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Hoy es una tarde como otra cualquiera en la hacienda de Anicka. Afuera, en el porche trasero, de cara a la plantación, Anicka y su padre disfrutan de un buen té helado. Él lee el periódico, mientras ella, con los cascos puestos, navega por internet.

—Este no eres tú, ¿verdad?

—No, hija, no, es un fake.

—En el vídeo, tú dices que eres bueno, y que por eso, vas a compartir toda tu riqueza con los sirvientes.

—Nadie me puede obligar a hacer eso.

Anicka se cruza de brazos y se enfurruña un poco.

—Todo esto no pasaría si no hubiera dinero.

—Hija, ¿por qué piensas así? No es tan simple. El dinero fue un gran invento.

—Un niño del Tabula Rasa me ha dicho que el vídeo era falso y que lo sabe porque los ricos son ricos porque son unos avariciosos, y que los judíos somos ricos porque somos unos tacaños, ¿es eso verdad, papá?

—No, hija, no. No es cierto que lo seamos; simplemente, no se comprende bien nuestra relación con el dinero. Nosotros pensamos que el dinero es un instrumento, y para manejarlo, se requiere habilidad, inteligencia, conocimiento, reflexionar mucho sobre su creación y su verdadero valor.

—¡Anicka! ¡Anicka! —se escucha la voz de Oücke al otro lado de la plantación.

—Adiós, papá —dice la niña dejando a su padre con la palabra en la boca.

Anicka corre con su ordenador pequeño en la mano hacia la linde de la plantación. Allí, impaciente por el retraso, le espera su amigo Oücke.

Oücke se encuentra sentado en una silla de algodón que flota en medio del planeta del Principito, al igual que lo hacen el resto de la mesa y el juego de café. En el Tabula Rasa hay poca gravedad y es muy fácil flotar y volar por el aire.

Anicka viene corriendo muy emocionada y nada más llegar, enciende el ordenador y dice vamos, vamos, animándole a que este vaya más deprisa.

—Mira, ya está aquí el chocolate. Hoy tomaremos el té de extracto de toluminosis con este delicioso chocolate que tras mucho esfuerzo hemos hecho entre todos.

Un burro viene volando con un lacito rojo colgando del morro; se acerca desde el fondo de la pantalla y deja, finalmente, sobre la nube mesa digital, una pequeña onza de chocolate virtual.

Anicka hace que coge el bombón del lacito y lo deposita en la nube-mesa imaginada en la plantación, a cuyo extremo, se encuentra Oücke sentado.

—Este chocolate, estimado amigo, ha sido creado por los tabis, los niños del tábula rasa.

Como he estado un poco desconectado de Anicka, no comprendo bien lo que está pasando y trato de actualizarme mientras ella sigue hablando.

Tras una ojeada rápida al pasado, me entero de que después de la crisis del mandar, los niños aprendieron que algunas normas eran troncos de árboles a los que le crecían cientos de ramas a la vez. Los niños razonaron que si instauraban la norma del mandar, luego habría que decidir quién mandaba sobre quién, y por qué, y bajo qué circunstancias, y hasta qué límites, etc. Qué aburrimieennto, pensaron todos, y acordaron que era mejor aceptar la norma de nadie puede mandar sobre nadie. Tras este gran acuerdo, la creación colectiva del mundo continuó su marcha, y, aquí es donde Anicka entró de nuevo a jugar y dijo:

—A todos los niños les gusta el chocolate.

Al momento, todos los tabis acordaron que este pensamiento era verdadero y esto les hizo caer en la cuenta de que, en el mundo que habían concebido, no existía el chocolate.

Cuando Anicka vio que su sentencia había sido aceptada por todos, se animó a crear otra:

—Hágase el chocolate.

Y, entonces, muchos niños secundaron el propósito y se pusieron a elaborar el chocolate virtual.

@Siri investigó la fórmula del azúcar y cogió átomos de aquí y de allí hasta poder conformar las moléculas que construyeron el primer grano. Luego, multiplicó el grano y creó el primer kilo de azúcar, que donó libremente a la comunidad, tal y como regían los principios de este mundo virtual, donde no existía el dinero.

Poco poco, todos habían ido creando el chocolate, hasta que, por fin, este estaba delante de ella, apunto de ser degustado en buena compañía.

Anicka hace como que lo desenvuelve, lo abre, lo parte a la mitad y le da una onza imaginaria a Oücke. En el ordenador, su avatar, como si fuera una sombra, hace lo mismo que ella.

Oücke lo coge con indiferencia y lo vuelve a depositar en el platillo imaginario. Luego comienza a darle nerviosamente vueltas a la imaginaria cucharilla del té.

—¡Qué bueno está! —dice Anicka—, nos ha quedado delicioso. El azúcar me llegó en un traspatos.

—¿Y eso qué es? —dice Oücke.

—Es un avión en forma de pato que vuela para atrás. Tras-patos, lo pillas, ¿no?

Oücke está muy serio mirándola.

—¿Y a qué sabe? —le pregunta a Anicka.

—Pues a qué va a saber, a chocolate.

—Es que yo… nunca he probado el chocolate.

Anicka se queda unos segundos quieta, como si un truco de Harry Potter la hubiera paralizado. Durante unos segundos, los dos niños miran para abajo, evitándose las miradas, sumiéndose en un silencio cada vez más incómodo.

Oücke se siente muy mal, muy acomplejado de su pobreza, muy desamparado, muy avergonzado por no ser rico y no estar a la altura de su amiga.

Por su parte, Anicka se siente muy estúpida, mimada, culpable, responsable de la pobreza de Oücke, una niña tonta por no haber entendido o querido entender muchas cosas del mundo real. Se le vienen entonces recuerdos de sus amigos, de la conversación en Correos sobre cambiar el mundo, ¿cómo podría hacer ella —se pregunta— para que su amigo Oücke pudiera comer chocolate siempre que él quisiera y sin necesidad de dinero?

—Veamos si el juego aguanta esto —dice Anicka riéndose y buscando complicidad con Oücke.

—¿Y si no lo aguanta?

—Entonces, no jugamos más a él.

—Hágase el chocolate real —programa Anicka en lenguaje natural, tal y como dice El Génesis que Dios hizo al crear el universo.

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