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—Perdone que vuelva, hoy también, a la misma pregunta del otro día pero formulada de otro modo. ¿Qué hace usted en la vida?

—No se rendirá, ¿verdad? Y no se preocupe, no me importa que me trate de usted, a pesar de que el otro día me tuteara. Esta pregunta tiene para usted una relevancia de la que, honestamente, para mí, carece. Yo hago justo lo que quiero, esto es, nada. No hago nada.

—¿No hace nada?

—No me haga contarle la historia de nuevo. No quiero obligar a nadie a leer nada, pero si usted dice ser mi siquiatra en esta institución, me parece que tiene la obligación de, al menos, informarse de los pacientes que va a tratar; ya sabe, realizar previamente una labor de documentación. No será por falta de recursos. Su ayudante puede leerse mi biografía y luego hacerle un resumen de cómo ocurrió todo. Ahora la han editado en edición de bolsillo, cuesta cinco dólares. De todas maneras, le puedo traer un ejemplar.

—¿Ha manifestado deseos de suicidarse durante el tiempo que lleva de estancia en Un Mundo Feliz?

—¿Es usted o qué? ¿Me ha estado escuchando o he hablado para el aire, como siempre, por otra parte?

—Alexia, ¿por qué la vida le resulta insoportable?

—Porque no puedo soportar la hipocresía de la gente. Hipocresía que llamáis cortesía. Coste y beneficio social. Cuesta hacer la pelota pero a cambio formo parte del sistema. ¿Pero qué pasaría si me gustara hacer la pelota? El hombre se puede convencer de lo que sea. Llena sus pulmones del humo contaminado del tabaco y, aunque la primera vez tosa, la décima vez le encanta. Come mierda y le sabe a gloria. Pero cuando se trata de soñar para bien, de pensar que, al igual que puede acostumbrarse a comer mierda, puede acostumbrarse a ser creativo y a perseguir la felicidad intentando hacer lo que más le gusta, enseguida sale el Sí, muy bonito, pero imposible. ¿Es que hemos venido aquí, a este planeta, a vivir la vida plenamente o a trabajar para que los faraones disfruten de la riqueza que nosotros producimos?

—Lo siento, pero no está autorizada a hacerme preguntas.

—Pero, ¿usted es subnormal o qué le pasa? Es una pregunta retórica.

—No se altere, alterarse no es bueno. Continúe, por favor.

—Lo que yo le trato de decir es que el capitalismo es inmoral. Nos tienen imbuidos en un sueño que no es el nuestro. Nos han hecho creer que para vivir hay que trabajar en lo que ellos dicen que trabajemos y, para colmo, tenemos que trabajar para pagar la deuda de aquello que nos pertenece por derecho propio. Dígame, ¿es indignante o no es indignante? ¿Nos chupamos el dedo o qué? El pueblo no es dueño de su destino porque ni si quiera es consciente de esto. Con tanto trabajo y tanto quehacer cotidiano no queda tiempo para pensar. Cuatro horas máximo deberíamos trabajar al día y todo debería ser libre. Pero, sin embargo, todo está al revés. Mal hecho. Mendigamos la riqueza que nos corresponde por derecho propio y encima nos llaman desagradecidos cuando decimos que no al trabajo de mierda que nos ofrecen a cambio de sueldos de mierda. Toda la sociedad trabajando día a día para nada, refugiándose en la felicidad del amor a los amigos, la pareja y los hijos cuando tienen tiempo para estar con ellos. Y luego dicen que por qué me suicido.

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