumplir el deseo del Papa de llegar a un consenso sobre los principios comunes a todas las religiones del hombre.

A Miguel Ángel le ha llevado mucho tiempo preparar este evento. El simple hecho de encontrar un lugar adecuado, que reuniera las exigencias de todos, fue ya de por sí bastante complicado. Finalmente, ninguno de los invitados se opuso a que este tuviera lugar en los alrededores de Lasha, en el Tíbet, cuna del budismo occidental, bajo la protección y el control de un gran batallón del ejército popular chino.

Al recién despertado gigante, la presente reunión le legitima como primera potencia mundial en este influyente sector. China ha abrazado el capitalismo en lo que al terreno económico se refiere, aunque con respecto al ámbito político, se refuerza en su postura contraria a cualquier tipo de religión. Altos cargos del partido, que están presentes como anfitriones de la reunión, se regocijan interiormente con la situación ofrecida y mantienen una contundente eficacia organizativa con el fin de disipar cualquier duda respecto de la seguridad de tan altos dignatarios.

Lo que no regocija a las autoridades chinas, pero sí a Pietro, y mucho, es la asistencia del Dalai Lama a La Gran Asamblea Espiritual.

Conseguir que el gobierno chino aceptara que este líder religioso volviera a su tierra, parecía en principio una tarea encomendada a las altas esferas.

Sin embargo, lo que ha doblegado la voluntad del dragón rojo, al final, no ha sido el crédito ilimitado de Adil, a cuyo banco acude el gobierno chino para sus complicadas operaciones transnacionales, ni tampoco el discurso del Dalai Lama calmando a su pueblo, sino Miguel Ángel, que ha puesto su libertad en prenda, asumiendo toda la responsabilidad penal si algún altercado sucediera.

La relación de los gobernantes chinos con los Cisnes Negros y sus hazañas siempre ha sido un tanto ambigua. Oficialmente, China trata al Club como héroes que, en su día, destaparon los desmanes de un capitalismo sin control gubernamental. En cambio, de puertas adentro, los funcio-empresarios más pudientes del partido, entre los que ya se cuenta con un semifaraón, desean, al igual que el resto de su élite, el fin del Club y la muerte de todos sus miembros, de ahí que aceptaran la suculenta oferta del nuevo profeta. La cúpula gobernante del partido comunista, que acumula casi todo el poder político, no quiere que este poder se redistribuya entre los habitantes a través del software de democracia electrónica, y por eso, en ningún lugar de la internet China uno puede descargarse el Livuk, y si la policía tecnológica la detecta en tu móvil, el gobierno chino te envía a un campo de reeducación, donde puedes estar allí años y años sin ninguna posibilidad de conectarte a la red.

Pero debo interrumpir estas reflexiones porque, en estos momentos, el Dalai Lama ha llegado y está a punto de atravesar las puertas del templo. Es un momento muy muy emocionante para todos nosotros, los tibetanos.

Con las manos abiertas y una enorme sonrisa en la cara, el Papa sale a la entrada del templo a recibirlo.

Afuera, en el jardín, los monjes budistas que han abrazado el voto de silencio, meditan para conectarse al mundo del vacío y sentir sus beneficios en su estancia terrenal. Más afuera, el ejército chino asedia y protege las murallas del templo y, más allá aún, la prensa se mezcla con una masa de curiosos y fanáticos de todos los lugares que han venido a presenciar un encuentro histórico en la vida de las religiones del hombre, un encuentro sin parangón, 2112, el año en que ciencia y religión se reconcilian para llegar a evidenciar la transcendencia del ser humano, tal y como dicen algunos periodistas subjetivos a la entrada del templo.

Aprovechando su cercanía a la prensa, un periodista muy dicharachero le acaba de preguntar al Papa a propósito del Sed Buenos, por favor, movimiento que, a estas alturas, ya está dando sus últimos coletazos:

—Si el mundo material es una ilusión, ¿por qué la iglesia católica no dona toda su ilusoria riqueza material a los pobres?

El Papa, que ya se iba, se ha dado media vuelta y ha contestado:

Quienes dan sus riquezas en la senda de Dios se parecen a un grano que da siete espigas y en cada espiga hay cien granos.

—¿Es eso un sí?

Piero Passoli le da la espalda al periodista y, posando levemente su mano en el brazo del Dalai, le invita a pasar. De fondo, siguen escuchándose más preguntas:

—¿Teme a la venganza de Populus?

—¿Sobrevivirá usted al Gran Miedo?

—¿Tiene el débil derecho a vengarse?

Entretanto, una gran sala sin muebles, situada en medio de un absoluto silencio impregnado de olor a flores frescas, ha ido recogiendo en su seno a los líderes espirituales en orden de llegada.

Tras los saludos preliminares, ya todos están sentados en círculo en posición de flor de loto. Después de unos minutos de oración interior, el Papa despliega sus manos, abre sus brazos y su voz inunda toda la sala:

—Hay uno que es bueno y que puede verlo todo sin odio. Sus ojos son como los de cualquier otro, sin importar si estos son del color de la miel, del cielo o de la noche. Este hombre ve y cree. Cree en un mundo en el que sus iguales no miren con odio. Cree en un mundo espiritual que le hace ver a sus semejantes como si fuesen él mismo y, al hacerlo, siente el espíritu de Dios, y cree en nuestras palabras, en lo que le decimos nosotros. Cualquiera de nosotros. Este hombre, al igual que todos nosotros, no quiere que sus hijos sufran, tampoco sus hermanos. Y este hombre, que ve con los ojos del amor, nos mira y se pregunta ¿hasta cuándo el hombre hará sufrir al hombre? Él conoce la respuesta y se pregunta si nosotros la sabemos también.

En la pausa que mantiene Pedro el Romano nadie se atreve a contestar. Una nueva onda de palabras aflora de la voz de Pedro y van posándose de forma armoniosa en las partículas del perceptible viento helado:

—Pero esto solamente ocurrirá cuando no haya más que amor en la mirada de los hombres. Y no es tan difícil, no puede ser tan difícil. Si miras con Amor, tus palabras y tus actos solo podrán ser de Amor y no de odio. Y este hombre, que lo sabe bien, quiere que estas sean nuestras palabras. Palabras para que no nos quedemos helados ante la tormenta de la desigualdad, de la injusticia o la pobreza. Hagamos, pues, entre todos, que el sol despeje estas nubes que nos amenazan. Creemos la consciencia que necesitamos para vivir con alegría en el nuevo mundo que se acerca. Alumbrémonos por la ciencia. Y que esta luz ilumine el espíritu. El espíritu del Amor.

Los aplausos ensordecen el templo. El ánimo de Pietro es entusiasta. Su discurso ha tenido buena acogida y cree que fructificarán algunos de sus deseados acuerdos con hinduistas, sintoistas, musulmanes, judíos y protestantes.

A continuación, siguiendo el protocolo pactado, Pietro presenta a Alexia como la luz de la ciencia. Ella se levanta. Se ha quitado el grueso abrigo y también el pañuelo con el que llevaba cubierta su larga melena, la cual aparece ahora recogida en una coleta excesivamente tirante por numerosas horquillas.

A pesar de su lealtad a Miguel Ángel, Pietro no puede evitar desviar la vista hacia su cintura y así comprobar con alivio que no lleva ningún cinturón. Su indumentaria es una simple túnica blanca de algodón. Alexia comienza a hablar:

—Me presento ante vosotros así, de esta forma, vestida con la túnica de una mujer hindú perteneciente a la casta de los intocables. Si ahora atravesara estas puertas y me confundiera entre el gentío, nadie dudaría de que soy pobre y muchos se avergonzarían de estar a mi lado. Alguien podría reconocerme, y tratar de convencer a la prejuiciosa mirada de que no soy pobre y de que por tanto no merezco ese trato, y nadie me creería porque todos comprendemos el tener, pero no tenemos ojos para el ser. Decimos esto vale X, y las que somos mujeres de ciencia sabemos que conferirle un precio estable a un valor es tan absurdo como igualar el tocino a la velocidad.

Ante el uso de esta metáfora tan vulgar y chabacana, tan alejada del ambiente místico que todos esperaban, los hombres de religión allí presentes no han podido evitar hacer una mueca de disgusto. Aunque no todos se han molestado. El sutil esbozo de una sonrisa brota nerviosamente de la comisura de los labios de algunos altos cargos de la teología de la liberación.

—Esta túnica pertenece a una intocable. Esta intocable es la esposa de mi querido amigo Mahatma. La fortuna de este matrimonio equivale a una milésima parte del dinero que vosotros gastáis en un solo día. Pero mi amigo Mahatma y su esposa no son pobres. Derrochan patrimonio emocional. Sí, patrimonio emocional. Pero su patrimonio emocional es invisible porque no está monetizado. Ellos dan amor y alegría que sirve a sus receptores para su consuelo, su fortaleza, su bienestar. Este patrimonio, salvo si alguien encuentra la forma de embalarlo y venderlo, se diluye sin contrapartida, no es traducible a dinero, y, por tanto, a ojos del capitalismo, este valor no tiene valor.

Los temores de Pietro se hacen realidad: Alexia se está desviando del tema y empieza a guiñarle el ojo para que se reporte y hable de que lo que habían acordado previamente:

—Toda evolución debe encontrar su reflejo en el lenguaje. Las palabras pobre y rico merecen volver al origen de su significado, ya que sus significados actuales han sido perturbados, transformados, por el -ismo del capital. La pobreza que debemos combatir afecta a todas las clases sociales y no tiene que ver con lo material o dineral, sino con lo espiritual. La pobreza material es la consecuencia de una humanidad pobre de espíritu. Una sociedad pobre es aquella que carece o posee poco patrimonio emocional. Y esta pobreza no se soluciona con un cheque al portador, sino ampliando los límites de la consciencia. La gente se avergüenza de ser pobre, se vanagloria de ser rico, pero no sabe que el rico es más pobre que el pobre que sufre de complejo de inferioridad por no ser rico. Se hace perentoria pues una renovación del lenguaje, una nueva semántica, una nueva lengua, nuevas metáforas para expresar la riqueza de los seres humanos, dentro de la cual, el amor es su bien más preciado. Cuando el amor pueda expresarse matemáticamente en una fórmula y sea un hecho medible, cuantificable, la humanidad completa se habrá hecho rica, y las religiones, que por definición, están basadas en su energía, cobrarán más sentido que nunca para el hombre moderno. Y, entonces, la ciencia será una cuestión de fe. La fe, una cuestión de ciencia. Y ciencia y religión predicarán de forma unitaria los beneficios de aplicar la fórmula del amor a la vida.

El discurso ha terminado y los asistentes están estupefactos. Las primeras palmas provienen del Dalai Lama, que retumban con su eco en todo el palacio. Rápidamente, Pietro las ha acompañado, y, por respeto a él, todos comienzan un aplauso que se mantiene largo tiempo hasta decrecer.

Tras esto, Alexia da paso a la que será la tercera intervención de la tarde:

—Y, ahora, hablará el hombre con el coeficiente intelectual más elevado del planeta, él se ocupará de explicarles las cuestiones técnicas de la nueva ciencia.

Un hombre sencillo, bajito, delgado, poquita cosa, se levanta. Zapatillas de correr, calcetines blancos de deporte, vaqueros desgastados y una camiseta de Acid House constituyen su indumentaria. Está nervioso y suda un poco. No sé aún si tiene un hombro más alto que otro o es la postura.

—Antes que nada disculpen que mi marcado acento sureño dificulte la comprensión de mi mensaje. También quiero que me disculpen porque mis maneras de exponer sean poco ortodoxas y bastante prosaicas. Soy un hombre sencillo, un hombre cualquiera, como otros muchos. Estoy aquí para hablar humildemente del trabajo que mi mente ha desarrollado durante estos últimos años mientras trabajo de gorila en Texas. Me gustaría explicaros el punto de partida sobre el que se va a sustentar la base de este acercamiento paulatino entre fe y ciencia a lo largo de este convulso y renaciente siglo XXII, y lo haré con palabras sencillas, simples, puesto que no soy un hombre culto… A lo largo de los siglos, el hombre se ha hecho preguntas. Muchas de las respuestas a estas preguntas las ha encontrado en aquellos seres que habían logrado llegar a explorar el mundo de lo sobrenatural. Chamanes, sacerdotes y líderes espirituales de los más primitivos pueblos, llegaban, unas veces con más acierto que otras, a conclusiones lógicas que pudieran explicar, en parte o en su totalidad, esos aspectos sobrenaturales. La ciencia institucional ha tratado de demostrar empíricamente estas inferencias mentales, y, al hacerlo, muchos aspectos del para-conocimiento han pasado paulatinamente de un lado a otro y viceversa. De lo sobrenatural a lo natural. De lo natural a lo sobrenatural.

Hoy día, la religión o las religiones se han encerrado en el camino de la fe, en la creencia, sin apoyo de la razón, aferrándose a la verdad de la palabra escrita. Como bien ha dicho la doctora Alexia, las matemáticas se han revelado como el gran instrumento de predicción de nuestra especie. Las verdades matemáticas son incuestionables, y, muchos dirían que son el extremo opuesto a un acto de fe. Sin embargo, yo no veo diferencia entre una y otra.

El científico de hoy se ha parapetado detrás de poderosas herramientas de medición con el fin de que ningún aspecto de lo percibido por los sentidos escapara al mundo de lo cuantificable. Sin embargo, cuando hemos ido con esos instrumentos al mundo cuántico, al mundo de las partículas que viven por debajo del átomo, nos damos cuenta de que hemos entrado de lleno en este trasvase de conocimientos entre fe y razón. Y esto se debe a que estas poderosas herramientas tienen sus límites. Dichas herramientas no nos permiten, entre otras cosas, medir a la vez la velocidad y el destino de una partícula cuántica. Bienvenidos, por tanto, señores al mundo cuántico, donde no se puede medir simultáneamente la localización y la trayectoria de una partícula, y donde el observador se hace imprescindible para el cálculo de dicha trayectoria. Justamente es en esta clase de momentos, en los que, como vemos, afloran las paradojas y, por tanto, las limitaciones del paradigma científico actual, donde la creencia, la fe, deben sustituir a la razón para poder avanzar en la negra nube del conocimiento del mundo oscuro, que es el conocimiento que todavía no ha sido abarcado por la razón.

La idea de que la ciencia se sustenta en la fe y la fe en la ciencia ha comenzado a incomodar a algunos presentes, que comienzan a sentirse muy a disgusto con esta postura.

—Es por tanto posible que, tanto una como otra, fe y razón, estuvieran en el buen camino desde el principio, y es posible también que fuera una fatalidad separarlas, y, es posible también que, a partir de hoy, esta situación cambie radicalmente, y que la razón comprenda que lo tangible, materia y energía, están siendo constantemente transformadas por lo intangible. Y que este mundo de lo intangible es, como predican las religiones, el reino de lo atemporal, habitado por toda la información existible. Solo así podrá comprenderse de forma racional algo que llevan mucho tiempo diciendo algunas cosmogonías y es que el creador y lo creado son una misma cosa.

Los más aficionados a las cuestiones teológicas comienzan a generar en su interior argumentos a favor y en contra de lo que el gorila está diciendo aquí. Y esperan poder debatir con el gorila cuando termine algunas de sus ideas.

—Nuestros sentidos nos han negado la percepción de la cuarta dimensión, y lo único que podemos ver es un cúmulo de partículas en continuo movimiento que pululan por el espacio-tiempo, modificando sus patrones a lo largo de la evolución, volviéndose tan complejos como para llegar a configurar un cerebro humano, conectado al Kosmos, al mundo de lo atemporal, en el que todo ha sido, es y será. ¿Pudo ser el big-bang el resultado de una sola partícula creada por una información que se transforma de su natural situación atemporal a una temporal? ¿Pudo ser acaso este arañazo, este agujero, la vía de escape para un torrente de comunicación que pasa del universo intangible al tangible en una expansión continua y acelerada por la constante búsqueda de implementación? El paradigma científico dice hay que ver para creer, las religiones defienden creer para ver, y lo cierto es que descodificamos muestras de esta comunicación por vibraciones entre el universo lumínico y el oscuro a través de internet, de la telefonía, de los espectogramas, sin ser muy conscientes de ello. Solo hay un camino para enfrentar este mundo oscuro, un camino de creencia sin razón, sustentado en la fe, porque solo así podremos burlar nuestras implementaciones primitivas, que nos hacen percibir el mundo en constante cambio, y finalmente acceder al mundo de la información pura, a la parte de nuestro universo intangible. Y solo cuando, guiados por la fe, hayamos conseguido poner luz en el camino, será, ahora sí, cuando nos veremos obligados a volver a la razón y a la lógica, cerrando el círculo perfecto de esta permanente simbiosis. Muchas gracias.

El aplauso es correcto, pero no efusivo. Los invitados están un poco desconcertados y tratan de digerir lo que se les ha dicho. No cabe duda de que muchos de los allí presentes han sentido un escalofrío de temor y respeto ante la posibilidad de que sus enseñanzas sean ciertas y de que se enfrenten a un juez supremo con el disfraz de máquina infalible que ponga en evidencia aquellos excesos que saben que solo corresponde al antojo de la mano de un hombre.

Sea como fuere, lo que sí está claro es que la primera parte de la sesión ha terminado. Estos hombres de religión se levantan ahora para tomar el coffee break, que tendrá lugar en los jardines del templo. Miguel Ángel busca a Alexia y, contra su voluntad, la trae del brazo para presentarle a alguien:

—Te presento a Davi Kopenawa, chamán de la gran nación yanomami.

—Alexia, tengo un mensaje para ti de la mujer naranja, quiere que vayas a la aldea Hasupuwei-teri, allí ella te espera.

Alexia se queda de una piedra y, sin decir palabra, se da media vuelta y enfila hacia la salida; entre tanto, va hablando sola, como si estuviera loca, haciéndose sus cálculos y propios razonamientos. Cuando pasa por el cardenal Piero Passoli este la oye decir: ¿es que siempre debo ser yo la última en enterarme de todo?

Alexia saca el móvil y llama por teléfono a Erin Von Danicken, que le está ayudando a descifrar el sistema de escritura en que está codificado la fórmula del amor:

—¿Erin? Nos vamos al Amazonas.

—¡Lo sabía! —contesta Erin.

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